¿El Estado en las garras del mercado?

Por: Erney Montoya Gallego* 

IG: @erneymg

Es urgente avanzar en la transformación del Estado y reavivar la construcción de un nuevo contrato social. Lo demuestran los hechos que se han vivido en los últimos años. Pero esto no será posible mientras sigamos padeciendo una democracia sin ciudadanos. Porque esto es lo estamos enfrentando: personas sin criterio que se dejan arrastrar, como hojas al viento, ante el primer personaje populista que llega con símbolos copiados a ganar adeptos con su show emocional.

Transformar el Estado exige, primero, transformar la manera como entendemos la política y la democracia. Y ello sólo será posible cuando la participación deje de ser un acto ocasional y se convierta en una práctica cotidiana. Porque, al final, ningún contrato social puede sostenerse sin ciudadanos y ningún Estado podrá salvarse si el bien común deja de ser la razón principal de la vida pública. Es muy frustrante ver cómo muchas personas eligen una opción política a partir simplemente de sus intereses particulares.

Durante las últimas décadas hemos sido testigos de cómo la ideología neoliberal logró colonizar mucho más que la economía. Penetró la política, la cultura, la educación y hasta las formas cotidianas de relacionarnos. Nos convenció de que el éxito individual está por encima del bienestar colectivo, de que la competitividad es más importante que la solidaridad y de que el mercado debe ser el gran ordenador de la sociedad. El resultado está a la vista: una democracia vaciada de contenido y una parte de la ciudadanía cada vez más distante de los asuntos públicos y sólo presente con su voto acrítico.

No es casual que la llamada clase política haya terminado convertida en administradora de intereses particulares. Privada de pensamiento, como advertía Edgar Morin, la política ha quedado subordinada a los deseos de las corporaciones de la economía. Los debates sobre el país han sido reemplazados por cálculos electorales, espectáculos mediáticos y disputas por cuotas de poder. El bien común parece haberse convertido en una expresión sin sentido.

Sin embargo, la política auténtica no consiste en administrar privilegios ni en proteger los intereses de las élites económicas. La verdadera política es el arte de gobernar para todos. Su finalidad debe ser garantizar condiciones de dignidad, igualdad y justicia social. Porque de poco sirve hablar de libertad cuando millones de personas carecen de oportunidades reales para ejercerla.

La obsesión por la riqueza ha desplazado preocupaciones más esenciales como la vida humana y la naturaleza. Se nos hace creer que toda crisis se resuelve con más mercado y más explotación, cuando las grandes crisis de nuestro tiempo exigen, precisamente, más humanidad, más solidaridad y una mayor capacidad para construir acuerdos colectivos.

Pero ninguna transformación institucional será duradera si no existe una ciudadanía capaz de sostenerla. Ahí radica uno de los principales problemas de nuestra democracia. Tenemos votantes, pero no necesariamente ciudadanos ni sujetos críticos. El pensamiento liberal y contractualista que ha dominado durante dos siglos terminó reduciendo la participación al acto periódico de depositar un voto. La democracia se convirtió en un procedimiento y dejó de ser una expresión de la cultura.

Peor aún, las prácticas clientelistas y corruptas han contribuido a alimentar la apatía y el desencanto. Muchos ciudadanos han terminado convencidos de que la política es un asunto ajeno, reservado para unos pocos profesionales del poder. Y mientras la gente se aleja de la esfera pública, otros ocupan ese espacio para defender intereses particulares.

Por eso resulta indispensable recuperar el sentido formativo de la democracia. La educación no puede seguir orientada exclusivamente a producir mano de obra para el sistema económico ni profesionales obsesionados con el éxito individual. La sociedad necesita ciudadanos críticos, reflexivos y comprometidos con los asuntos colectivos.

Pero la formación para la participación no puede limitarse a una asignatura escolar ni reducirse a la enseñanza de conceptos abstractos sobre democracia. Debe convertirse en una práctica cultural permanente. La familia, los grupos de amigos, los barrios, las organizaciones sociales, las escuelas y las universidades tienen la responsabilidad de cultivar valores como el respeto y la tolerancia -ausentes por completo en la reciente jornada electoral-, la solidaridad y la cooperación.

La filósofa Victoria Camps sostiene que las personas solo se comprometen con un proyecto político cuando se sienten parte de una comunidad concreta. Esa identidad compartida es la que permite construir vínculos ciudadanos sólidos y asumir responsabilidades comunes. Sin ese sentido de pertenencia, la democracia se convierte en una simple película de ficción.

Por su parte, Aristóteles comprendía que la vida en sociedad depende del carácter de los ciudadanos y de la existencia de un Estado capaz de garantizar las condiciones de una vida buena. Traído a nuestros tiempos, el filósofo se refiere a una sociedad en la que todos puedan participar en la construcción del bienestar colectivo y acceder a condiciones dignas de existencia.

El nuevo contrato social que el país necesita debe romper con la subordinación del Estado a las fuerzas del mercado. Se trata de construir una sociedad con mercados y no una sociedad de mercado. Una diferencia que parece semántica, pero que resulta esencial. En la primera, la política y la sociedad conservan la capacidad de poner límites al mercado; en la segunda, es el mercado el que termina imponiendo sus reglas sobre la política, la cultura y la vida cotidiana.

Un Estado verdaderamente democrático debe garantizar educación, salud, vivienda, empleo digno y condiciones básicas para el desarrollo humano. Pero también debe promover una democracia más profunda, donde las voces críticas sean escuchadas y donde la participación ciudadana trascienda las estructuras tradicionales de los partidos políticos.

Muchos considerarán que estas ideas son ingenuas o excesivamente idealistas. Sin embargo, más ingenuo resulta creer que podremos superar nuestras crisis manteniendo intactas las mismas estructuras políticas, económicas y culturales que las produjeron.

* Docente universitario

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