Productos derivados del proceso de destilación y mural realizado en el marco del evento. Información y fotos: cortesía.
Durante dos jornadas, habitantes de la vereda El Porvenir jurisdicción de El Carmen de Viboral recuperaron relatos, oficios, sabores, fotografías y prácticas relacionadas con una tradición vinculada al territorio y sus familias.
En la vereda El Porvenir, en el Cañón del Melcocho, una comunidad ha encontrado en sus propios recuerdos una manera de contar quiénes son. Allí, donde las dificultades, el desplazamiento y los procesos de reconstrucción han hecho parte de la historia de sus habitantes, el Festival de la Montaña se convirtió desde 2018 en un espacio para recuperar aquello que permanece en la memoria de las familias y transmitirlo a quienes vienen detrás.
La iniciativa nació alrededor del arte, la música y la participación comunitaria. Familias de la vereda, la institución educativa, la docente Alis Gabriela Hernández, la Junta de Acción Comunal y personas y organizaciones que acompañaron el proceso fueron dando forma a un encuentro que inicialmente estuvo relacionado con talleres de guitarra promovidos por Alejandro Trujillo, estudiante de música, junto con la Corporación Nybram. En 2018, ese proceso derivó en el primer Festival de la Montaña, denominado “Serenatas del Cañón”.
Desde entonces, cada edición ha elegido un elemento de la memoria campesina para reunir a la comunidad alrededor de sus propios saberes. En 2019 fue “El territorio también se canta”. En 2020, durante la pandemia, “Las trochas del maíz” llevó el festival a un formato virtual. Luego llegaron “Las memorias del agua”, en 2021; “Los saberes de las plantas”, en 2022; “Las huellas de la arriería”, en 2023; “Al calor del fogón”, en 2024, y “La vida salvaje”, en 2025. Cada tema permitió aproximarse a prácticas, oficios, lugares y conocimientos vinculados con la vida de la comunidad.

En 2026, el Festival de la Montaña llegó a su novena versión con “Destilando la historia de la tapetusa”, una propuesta que puso en el centro una bebida tradicional y, sobre todo, las personas, los oficios, los relatos y los conocimientos que han acompañado su existencia en las veredas. La organización planteó que hablar de la tapetusa también significaba hablar de las familias, los fogones, las cosechas, las celebraciones y las reuniones en las que esos saberes han circulado entre generaciones.
La programación se desarrolló durante dos jornadas. El viernes comenzó con la elaboración de un mural comunitario, concebido como una creación colectiva para representar la historia de la tapetusa y dejar en el territorio una expresión de esa memoria. Después se realizó un taller de alimentos preparados a partir de este producto tradicional, donde los participantes compartieron conocimientos y experiencias sobre sus diferentes posibilidades.
La relación entre la bebida y el territorio también estuvo presente en un taller ambiental. La conversación llevó la mirada hacia los árboles nativos, sus orígenes y su relación con los ecosistemas y las prácticas tradicionales. La memoria de la tapetusa apareció así vinculada con la historia de los bosques y con los conocimientos de quienes antiguamente desarrollaban los procesos de destilación.
El viernes terminó con un conversatorio dedicado a la historia de la tapetusa y sus destiladores. Allí se compartieron relatos sobre quienes ejercieron este oficio, las formas tradicionales de elaboración y los inicios de esta práctica en la zona. El espacio permitió escuchar a personas que conservan parte de esa memoria y reconocer conocimientos transmitidos dentro de las familias y entre generaciones.

La segunda jornada llevó la conversación hacia los sabores y las historias. Los asistentes encontraron una muestra de diferentes destilados de tapetusa elaborados por distintos destiladores, junto con espacios de degustación. La actividad permitió conocer preparaciones y formas diversas de presentar una tradición que ha permanecido vinculada con la vida de las comunidades veredales.
La tapetusa también llegó al escenario cultural. Una obra de teatro tomó como referencia su historia y las experiencias de las comunidades campesinas. A través de los personajes y las situaciones representadas, el público pudo acercarse a relatos relacionados con la vida en el campo y con las formas como esos recuerdos permanecen en la comunidad.
Otro espacio estuvo dedicado a las fotografías antiguas. Las imágenes permitieron recuperar momentos de la historia de la comunidad y reconocer a personas que han participado en el proceso de construcción colectiva de la vereda. Más que mostrar únicamente el pasado, la exposición permitió que quienes regresaron y quienes llegaron por primera vez encontraran referencias de una historia que continúa siendo parte del presente.

La jornada terminó con música y una noche de rumba montañera. Artistas locales, integrantes de la comunidad y visitantes participaron en un encuentro acompañado por ventas, conversaciones y música. El cierre permitió volver a encontrarse con personas que regresaron a la vereda y recibir a quienes conocieron por primera vez el festival.
“Destilando la historia de la tapetusa” puso la atención en los destiladores, hombres y mujeres que han mantenido estas prácticas, y en la posibilidad de que sus experiencias sean conocidas por las nuevas generaciones. Porque en una comunidad, recordar también puede ser una forma de encontrarse. Y en El Porvenir, durante dos jornadas, la tapetusa sirvió como hilo para volver a escuchar esas voces que conservan una parte de la historia y que, al compartirla, permiten que siga pasando de una generación a otra.

