El retorno esperado de un pastor de la Iglesia

Por: Jesús Gonzalo Martínez C.

En el pasado no muy lejano la vieja ciudad de Rionegro gozó del reconocimiento del carácter inconfundible de su arquitectura, un estilo colonial homogéneo en el que las tapias y las cubiertas de teja configuraban un entorno de grandes caserones, edificaciones que con lujo en el detalle lucían la exquisitez del ebanista y daban la idea de una cultura refinada habitada en los valores de la hidalguía y el señorío.

Empotrados allí lucieron algunos templos de la Iglesia Católica con su estilo monumental y carácter simbólico, lucieron, y de alguna manera lucen, como referentes espaciales y evidencia de la profunda incidencia de la religiosidad, y de la Iglesia misma, en todo el proceso de formación del pueblo rionegrero desde el momento histórico en el que los mineros españoles se establecieron en el valle del río Negro en los siglos XVII y XVIII guiados por su codicioso olfato en su ambición por el oro. Justo en esos colonos estuvo el devenir del poblado en el que la arquitectura española fue ocupando el lugar de los bohíos de los Tahamíes, y así, maderos y paja dejaron de ser en el siglo XVIII una práctica en la construcción de las edificaciones, lo que simplemente quiere decir que el pequeño pueblo fue inicialmente configurado de casas de bahareque y paja, cual igual lo fueron los primeros templos; imagínese entonces el viejo espacio común, la plaza, en torno al cual se inició la formación arquitectónica del viejo Rionegro, e imagínese esos templos como elementos ordenadores del incipiente desarrollo urbanístico en esos siglos XVII y XVIII.

Los monumentales templos de San Nicolás (1650, 1795), Jesús Nazareno (1740- mediados del siglo XIX), San Antonio (1650-1725) y capilla de San Francisco (1759), cual el paso de la vivienda de madera y paja a la tapia y la teja, –en algunos casos el ladrillo fabricado en esta ciudad– también experimentaron esa transición de una sencillez absoluta en su estilo a una confección en términos de refinamiento arquitectónico, seguridad en su estructura y elementos y condiciones de bienestar; no fueron pensados para el pequeño pueblo en formación, en realidad lo fueron para la ciudad imaginada porque en ello supieron ser soñadores. Hasta mediados del siglo XIX cuando se construyó el templo de Jesús Nazareno en el lugar que hoy ocupa, –Alto de la Capilla—los líderes de la Iglesia y los líderes locales plasmaron en esas

construcciones su mentalidad sobre su concepción del carácter preeminente de la religión y la iglesia en la vida de la ciudad, seguramente concibiéndolos como la “casa común” del encuentro del hombre con la grandeza de Dios. Luego ocurrió muy poco y los templos construidos carecieron de esa concepción de espacios con la capacidad de representación de “casa superior” a toda casa y espacio que simboliza la grandeza de la Iglesia. 

En el curso del desarrollo de las últimas décadas Rionegro no se reinventó en estilo arquitectónico y sus formas coloniales, ni se preservaron en lo más representativo, ni se revitalizaron; el viejo Rionegro se fue ocultando en su arquitectura por causa de la mano destructora del hombre, la indolencia de los que deberían velar por su preservación y la fuerte influencia de ociosos capitales externos; igual en los nuevos templos, casi todos construidos a partir de la segunda mitad del siglo XX, estuvo ausente el detalle y se dotaron de muy pocas características de aquella arquitectura religiosa profundamente representativa y simbólica. No obstante, frente a los embates destructivos y la paulatina ola de cambio, los templos católicos se han conservado manteniendo intactos cada uno de sus elementos y siguen ahí, parapetados como los gendarmes que a todos recuerdan que hubo una ciudad pionera y hay una religión que constituye el mayor valor en la vida de la ciudad.

Como toda regla tiene su excepción, ocurrióse hace pocos años el advenimiento del sacerdote Jaime Avendaño Pérez, un manizaleño con férrea actitud de trabajo por la grandeza de la Iglesia, siempre puesto al lado del “yunque” como pastor de marcadas fuerzas en su liderazgo y plena convicción en los esfuerzos compartidos para aquellos propósitos encaminados a promover el bienestar de los pueblos y la glorificación de Dios. Puesto frente a la idea de promover la creación de una parroquia en las goteras del centro urbano, sectores de Barroblanco, La Bodega, Abreito y El Carmín, en poco tiempo logró la misión, y como la historia traza siempre un camino, en un santiamén levantó un ramada –pequeña y rústica capilla— e inició el doble camino de la construcción de comunidad parroquial fundada en la fuente y esperanza de la copiosa Misericordia Divina y el de levantar un gran templo-santuario a la usanza antigua, un templo como casa de encuentro en la fe, de reflexión en el dogma del Cristianismo, de tejido social comunitario con los lazos de la hermandad, la fraternidad, la caridad y la solidaridad.

Empeño fue en el sacerdote que la arquitectura del nuevo templo fuera sello de su sentido religioso, que le permitiera dotación simbólica en cada uno de sus elementos, que tuviera expresión de una profunda representatividad y que su carácter monumental diera cuenta de la grandeza de la iglesia y la fuerza de la fe de los pueblos que logran comprender a la luz del Evangelio la verdadera dimensión Divina. Allí, como se observa hoy desde diferentes confines de estas tierras de Oriente y como se contempla desde las alturas, una cruz, símbolo del cristianismo, corona la torre más alta, realmente la única, señalando que en aquel lugar hay un llamado al encuentro con la esperanza, el encuentro espiritual con los valores superiores a toda comprensión humana y el extraordinario poder de la oración en el desarme de los corazones de toda pasión que destruye la dignidad y degrada la existencia.

Después de cinco años de periplo por otros entornos, el presbítero Jaime Avendaño ha regresado a la parroquia de la Divina Misericordia para continuar su obra pastoral y evangelizadora y desde luego para avanzar en la construcción del gran templo-santuario; ya ha dado muestra de su liderazgo, capacidad de gestión y generosidad en compartir su entusiasmo y ello da de esperar en el rostro que tomará aquella edificación como espacio emblemático de la religiosidad de un pueblo y valor de la arquitectura religiosa que dará cuenta en su carácter monumental del peso de la Iglesia en la vida comunitaria, pero además de la expresión de los valores e identidad de Rionegro en su relación con la Iglesia.

A su retorno el sacerdote Jaime Avendaño ha llegado acompañado del pastor Edwin Andrés Quintero Clavijo, líder espiritual de marcada humildad y vocación de servicio. Que ellos encuentren muchas luces en su camino y muchas razones para la esperanza en la Misericordia Divina.

* Bibliotecólogo y escritor rionegrero.

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