Por: Jesús Gonzalo Martínez C.*
En la edición número 79 de este periódico se traza una mirada recordatoria de aquel período de la historia de Antioquia en la que una generación de corajudos personajes rompieron las barreras que mantenían la provincia de Antioquia en estado de aislamiento y que al lomo de mula franquearon las montañas extendiendo las posibilidades de nuevos escenarios para el comercio y la misma fundación de pueblos. Así empezó la formación del carácter de la antioqueñidad desde la aventura, la valentía, el empuje y la persistencia en los ideales.
Pero fue la industria el ramo de la actividad humana la responsable de catapultar el desarrollo de Medellín, proceso de gran avanzada en las primeras décadas del siglo XX e incidente en forma determinante en el meridiano de aquella ciudad, mientras el resto de las poblaciones de Antioquia padecían extremas condiciones de marginalidad y abandono; las esperanzas y los sueños de los provincianos se concentraron en las oportunidades que se sentían cercanas en la ciudad capital, allí emigraron y fueron contribuyentes en el impulso de su desarrollo, mientras muchos padecieron la frustración en sus anhelos tocándoles el fatal destino de constituirse en pioneros de los espacios degradados y marginales de la que ya era la gran ciudad industrial de Colombia; por esas extrañas paradojas de la vida, allí coexistieron los espacios de la modernidad, la avanzada y la innovación en la arquitectura, con las zonas de tugurios en las que habitó la miseria humana.
Mientras Medellín adquiría la configuración de ciudad moderna, mostrándose en estado progresivo de modernización y desarrollo, en lo que había sido determinante la concentración de capital y del mismo liderazgo de los antiqueños, el gran resto de las poblaciones de Antioquia permanecían en un estado de condiciones inamovibles, pueblos claramente vestidos e identificados con los ropajes del período de la Colonia. Rionegro no fue ajeno a esa realidad, la apenas llevadera en asuntos de subsistencia gracias a la pequeña y rudimentaria producción agraria y la actividad artesanal en unos cuantos oficios; en 1963, cuando le correspondió ponerse de gala para recibir a los visitantes que hasta aquí llegaron para congraciarse celebrando los 100 años de la Constitución de los Estados Unidos de Colombia, no tenía forma distinta a la que había sido ciudad colonial de Antioquia en el siglo XIX, a la ciudad encantada y encantadora a la que claramente hizo referencia el maestro Baldomero Sanín Cano en su obra “De mi vida y otras vidas”.
Ese evento recordatorio de las glorias del siglo XIX también sirvió de espacio de reflexión, como lo habían sido muchos desde 1940, cuando un grupo de inquietos ciudadanos pusieron sus ideas en común y aunaron sus esfuerzos considerando que había llegado la hora de poner manos a la obra y emprender un plan para sacar esta ciudad de su abrumador estado de estancamiento y atraso; tal era la precariedad que carecía de energía eléctrica, acueducto y alcantarillado y su plaza y calles lo eran espacios polvorientos. En 1961, el gobierno nacional, por ley 91 del 21 de octubre, decidió la conmemoración del primer centenario de aquella Constitución decretando unas obras de fomento y estímulo en beneficio de la ilustre ciudad.
Los setenta fueron el contraste de lo viejo condenado al olvido y lo moderno puesto como bandera del progreso, de la redención de una ciudad que en más remotos tiempos había conocido de las mieles de la gloria y había exhibido sus hechos históricos como paladines de prestigio. En ese escenario de festejos en la Casa de la Convención el Dr. Hernando Echeverri Mejía no se sonrojó en lo mínimo al preguntarle a los encopetados visitantes ¿Cuál lugar más apropiado que el Valle del Río Negro para el desarrollo futuro de la industria antioqueña?
Dos situaciones coyunturales parecen haber influido decididamente en el cambio de la mentalidad local: la visión de desarrollo desde la tecnificación de la producción agraria y la expansión de la industria textil de las fábricas de Medellín y desde luego que allí es necesario considerar el gran impacto de Pepalfa, empresa que al iniciarse la década de los 60 abrió un nuevo horizonte a la mujer rionegrera, introduciéndola en el esquema de las jornadas de trabajo rigurosas en turnos diurnos y nocturnos, y proporcionándoles a la vez una apertura al cambio de la liberalidad y la autonomía en asuntos económicos. Estas dos situaciones se ofrecieron a los pobladores de la región como una gran oportunidad para mejorar las condiciones de vida accediendo a un buen trabajo y una buena educación; en la población campesina de Rionegro había calado aquello que era mejor estudiar que estar condenados a vivir de la actividad agraria, un rechazo o negación a las raíces campesinas había surgido como consecuencia del menoscabo manifiesto del citadino, complejo que las familias del campo interiorizaron, pero que igual les generó una conciencia de superación. En tanto, algún segmento de la población urbana hacía negación de los hechos y cargas simbólicas del pasado, para invocar los vientos de la modernización y el progreso como sustentos para liberarse del yugo de las vetustas casas de la sociedad colonial, de las calles torcidas y estrechas en las que pululaba la vida pueblerina sin afanes diferentes a las rutinas del diario y los quehaceres en que unos y otros se labraban sus medios de vida.
(La remembranza de estos recuerdos continuará en una próxima edición)
Bibliotecólogo y escritor rionegrero.

