Leyendo: No tengo tiempo

No tengo tiempo

Por: Carlos Humberto Gómez

IG: @chgomezc

“No tengo tiempo”. Lo repetimos a diario, casi sin pensar. Lo decimos tantas veces que termina por convencernos de que es verdad, aunque el día siga teniendo las mismas veinticuatro horas para todos. Es una respuesta automática, una excusa cómoda, una justificación socialmente aceptada para aplazar lo prioritario.

Vivimos deprisa. Caminamos rápido, sin detenernos a observar. Pasamos frente a las personas y frente a la vida como una rutina. Asistimos a reuniones, citas o conversaciones en las que estamos más atentos al celular que a las personas. Dejamos de admirar lo que está alrededor y perdemos de vista lo realmente importante. Decimos que no tenemos tiempo para hablar, para compartir, para resolver asuntos pendientes que podrían cambiar relaciones, sanar distancias o evitar rupturas.

No tenemos tiempo para la familia, para la pareja, para esos amigos del colegio que alguna vez fueron imprescindibles. Tampoco para el sano esparcimiento, el deporte, la lectura de un libro, visitar a alguien o simplemente saludar en una fecha especial.

Te sorprenderías si calcularas cuánto tiempo pasas al día frente a la pantalla del celular. A veces viajamos lejos, pero ocupados en otros asuntos, mientras los paisajes y los sitios dignos de admirar pasan inadvertidos. Consumimos historias ajenas mientras la nuestra transcurre sin que la vivamos plenamente. No tenemos tiempo para nosotros y, sin notarlo, terminamos viviendo una vida que no es la nuestra.

No tenemos tiempo para leer, pero sí para ver videos virales uno tras otro. No tenemos tiempo para estudiar, ni siquiera cuando existe una oferta académica global, flexible y en línea. Olvidamos incluso lo esencial, ese control médico que se aplaza una y otra vez porque “no es urgente”, mientras dedicamos horas a asuntos sin trascendencia.

¿Cuánto tiempo de tu vida dedicas al ejercicio? ¿Cuánto a pequeños placeres como volver a comprar un helado y disfrutarlo sin afán? ¿Cuánto a escuchar de verdad y cuánto solo a oír? Olvidamos fechas importantes, pero esperamos que llegue el día en que los demás se acuerden de nosotros. Nos importa más un puñado de “likes” y la ilusión de tener cinco mil amigos en redes sociales que una conversación cercana y sin prisa con alguien próximo.

Nos preocupa la salud mental de los demás, pero no la nuestra. Idealizamos la vida ajena mientras ni siquiera empezamos a vivir conscientemente la propia. Opinamos, aconsejamos, compartimos mensajes motivacionales, pero seguimos postergando aquello que realmente nos haría mejores personas.

“No tengo tiempo”. Tampoco para ayudar. Para notar que alguien podría estar pasando por un momento difícil. Para hacer un gesto que podría facilitarle la vida a otro, sacarlo de un apuro o, en casos extremos, salvarle la vida. A veces parece que siempre hay algo más urgente que la empatía.

La prisa también se nota en la vía. No hay tiempo para reducir la velocidad y ceder el paso al peatón o al ciclista. Competimos por llegar primero, asumimos riesgos innecesarios y, al final, el tiempo del recorrido suele ser el mismo. Solo que pudimos haber lastimado a alguien. El tiempo no se gana, pero sí puede perderse todo cuando ocurre un incidente.

Incluso en el descanso nos contradecimos. Vamos a la playa, pero preferimos la piscina del hotel. Desconocemos charcos, balnearios y opciones de naturaleza cercanas. No conocemos municipios vecinos con grandes maravillas ecoturísticas, pero soñamos con destinos lejanos. Decimos no tener tiempo para lo cercano, para lo simple, para lo que está al alcance.

Y así, repetimos “no tengo tiempo” como una forma de justificar nuestra desorganización o una escala de prioridades mal construida. Lo decimos más veces de las que pedimos excusas, más veces de las que nos detenemos a pensar que los años siguen sumando y que no nos hemos dado la oportunidad de disfrutar el mundo que está justo frente a nosotros.

Tal vez no se trata de tener más tiempo, sino de decidir mejor en qué lo gastamos. De detenernos un momento. De volver a mirar. De estar presentes.

Que este año sea el propósito, porque el tiempo, aunque parezca escaso, sigue siendo lo único que realmente tenemos.

* Director La Prensa Oriente

Compartir este artículo