Por: Paula Andrea Bernal Cardona
IG: @paubernalc
Soy una convencida del poder que tiene una ciudadanía activa, una ciudadanía que se compromete con aquello que no se delega, que no se vende y que no se compra. El poder del voto, ese que muchos buscamos ejercer con consciencia y responsabilidad.
El 2026 será un año determinante para Colombia, un año marcado por un calendario electoral extenso que nos recuerda, con fuerza, que la democracia no es un espectador pasivo, sino una invitación permanente a participar, un privilegio que tenemos los Colombianos. El 8 de marzo elegiremos a nuestros congresistas, senadores y representantes a la cámara por el departamento, también se vienen las consultas partidistas; el 31 de mayo votaremos por presidente y vicepresidente; y en nuestra región, el Oriente Antioqueño, estamos a la espera de la fecha para una Consulta Popular que también nos llamará a decidir.
Los ciudadanos tenemos en nuestras manos un poder enorme, el poder de elegir. La democracia nos llama, nos convoca y nos necesita. Es cierto, quizás muchos ante estas palabras respondan con lo difícil que es ignorar que la confianza ciudadana se ha ido desmoronando, los escándalos de corrupción, las promesas incumplidas y la sensación de que “nada cambia” han dejado un sinsabor profundo a la hora de acudir a las urnas. Ese desgaste es real y sería ingenuo negarlo.
A este panorama se suma un reto estructural que no podemos ignorar,el abstencionismo. En Colombia, la negativa de una parte importante de la ciudadanía a asistir a las urnas sigue siendo alta, históricamente, ronda entre el 50 % y el 60 %, una cifra que debilita la representación democrática y amplifica la distancia entre los ciudadanos y las decisiones públicas, la Registraduría Nacional del Estado Civil se ha planteado como desafío reducir este indicador y promover una mayor participación electoral.
En contraste, el Oriente Antioqueño ha demostrado que sí es posible fortalecer la cultura del voto, con municipios que registran niveles de abstención inferiores al 20 %, reflejando una ciudadanía activa y comprometida. No obstante, también es necesario reconocer que en muchos territorios del país ejercer el derecho al voto no es una tarea sencilla, ya sea por barreras geográficas, limitaciones de infraestructura o condiciones sociales que dificultan el acceso a las urnas
Soy una convencida que esta no es una decisión que toma “el otro”, debe ser una decisión colectiva, construida voto a voto. El país necesita que le apostemos a liderazgos con visión y proyectos que entiendan las realidades de los territorios y somos los ciudadanos quienes decidimos a quién le entregamos ese poder que es nuestro.
Podemos entregarlo a quien gana aplausos por el escándalo, a quien vive de la polarización o del ruido digital o podemos entregarlo a quien presenta propuestas serias, coherentes con las necesidades reales del país, de las regiones y de la gente.
La democracia no es perfecta, pero es nuestra, nos pertenece y solo se fortalece cuando los ciudadanos asumimos el poder que nos corresponde. El 2026 nos pone frente a una oportunidad para demostrar que, a pesar de todo, seguimos creyendo que elegir bien sí importa. Y que el poder, ese poder real, sigue estando en nuestras manos.


