El Oriente, cuna de la libertad

“De Boyacá en los campos, el genio de la gloria. Con cada espiga un héroe, invicto coronó. Soldados sin coraza, ganaron la victoria; su varonil aliento de escudo les sirvió”.  

Quinta estrofa Himno Nacional de Colombia

Por: Felipe Osorio Vergara.

Hace más de 200 años se libró en los fríos campos de Boyacá la que fuera una de las más —sino la más— importante batalla en el suelo de la actual Colombia. El 7 de agosto de 1819 se definió el destino de la por entonces Nueva Granada. Aunque aún faltarían más enfrentamientos, con la Batalla de Boyacá se aseguró la capital, y con ella, el centro de operaciones y recursos de la Nueva Granada. Pero, ¿en qué afectó a Antioquia este acontecimiento librado a más de 300 kilómetros, y cuál fue el papel del Oriente antioqueño?

La Batalla de Boyacá fue importante por cuanto “ambos ejércitos, tanto el español como el patriota, tenían una ‘carrera’ por Santafé de Bogotá. Trataban de llegar unos primero que los otros para así apoderarse de la ciudad: tomarse la capital era tomarse el territorio”, sostiene Carlos Gaviria, historiador de la Universidad de Antioquia. Si bien esta batalla recuperó Bogotá, con ella solo se logró liberar los actuales Cundinamarca, Santander, Boyacá y los Llanos, es decir, la región Oriental del país. El occidente, norte y sur de la hoy Colombia seguían regidos por los españoles, como era el caso de la provincia de Antioquia.

Patriotismo oriental

En 1819, Antioquia era una de las provincias menos pobladas de la Nueva Granada, pues contaba con alrededor de 100 mil almas. Su población se concentraba en los tres valles: San Nicolás, Aburrá y río Cauca, destacándose Rionegro y Marinilla en el primero, Medellín en el segundo y Santa Fe de Antioquia en el tercero. 

“Los efectos de la Batalla de Boyacá llegaron a Antioquia el 28 de agosto, fecha en la cual arribó José María Córdova a la Plaza de Rionegro con la noticia de la victoria del 7 de agosto”, señala Juan David Sepúlveda, antropólogo de la Universidad de Antioquia. Con solo escuchar de su llegada, el gobernador realista huyó, dejando la gobernación libre para Córdova. 

Por su ubicación, reconquistar Antioquia era estratégico para los patriotas, porque comunicaba a las ciudades de la Costa Caribe con la cordillera del Cauca y la ciudad de Pasto, zonas que aún estaban bajo dominio español. Además, su alta producción minera era clave para financiar campañas militares. 

Desde su llegada, Córdova comenzó con la formación del cuerpo de Cazadores de Nueva Granada, una fuerza militar que le haría frente a los realistas. Los combatientes fueron reclutados en Medellín y Santa Fe de Antioquia, pero principalmente en los pueblos del Altiplano del Oriente como Rionegro y Marinilla. 

“Desde el batallón Antioquia, ubicado en Marinilla, José María Córdova reunía campesinos y les enseñaba cómo luchar en la batalla. Por eso a los marinillos los conocían como ‘Los bravos del Oriente’”, narra Francisco García, director del Museo Histórico de ese municipio. Por otra parte, la Casa de la Maestranza, en Rionegro, “fue clave porque allí se formaron muchos de los militares que participaron en la Independencia y se fabricaron armas y municiones para los ejércitos patriotas” apunta el antropólogo Sepúlveda.

Especialmente destacadas fueron algunas orientales cuyo ejemplo infundió valor a la causa patriótica. Casos como el de Rosalía Hoyos, Francisca Duque y la conocida Simona Duque, quienes animaron a sus hijos a alistarse en el Ejército Libertador.

El papel del Oriente antioqueño fue clave para el proceso de Independencia de Antioquia y Colombia. Sus tierras engendraron guerreros que engrosaron las filas del ejército patriota, y mujeres entregadas a la causa republicana que inspiraron valentía entre la gente de su tiempo. Muchos orientales contribuyeron también con sus bienes y patrocinio a las campañas militares, elemento fundamental para mantener la acción bélica contra los españoles. Sobresale el fervor patriótico de Rionegro y Marinilla, que les ha valido a través de la historia los apelativos de “Cuna de la Libertad” y “Esparta Colombiana” respectivamente, gracias a su apoyo a la gesta independentista.    

Monumento en la Plazuela de San Francisco en honor a los próceres rionegreros. Data de 1910.  Foto: Felipe Osorio Vergara. 

 

Chorros Blancos, la estocada final en Antioquia

Desde finales de 1819, corría el rumor que desde Zaragoza los realistas invadirían Antioquia. José María Córdova envió espías a reconocer las fuerzas del enemigo y el terreno cercano a Yarumal (norte de Antioquia). Para el 28 de diciembre, “Córdova estaba en Rionegro con Manuelita Morales, su novia, pero mientras él mostraba sus habilidades de jinete, se cayó de su caballo llamado ‘Inca’ en una corrida de toros. Quedó inconsciente por 15 días, incluso pensaron que se iba a morir y le llevaron un sacerdote”, cuenta Carolina Agudelo, administradora del Museo Histórico José María Córdova en El Santuario. 

Las heridas del líder patriota no fueron impedimento para emprender la campaña hacia Yarumal y dirigir a su compañía de Cazadores de Nueva Granada. Lo transportaron en silla hacia el sitio, ya que por su estado no podía cabalgar.

El 12 de febrero de 1820 se trabó combate contra los realistas, encabezados por el español Francisco Warleta, y los patriotas resultaron victoriosos. Esta acción determinante afianzó la Independencia en Antioquia y en la región noroccidental del país, pudiendo así concentrar fuerzas hacia otros puntos bajo dominio español, como la Costa Caribe y el Cauca. 

Batallas como la del Pantano de Vargas, Boyacá —y a nivel regional Chorros Blancos— “quedan en la memoria del país y hacen parte de la construcción de Nación. A partir del proceso de Independencia se comienza a crear y configurar el país, por eso estos acontecimientos se celebran y conmemoran”, explica el antropólogo Sepúlveda. 

Ondear el Pabellón Nacional es muestra de fervor patrio y deber del pueblo colombiano, tal y como se señala en el primer artículo del Decreto 1967 de 1991: “Es obligación izar la bandera nacional en todo el territorio colombiano en los edificios, casas y dependencias oficiales y particulares, en las siguientes fechas: 20 de julio, 7 de agosto, 12 de octubre, 11 de noviembre”. Aunque suene cliché, izar la bandera cuando se conmemoran fechas patrias es una muestra de reconocimiento a la valentía de hombres y mujeres que ofrendaron su vida, su honra y sus bienes para alcanzar la libertad.

 

 

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