Una vía que mueve millones y se conduce a ciegas

Por: Jose Alexander Velásquez Giraldo*

E-mail: proyectos@menttu.com 

Quien ha transitado la vía El Peñol – Marinilla en la noche lo ha sentido: la curva se adivina antes de verse, la carretera se estrecha, la línea central se borra por momentos y uno reduce la velocidad mientras afina la mirada. Y justo ahí, desde el carril contrario, una luz alta invade todo y por segundos no se ve nada. No es una sensación: es encandilamiento. 

La pupila se contrae, se pierde la profundidad y el cerebro tarda en recuperar la visión. Mientras tanto, el vehículo sigue avanzando. En una vía angosta, con curvas cerradas, baches (huecos), desniveles y señalización desgastada, esos segundos no sobran: faltan para reaccionar, faltan para corregir, faltan para evitar.

No le ocurre solo al motociclista, el actor más vulnerable según la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ansv.gov.co); le pasa al conductor del automóvil, al transportador de carga, al turista que no conoce el trazado. Y lo más inquietante es que se volvió normal. Se encienden luces altas por miedo, por costumbre o para compensar lo que la vía no ofrece. Pero lo que parece defensa, termina siendo una amenaza compartida.

La vía El Peñol – Marinilla no es cualquiera. Es un corredor vital del Oriente Antioqueño que conecta trabajo, estudio, turismo y familia; es la ruta hacia la Piedra del Peñol (Peñon de Guatapé) y el Embalse Peñol – Guatapé, una arteria que mueve economía y vida cotidiana. Y durante años, ha habido tramos donde la oscuridad pesa más de lo que debería.

Hoy hay que reconocerlo: se están viendo acciones. Hay reparcheo, hay avances en iluminación. La acción, siempre, vale más que la inacción. Pero también deja preguntas que incomodan: no se alcanza a entender cómo primero se demarca y luego se reparchea, cómo se pinta una línea que al poco tiempo vuelve a abrirse con la intervención. Es un contrasentido operativo que termina diluyendo el esfuerzo y la percepción de mejora.

Y hay otro punto clave: la iluminación no puede convertirse en una invitación a correr. Mejorar la visibilidad debe traducirse en más seguridad, no en más velocidad. Si la nueva luz termina elevando la confianza, al punto de acelerar más de lo debido, habremos cambiado un problema por otro. Una vía más iluminada no es una vía para correr; es una vía para ver mejor y decidir mejor.

Mientras esas obras se ordenan y llegan a toda la vía, la realidad no se detiene. Cada noche alguien vuelve a casa por ese camino y confía en que todo saldrá bien. Hace poco, un padre regresaba con su hija después de un día en Guatapé. Conocía la vía, sabía dónde bajar la velocidad. En una curva, una luz alta lo dejó sin visión. Apretó el volante, redujo la velocidad por reflejo y esperó a que la carretera volviera a aparecer. Apareció. No hubo choque, no hubo heridos, no hubo reporte. Pero hubo miedo y riesgo.

Ese es el punto: una vía que mueve millones no debería depender de la suerte ni de reflejos improvisados. Debe sostenerse en tres pilares: infraestructura adecuada, mantenimiento oportuno y cultura vial responsable. La solución no es solo institucional ni solo individual; es ambas.

Mientras se completa la intervención, la conciencia ciudadana no puede apagarse: baje las luces cuando venga tráfico de frente, reduzca la velocidad, respete el carril contrario. Porque del otro lado no viene un vehículo, viene alguien que también quiere llegar a su destino.

* Ingeniero Mecánico, Magister en Desarrollo Local Sostenible, Especialista en logística, con énfasis en transporte, Fundador – Menttu.com

*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente.

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