Por: Carlos Humberto Gómez*
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En tiempos donde las redes sociales parecen haber reemplazado las conversaciones pausadas, los argumentos y hasta la reflexión, votar con conciencia se ha convertido casi en un acto de resistencia ciudadana. Hoy la política no solamente se disputa en plazas públicas, entrevistas o debates. También se pelea en la pantalla de un celular, entre videos de pocos segundos, titulares diseñados para provocar rabia y cadenas que muchas veces terminan difundiendo mentiras disfrazadas de información.
Vivimos una época donde las emociones parecieran pesar más que los hechos. Donde la confrontación genera más alcance que las propuestas y donde algunos sectores han entendido que sembrar miedo, odio, desesperanza o indignación permanente puede resultar rentable electoralmente. La desinformación no es fortuita. En muchos casos hace parte de una estrategia para manipular la opinión pública y moldear decisiones ciudadanas desde lo emocional y no desde la razón.
Por eso hoy más que nunca el voto necesita reflexión. Necesita conversación. Necesita ciudadanos dispuestos a escuchar antes de repetir, a verificar antes de compartir y a pensar antes de reaccionar.
No puede ser normal que una publicación en redes sociales termine teniendo más credibilidad que las instituciones, que los medios de comunicación responsables o que las cifras verificables. No puede ser normal que una cadena anónima termine definiendo una postura política o que el odio se convierta en argumento. Tampoco puede ser normal que quien piensa distinto sea visto como enemigo.
La democracia necesita ciudadanos capaces de debatir sin destruirse. Personas que entiendan que pensar diferente no convierte al otro en una amenaza. Que un país no se construye desde la humillación permanente ni desde la confrontación interminable. También necesita garantías para el ejercicio libre y seguro del periodismo. Desde la institucionalidad debe existir un ejemplo permanente de respeto por la libertad de prensa, por el derecho a informar y por el trabajo de quienes, desde distintos medios y regiones del país, ejercen su oficio en medio de presiones, amenazas y polarización.
Nuestro país atraviesa momentos de incertidumbre, de tensiones políticas y de profundas discusiones sociales. Es evidente. Pero incluso en medio de esas diferencias existe otra Colombia que sigue levantándose temprano cada mañana para trabajar, para emprender, para producir, para sostener sus hogares y para intentar salir adelante con esfuerzo y dignidad.
Allí están miles de pequeños empresarios, comerciantes, campesinos, transportadores, trabajadores independientes, empleados, madres cabeza de hogar, jóvenes y adultos mayores que no viven de la confrontación política, sino de su trabajo diario. Personas que esperan estabilidad, oportunidades y decisiones responsables. Ciudadanos que siguen creyendo en el valor de la palabra, en el esfuerzo honesto y en la posibilidad de construir un mejor país sin destruir al otro.
También están quienes todavía creen en las instituciones, aun reconociendo sus errores y dificultades. Colombianos que entienden que debilitar permanentemente la confianza pública termina afectando la democracia misma. Porque cuando la ciudadanía ha perdido toda confianza en el Estado, en la justicia, en el Congreso, en las Fuerzas Militares, en la Policía o en las autoridades legítimamente elegidas, el terreno queda servido para el caos, la polarización y el autoritarismo.
Eso no significa renunciar a la crítica. La crítica es necesaria. El control ciudadano también lo es. Los gobernantes deben responder, rendir cuentas y honrar la palabra entregada durante las campañas. Pero una cosa es exigir resultados y otra muy distinta es promover la destrucción sistemática de toda institucionalidad simplemente porque no coincide con una postura política.
La democracia necesita equilibrio. Necesita ciudadanos vigilantes, pero también responsables. Necesita personas que entiendan que el país no puede construirse únicamente desde los discursos incendiarios o desde la necesidad permanente de encontrar enemigos.
Por eso las próximas elecciones deberían ser mucho más que una disputa de emociones. Tendrían que convertirse en una oportunidad para preguntarnos qué país queremos construir y desde qué valores queremos hacerlo. Porque votar no es solamente marcar un tarjetón. Es decidir qué tipo de liderazgo queremos respaldar, qué comportamientos estamos legitimando y cuál será el tono de la conversación pública que heredarán las próximas generaciones.
Vale la pena detenerse a escuchar propuestas, revisar trayectorias, analizar discursos y observar comportamientos. Vale la pena desconfiar de quienes únicamente aparecen para insultar, dividir o sembrar miedo. También de quienes prometen soluciones inmediatas para problemas complejos o de quienes convierten la política en un espectáculo de ataques personales mientras las verdaderas necesidades ciudadanas siguen esperando respuestas.
El país necesita discutir sobre seguridad, salud, educación, empleo, vivienda, infraestructura, sostenibilidad, competitividad y oportunidades para los jóvenes. Necesita hablar sobre cómo fortalecer la economía, cómo generar confianza para invertir, cómo proteger a quienes producen empleo y cómo garantizar que las familias puedan vivir con tranquilidad y estabilidad.
Necesita además recuperar algo que parece haberse perdido en medio del ruido digital, la empatía. Entender que detrás de cada ciudadano hay preocupaciones reales, angustias legítimas y expectativas de futuro. Que millones de personas no están pensando en peleas ideológicas cuando salen cada mañana de sus casas, sino en cómo pagar sus cuentas, sostener a sus familias y vivir en un país donde exista un mínimo de estabilidad y respeto.
Por eso votar con esperanza también es una decisión política. Apostarle al optimismo no significa ignorar los problemas del país. Significa negarse a creer que Colombia está condenada al fracaso. Significa entender que aún existen ciudadanos honestos, servidores públicos comprometidos, empresarios que generan empleo, instituciones que funcionan y comunidades que siguen haciendo esfuerzos por salir adelante.
La democracia necesita menos fanatismo y más reflexión. Menos insultos y más argumentos. Menos manipulación y más verdad. Menos miedo y más ciudadanía.
Al final, el poder sigue estando en las manos de quienes votan. No en las tendencias digitales, no en los algoritmos y no en las cadenas anónimas que circulan todos los días en redes sociales.
El verdadero poder sigue estando en el ciudadano que decide informarse, pensar y votar libremente.
*Director La Prensa Oriente

