El oficio de escribir

Por: Jesús Gonzalo Martínez C.*

Es posible que una de las mayores preocupaciones en los últimos años de parte de quienes regentan y ejercen la práctica de la formación de la niñez en Colombia sea el proceso de la lecto-escritura y es que los vacíos y deficiencias en este campo inciden en forma determinante en la calidad de la educación que recibe el niño en el aula escolar y que luego se evidencia en las enormes dificultades a las que se ve obligado a   enfrentar en su carrera de formación en un campo específico del conocimiento.

El poco interés por la lectura en el pueblo colombiano es un mal imposible de ocultar o ignorar, mal endémico que produce el fracaso de muchos profesionales que no alcanzan a dotar su cerebro del suficiente contenido en conocimiento y poder motor de la razón para generar ideas; mal que ha mantenido  la democracia en cuidados intensivos como consecuencia de todas las malformaciones que provoca la ignorancia y la precariedad en la  formación intelectual de las personas; mal del que se alimenta el anquilosamiento del país prolongando indefinidamente la leve y tortuosa marcha en los caminos del desarrollo; mal que hace cada vez más notorias las profundas desigualdades e inequidades reinantes  en la sociedad; mal que nos sumerge dramáticamente en los embustes del emprendimiento, la creatividad y la competitividad, cuando estos apenas sí son  la manifestación  de esfuerzos individuales o círculos cerrados  que trabajan con ahínco por un ideal tras el tumbo a tumbo de las dificultades y adversidades; mal del que se alimenta el conflicto detonante de las grandes problemáticas sociales como consecuencia de los profundos ruidos en el proceso de la comunicación humana, el limitadísimo y  raquítico léxico, la ausencia de la dialéctica de la palabra y las convicciones en verdades absolutas desde la nefasta influencia mediática de esos canales  dominantes que cubren todo el espectro vital cumpliendo con su poder sedante  en lo que es preciso callar o ocultar, con su poder alienante en lo que es preciso dominar y con su alta capacidad para desatar pasiones de odio, venganza y rencor.

Han sido muchos los esfuerzos realizados, los programas puestos en marcha, las acciones adelantadas para democratizar la accesibilidad a la información y el conocimiento, pero muy poco se ha alcanzado en motivación por el interés por la lectura, y así aliciente resulta registrar que en Colombia se leen en promedio entre dos y tres libros por ciudadano al año, indicador desde todo punto de vista mentiroso, o entre uno y dos por ciento de la población que hacen uso de las bibliotecas públicas, otro indicador mentiroso porque la norma dicta que en su generalidad somos piezas de una sociedad indolente en estos campos, sociedad carente de conciencia sobre su existencia y servicios,  y sociedad  que no se ha creado como necesidad alimentarse del conocimiento y los contenidos de la cultura como fundamentos sustanciales para el crecimiento personal y la existencia en condiciones de civilidad y saludable relacionamiento.

En razón se desprende como corolario que la práctica de la lectura ha sido privilegio y mangar de buenos gustos y aromas de los intelectuales y por ello éstos  han sido y no dejarán de ser fortaleza de la cultura, fortaleza opuesta a la inercia de las masas, fortaleza que propone rebeldía, fortaleza que provoca crisis para generar dinámicas, fortaleza que rompe los esquemas de los lenguajes que adoctrinan y actúan como sedantes en los escenarios de la razón y la generación de ideas, fortaleza que cuestiona, propone, reclama y obliga a un nuevo salto en todo asunto social y de  las bregas políticas, económicas y de interacción de los pueblos desde la geopolítica y de los hombres en sus  condiciones de convivencia, comunicación y relacionamiento.

Sorprende en sentido de admiración el juicio del intelectual celoso en el cumplimiento de su agenda de lectura y su actitud expectante en el mercado y circulación de contenidos de su interés. No menos que admiración se puede exclamar al entrar al consultorio de un Médico y hallar como primer impacto en la mirada un libro abierto en el que probablemente estaba embebido en su lectura mientras esperaba a un nuevo paciente y desde luego aquello fue un primer asunto de diálogo; no lo era propiamente un libro de medicina, lo era de los asuntos nacionales que día a día  sorprenden y conmueven; sobre el escritorio del Médico con las páginas titilando estaba «El laberinto del parqueadero Padilla» de Diana Salinas Plaza, y así Médico y paciente antes de hablar de dolencias del cuerpo intercambiaron algunas palabras con referencia a los males  que atormentan la sociedad colombiana  timoneada por círculos de poder en los que anida todo mal posible en corrupción, desprecio por la vida, pasión por la acumulación de riqueza, menosprecio y tendencia por la destrucción del adversario, manipulación ideológica, y acciones determinantes para el control institucional en favor de sus intereses; círculos creadores de otros círculos en los que se cumplen los afanes de destrucción, muerte, barbarie y silenciamiento de quienes piensan distinto o en otros tonos señalan caminos alternativos para el progreso y bienestar de los pueblos. En aquel libro, escritora y lector entablan corto diálogo sobre el estado de putrefacción de los valores y la ética en la llamada sociedad de la dirigencia, aquella de los políticos, los empresarios, los altos mandos de la policía y del ejército, los latifundistas, los gobernantes y todos aquellos con derecho a codearse en riqueza y poder porque allí han puesto el sentido de su vida y su lugar en la sociedad.

De modo que la lectura está constituida como una práctica privilegiada de unos cuantos, los intelectuales, los ilustrados, los amigos de las librerías y las bibliotecas, los afectos al diálogo y los que hallan en los libros las herramientas para la provocación de dinámicas en la sociedad y la solución razonada de las dificultades que plantea la existencia en lo individual y en lo colectivo.

Si el camino de la lectura es estrecho, el de la escritura es espinoso y casi infranqueable, en ésta las dificultades rondan por doquier, la indiferencia social lacera el ego y la descalificación mata la autoestima en quien lo intenta. Escribir en esta sociedad no es de quijotes, es de estoicos siempre dispuestos a enfrentarse a los molinos de una sociedad que muellemente habita en el curso natural de los hechos y las cosas, una sociedad que no permite ser preguntada o cuestionada, una sociedad que con facilidad se habitúa a seguir la dirección que le propone el cabestro impuesto por las ideologías dominantes en todo campo y todo asunto.

* Bibliotecólogo y escritor rionegrero.

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