Por: Erney Montoya Gallego*
IG: @erneymg
La “acción comunicativa” es una de las teorías centrales en el pensamiento del filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, fallecido el pasado mes de marzo. Él centró su pensamiento en defender una idea: la democracia y la sociedad solo serán fuertes cuando los sujetos políticos dialogan, debaten y escuchan al otro. ¡Qué necesario este pensamiento hoy!
Corren tiempos donde muchas discusiones y debates se convierten en zona de lucha, donde predominan los insultos, etiquetamientos y estigmatización. En este contexto, el pensamiento de Habermas recuerda una idea fundamental: la fuerza del mejor argumento siempre debería ser más importante que el poder del sistema.
A propósito: él explica la diferencia entre sistema y sociedad. El sistema son el Estado y el mercado, que representan el poder y el dinero. La sociedad, por su parte, está constituida por la cultura y las interacciones sociales, esto es, el mundo de la vida, algo mucho más cercano a la idea de territorio.
Habermas explica el verdadero sentido de la democracia, la esfera pública y el papel del diálogo en la vida común. Para él, la legitimidad política no nace únicamente del voto o de las instituciones, sino de ciudadanos capaces de argumentar, escuchar y responder en el espacio público. Ahí me ubico cuando defino la comunicación como la acción de encontrarse, dialogar, conocerse y reconocerse para cooperar.
En nuestros municipios algo esencial parece estar fallando en la esfera pública. Sectores político-económicos buscan imponer un esquema de asociatividad como el área metropolitana, a todas luces innecesario e inconveniente; alcaldías deciden construir obras de infraestructura que, aunque necesarias, desconocen posturas de habitantes y ciudadanos que ven en riesgo zonas que, consideran, prestan servicios ecosistémicos; instituciones promueven estrategias de crecimiento económico, con eslóganes incumplibles, bajo una supuesta gobernanza que deja de lado los aportes fundamentales de una sociedad amplia y plural.
Se habla, sí, desde un lado; pero no se escucha. En esa aparente, pero falsa esfera pública, se está dando lugar a una de las mayores tensiones de nuestro tiempo: la distancia entre quienes deciden desde el poder y quienes vivirán las consecuencias de esas decisiones. Habermas cree que cuando el sistema busca dominar e imponer, la sociedad no tiene margen para decidir; así, el poder se impone sin necesidad de consenso. Reitera: la democracia no empieza ni termina en las urnas; se centra realmente en las conversaciones abiertas y plurales.
Muchos parecen querer devolver al Oriente Antioqueño a los años cincuenta del siglo pasado, cuando se llamaba “desarrollo” al crecimiento en infraestructuras urbanas. Muchas propuestas surgen desde escritorios institucionales, respaldadas en cifras y diagnósticos técnicos, pero sin el arraigo necesario en las realidades socioculturales y ecosistémicas de los territorios. Nuevamente se escuchan los “cantos de sirena” de los agentes desarrollistas, pero pocas veces se había sentido tan ajena la forma en que esas ideas se construyen.
El punto central es claro: sin diálogo auténtico no hay legitimidad democrática posible. Ahí cobra más vigencia el pensamiento de Habermas. Recuerda que la sociedad no se sostiene únicamente por decisiones institucionales o dinámicas de mercado. Existe algo más profundo: el “mundo de la vida”, ese entramado de valores, identidades y relaciones cotidianas donde las personas encuentran sentido a lo que hacen, lo que son. Cuando las decisiones públicas se toman al margen de ese mundo, cuando el lenguaje se utiliza para imponer en lugar de comprender, lo que se produce no es desarrollo, sino desconexión.
Es lo que estamos viendo. La gestión pública, en muchos casos, parece responder más a lógicas del sistema. No se trata de negar la importancia de la infraestructura o de las inversiones; se trata, más bien, de cuestionar la forma en que estas se definen y se implementan.
Al imponer proyectos sin diálogo se pierde algo más que la oportunidad de mejorar una obra: se debilita el tejido democrático. Porque, como bien lo plantea Habermas, la legitimidad no proviene únicamente de la autoridad formal, sino de la capacidad de concertar decisiones con quienes resultarán afectados por ellas.
El problema es que el espacio público se ha ido deteriorando. En lugar de debates razonados, predominan los discursos cerrados. En vez de preguntas, hay eslóganes. El lenguaje, que debería ser un puente, se convierte en un instrumento de confrontación. Así, la posibilidad de construir acuerdos desaparece.
En este contexto, la teoría de la acción comunicativa no es una mera postura académica, sino una necesidad práctica. Invita a entender que la comunicación no está hecha para alcanzar el éxito: esto es, imponer decisiones, ganar discusiones, reducir al otro. No. La comunicación existe para lograr el entendimiento; esto implica reconocer al otro como un interlocutor válido, dispuesto a argumentar y también a transformar sus ideas.
Aplicar esta perspectiva en nuestros municipios y zonas significa asumir que no basta con socializar proyectos ya definidos; es necesario abrir espacios reales de deliberación desde el inicio. Escuchar no puede ser un mero espectáculo, sino una práctica efectiva.
También implica reconocer que el progreso no es lo mismo para todos. Lo que para algunos es avance, para otros puede significar pérdida. Las comunidades no son obstáculos que hay que saltar, sino sujetos políticos que participan en la construcción de su propio desarrollo. Ignorar sus voces no solo es injusto, sino también ineficiente: los proyectos que no cuentan con respaldo social suelen enfrentar resistencias que terminan retrasándolos o incluso frustrándolos.
Tampoco se trata de idealizar el diálogo. El propio Habermas reconoce que las condiciones para una conversación plenamente racional rara vez se cumplen. Siempre habrá desigualdades, intereses y tensiones. Pero eso no invalida el esfuerzo. Al contrario, lo hace más necesario. La aspiración de que los argumentos prevalezcan sobre el poder sigue siendo un horizonte válido, una referencia crítica frente a las prácticas que buscan imponer sin convencer.
* Docente universitario
*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente.

