
Por: Luis Felipe Vélez Pérez*
E-mail: lfvelezp@unal.edu.co
El comercio ha sido una de las actividades más importantes en el proceso de desarrollo histórico de Rionegro entre el siglo XVII y el presente. Hoy, toda una gama de actividades comerciales se desarrollan en el municipio y la región: intercambio de bienes y servicios, exportación de productos como las flores, importación de maquinaria y, en general, transacciones que dinamizan la economía en el territorio. La situación actual no es una novedad ni una rareza en la región: entre los siglos XVIII y XIX, el valle de Rionegro se convirtió de una de las zonas de mayor atractivo comercial de la provincia de Antioquia y otras jurisdicciones colindantes, en razón justamente del crecimiento de distintas actividades económicas, la expansión urbana, el incremento de la población y la ubicación privilegiada del valle.
Durante el siglo XVII aumentó la explotación de minas de aluvión en diferentes quebradas de la región, donde cuadrillas de esclavos, indios y libres se dedicaron a la extracción de oro. La ganadería fue una actividad que creció a la par con la labor de las minas, pues estas demandaban la producción de carne para la alimentación de los trabajadores. En 1700, por ejemplo, Santa Fe de Antioquia se quejaba ante el gobernador de que los comerciantes de carne que venían de Popayán se estaban quedando en el valle de Rionegro y la villa de Medellín, donde ya se producía carne de novillos desde hacía tiempo, por lo que le solicitaban que esos comerciantes fueran prohibidos en dichos valles y se trasladaran al otro lado del río Cauca, donde la carne escaseaba.
Otro aspecto importante del naciente comercio tuvo que ver con los productos de la tierra, puesto que solo se podía acceder al consumo de ciertos alimentos por medio del intercambio. El crecimiento paulatino de la población en el valle desde mediados del siglo XVII implicó aumentar las cementeras y los sembrados, fundamentalmente de maíz, plátano y fríjol, pero también significó la dinamización del intercambio de productos como el cacao y las harinas, procedentes de otras zonas geográficos y apetecidos por la población del valle.
Las mortuorias o procesos de distribución de bienes de las personas que morían permiten conocer algunos objetos y productos que circulaban entre los habitantes: tabaco, telas europeas, ropa, cuadros religiosos de Quito, sombreros del Reino (altiplano cundiboyacense), canela de la India y muchos insumos que solo pudieron llegar al territorio a través del comercio.

El auge económico de Rionegro en el siglo XVIII se debió en buena medida a la conjunción de estas actividades, no solo por la presencia de comerciantes y el aumento en la demanda y circulación de productos, sino también porque la localidad se constituyó en un punto clave en la conexión entre el interior de la provincia de Antioquia y el río Magdalena. Así, los mercaderes se movían por poblaciones como Santa Fe de Antioquia, Medellín, Rionegro, Marinilla y Guatapé, entre otras, vendiendo y comprando sus mercancías. En este siglo se hizo frecuente llegar por barco hasta la desembocadura del río Samaná en el río Negro-Nare, a un punto llamado Juntas. Desde allí —y durante mucho tiempo— los comerciantes y viajeros pagaron a los indios de la zona para que los cargaran sobre sus espaldas y llevaran sus productos hasta La Ceja de Guatapé, desde donde podían continuar el viaje a pie por los valles de Rionegro, Aburrá y Cauca. Los indios cargueros del Peñol fueron conocidos por su fuerza y destreza para atravesar las montañas y ríos de la provincia y facilitar el transporte de personas, mercancías y comunicaciones entre el interior del territorio y el río Magdalena.

En 1790, estos cargueros, que ascendían a cerca de 800 personas, fueron acusados por los vecinos de Rionegro de ser holgazanes y renuentes al trabajo, pues sus viajes entre el altiplano y las bodegas de Juntas los alejaban de las labores de la agricultura y las minas. Los firmantes de la denuncia eran en su mayoría comerciantes: Juan Bautista Vallejo, Nicolás Gutiérrez, Francisco Félix Vallejo, Félix Echeverri Morales, José Prudencio Escalante, Manuel Agudelo y José María Benjumea, entre otros, y pretendían sustituir el trabajo de los indios cargueros por recuas de mulas, para que hicieran los extenuantes y frecuentes viajes hacia el oriente y el sur de la provincia a un costo menor. Paulatinamente, el trabajo de los cargueros fue sustituido por animales, los cuales se convirtieron en el medio de transporte de productos más usado en el valle y la provincia en las décadas siguientes.
En el ocaso del siglo XVIII se creó en Rionegro una “compañía de comercio universal”, como la denominaron sus socios los españoles Juan Barrio y Tomás Sordo, residentes en la ciudad. Para 1796, su capital conjunto ascendían a 3.500 pesos aproximadamente, representado en cintas, tintas, esclavos, camisetas, aceite, cacao, oro, plata, lienzos, pañuelos, hebillas, calcetas, mantas, ponchos, caballos, mulas, pailas y muchísimos otros productos y bienes, con los cuales iniciaron una empresa comercial que se convirtió en una de las más importantes del virreinato del Nuevo Reino de Granada hasta los albores de la revolución en 1810, como señalan los investigadores Daniel Gutiérrez y James Torres. Los negocios de esta compañía evidencian que Rionegro se había convertido para principios del siglo XIX en una ciudad estratégica para el intercambio de productos y donde florecían negocios de todo tipo.
En este sentido, el comercio de personas esclavizadas fue otro de los prósperos negocios que involucró a los habitantes de Rionegro entre los siglos XVIII y XIX. Un caso entre tantos fue el del payanés Manuel Antonio Balcázar, uno de los acreedores de la compañía Barrio y Sordo, quien dedicó más de diez años entre las décadas de 1790 y 1800 a la compra de esclavos en Rionegro y su venta en otros lugares del virreinato, principalmente el suroccidente del territorio, donde los vendía a mayor precio. Pocos años después se convirtió en vecino de Rionegro, maestro de escuela y el primer tipógrafo de la ciudad para finales de 1820. Como Balcázar, muchos otros vecinos y mercaderes del altiplano hicieron de la comercialización de esclavos una empresa que permitió su subsistencia y la de sus familias durante varias generaciones.
La fuerza y el vigor que alcanzó la actividad comercial en Rionegro hizo que se creara un cuerpo social y político en la ciudad, llamado vulgarmente “los comerciantes y mercaderes”. Adquirieron jueces y representantes antes las autoridades locales y provinciales, y comenzaron a participar en actividades distintas de su oficio, como por ejemplo las fiestas. Por poner un caso, el 26 de mayo de 1807, el cabildo de Rionegro comprometió al cuerpo de los comerciantes con la celebración de la octava del Corpus Christi, una de las celebraciones más trascendentales de la época, no solo en la ciudad sino también en toda la América Hispánica. Esto significó que los comerciantes debían recoger dinero entre todos para pagar los oficios eclesiásticos, los sermones, y la iluminación de los espacios sagrados, así como las distintas expresiones de piedad, devoción y fe que se debían al Amo y Señor Sacramentado.
La revolución de independencia trastocó el dinamismo alcanzado por el comercio en Rionegro para la década de 1810, pero de ningún modo extinguió esta práctica en la localidad. Dado que el curso de los sucesos políticos generó identidades distintas, algunas asociaciones comerciales se debilitaron, mientras que otras comenzaron a nacer en la marcha de los acontecimientos. Los integrantes de la compañía Barrio y Sordo, por ejemplo, habían salido algunos años antes de la ciudad, pero en su lugar se crearon nuevas empresas de negocios, como la que formaron Sinforoso García y Miguel Crisanto Córdova en 1813. Para ese año, un joven José María Córdova ayudaba a su padre Crisanto como redactor de comunicaciones en el campo de los negocios, pero su labor duró poco tiempo, puesto que al año siguiente comenzó su formación como militar.
Tras las guerras de independencia, el comercio siguió siendo un renglón importante en la economía de la ciudad. Algunas familias, como los Montoya y los García, llegaron incluso a tener vínculos y negocios con comerciantes de Jamaica, Londres, Edimburgo, New York, Hamburgo, Washington y otras ciudades de América y Europa. Para el viajero sueco Karl August Gosselman parecía increíble que en 1826 hubiera en Rionegro una caja musical alemana, vinos europeos, periódicos de París y Londres y, lo más descabellado, un piano de cola en la casa del mercader Pedro Sáenz. Solo el comercio había podido propiciar la llegada de estos bienes a Rionegro.

Asimismo, personas de distintas nacionalidades arribaron durante el siglo XIX a la ciudad, con el fin de abrir negocios, generar acuerdos y crear vínculos comerciales. Algunos de ellos fueron Samuel Bond, James Whiteford, Jorge Williamson y Edward Nicholls, quienes combinaron sus intereses comerciales con sus profesiones y oficios, pues también se desempeñaban como médicos, ingenieros y científicos. Por su parte, el esplendor de los comerciantes de Rionegro estuvo representado por vecinos como Jose María Uribe y sus hijos, Mamerto García, Francisco Sáenz y el acaudalado Francisco Montoya, entre otros, quienes vieron florecer sus negocios en la ciudad, fundamentalmente, hasta la década de 1870. Las imposiciones de las guerras civiles, el predominio de gobiernos conservadores y el traslado de los grandes comerciantes hacia otras localidades terminó por hundir a los rionegreros en una etapa de decadencia económica, que solo vino a revertirse en la marcha del siglo XX.
Fuentes
- Archivo Histórico de Rionegro
- Archivo Histórico de Antioquia
- Archivo General de Indias
- Archivo personal familia García Ortiz
- Daniel Gutiérrez Ardila y James Vladimir Torres, La compañía Barrio y Sordo. Negocios y política en el Nuevo Reino de Granada y Venezuela, 1796-1820 (Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2021).
* Historiador
