Violencia política digital y sus efectos en la conversación pública

Por: Carlos Humberto Gómez*

X: @chgomezc

Hay una forma de violencia que no deja huellas en la piel, pero sí en la conversación pública. No hace ruido en las calles, pero ocupa cada vez más espacio en las pantallas. No siempre se reconoce como tal, porque se disfraza de opinión, de debate o incluso de humor. Pero está ahí. Se ha vuelto cotidiana. Y lo más preocupante, se ha normalizado.

La violencia política digital no es simplemente un intercambio de insultos en redes sociales. Es algo más profundo. Es una manera de intervenir el debate público desde el desgaste, la descalificación y la desinformación. No busca convencer, busca cansar. No pretende argumentar, pretende reducir al otro. No construye, erosiona.

Lo vemos a diario. Comentarios que no discuten ideas sino personas. Señalamientos sin sustento que se replican con rapidez. Cuentas en redes sociales que aparecen solo para atacar y desaparecen cuando se les exige responsabilidad. Conversaciones que empiezan con una pregunta y terminan en una cadena de agravios. Todo esto ocurre en un espacio que, en teoría, debería ampliar la participación y fortalecer la democracia.

Pero lo que está pasando es distinto.

De acuerdo con estudios académicos recientes sobre comportamiento digital en contextos electorales, la violencia en redes no es espontánea ni aislada. En muchos casos responde a estrategias organizadas que utilizan anonimato, cuentas falsas, automatización y difusión masiva para afectar la reputación de personas y distorsionar la conversación pública. Todo de cuenta del algoritmo que privilegia el odio y la agresividad.

Cuando esa agresión se convierte en la forma dominante de interacción, muchas voces optan por el silencio. No porque no tengan nada que decir, sino porque el costo de decirlo es demasiado alto. El debate se reduce, se empobrece. Quedan los más ruidosos, no necesariamente los más informados. Y en medio de ese ruido, la conversación pública pierde sentido.

Esto no es un problema menor. No es un asunto de “redes sociales”. Es una forma de deterioro del debate. Porque cuando la discusión se vuelve hostil, cuando la desinformación circula sin control y cuando el ataque reemplaza al argumento, lo que se afecta no es solo a quien recibe la agresión. Se afecta la posibilidad misma de deliberar, de entenderse con el otro, con quien está en desacuerdo.

Y en una sociedad democrática, eso tiene consecuencias.

La Defensoría del Pueblo de Colombia ha advertido que este tipo de dinámicas propicia escenarios de autocensura, silenciamiento y pérdida de confianza en las instituciones. En especial durante periodos electorales, cuando la polarización aumenta y la desinformación se convierte en una herramienta para deslegitimar a candidatos o influir en la opinión pública. Y con ello en las decisiones en las urnas.

No es difícil reconocerlo. Titulares engañosos que buscan generar reacción inmediata. Imágenes diseñadas para impactar antes que informar. Contenidos que no explican, sino que atacan. Mensajes que apelan más a la emoción que al criterio. Y una velocidad de circulación que impide detenerse a verificar.

En ese contexto, la decisión del voto empieza a construirse sobre información incompleta, manipulada o falsa.

Algunos análisis internacionales han mostrado que, en escenarios recientes, la mayoría de interacciones en redes durante campañas políticas no se centran en propuestas, sino en ataques, burlas o descalificaciones. Cuando eso ocurre, el debate deja de girar alrededor de ideas y se convierte en una disputa por imponer percepciones.

Y ahí el voto deja de ser plenamente libre.

No porque exista una imposición directa, sino porque la información que debería orientar esa decisión está distorsionada. Porque lo que circula con mayor fuerza no es necesariamente lo cierto, sino lo más llamativo. Porque se privilegia lo que genera reacción, no lo que genera comprensión.

También hay que decirlo, no se trata solo de señalar a quienes producen este tipo de contenidos. En muchos casos, desde distintos sectores —políticos, institucionales, mediáticos y ciudadanos— se termina replicando información sin verificar. A veces por rapidez, otras con esa intencionalidad.

Y ahí todos entramos en la cadena.

Cada vez que se comparte una noticia sin confirmar, cada vez que se replica un contenido sin fuente clara, cada vez que se amplifica un mensaje basado en el ataque y no en el argumento, se contribuye a fortalecer ese mismo entorno que luego se cuestiona.

Por eso, el reto no es solo identificar la violencia, sino reconocer cómo opera.

Las redes sociales, por su diseño, tienden a amplificar lo emocional, lo polarizante, lo inmediato. No necesariamente lo más riguroso. Aprender a identificar esa lógica es hoy una forma de responsabilidad ciudadana. Saber distinguir entre información y manipulación, entre opinión y ataque, entre contenido y ruido.

En este escenario, la reputación de las fuentes cobra un valor central. No toda información es equivalente. No todo contenido tiene el mismo nivel de verificación. Informarse a través de medios que contrastan, que investigan y que priorizan la veracidad sobre la inmediatez no es un detalle menor. Es una forma de cuidar la calidad del debate público. De cuidar la democracia.

También lo es detenerse antes de compartir. Dudar de lo que parece demasiado evidente. Preguntarse de dónde proviene la información y a quién beneficia su difusión.

Porque, al final, la democracia no se sostiene solo en las urnas. Se sostiene en la calidad de la conversación que la antecede. Si esa conversación se degrada, si se llena de desinformación, si se convierte en un espacio de ataque constante, el voto deja de ser una decisión informada y consciente.

Tal vez el mayor riesgo no es lo que se dice, sino lo que se deja de decir. Las voces que no participan. Las ideas que no se exponen. Las discusiones que no se dan. 

Y ahí es donde empieza a importar, más de lo que creemos, la forma en que elegimos informarnos y la forma en que decidimos participar.

* Director Periódico La Prensa Oriente 

Compartir este artículo