Por: Carlos Humberto Gómez
X: @chgomezc
Hace unos días encontré en una sede de Comfama una publicación que terminó ocupando mucho más tiempo del que imaginé. No fue únicamente por su presentación, sino por el contenido que reúne la síntesis de la octava medición de la Encuesta Mundial de Valores para Colombia, un trabajo construido con la participación de SURA, Comfama, Invamer y la ciudad de Bogotá. Aunque el trabajo de campo corresponde al cierre de 2024 y comienzos de 2025, su lectura mantiene plena vigencia porque no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino invitar a comprender mejor quiénes somos y cómo actuamos como sociedad.
Más allá de las cifras, el documento propone una conversación sobre los valores que orientan nuestras decisiones diarias. Esa fue, quizá, la parte que más llamó mi atención. Los resultados no solo describen comportamientos. También muestran fortalezas, contradicciones y oportunidades para revisar aquello que hacemos de manera cotidiana, muchas veces sin detenernos a pensar en sus efectos sobre quienes nos rodean.
Uno de los aspectos que sobresalen es la forma como los antioqueños nos percibimos frente al trabajo. Nos reconocemos como personas dedicadas, persistentes y cumplidoras de nuestras responsabilidades. Esa imagen coincide con una tradición que ha acompañado durante décadas a la región y que suele reflejarse en la capacidad para emprender proyectos y asumir nuevos desafíos.
Sin embargo, la misma investigación presenta un llamado que merece atención. Aunque iniciamos con entusiasmo diferentes iniciativas, también existe una tendencia a perder el interés cuando los proyectos requieren continuidad durante varios meses. En otras palabras, comenzar parece ser más sencillo que mantener el esfuerzo hasta alcanzar los resultados esperados. Reconocer esa situación no representa una debilidad. Por el contrario, puede convertirse en el primer paso para fortalecer la disciplina y la constancia.
Otro capítulo del estudio aborda la convivencia y la inclusión. Allí aparecen indicadores que muestran una mayor disposición de los antioqueños para aceptar personas de otra raza y personas homosexuales frente a otras regiones del país. También registra altos niveles de aprobación hacia la educación sexual, el acceso a métodos anticonceptivos, el aborto seguro y el derecho de niñas y mujeres a decidir sobre su proyecto de vida, incluyendo la continuidad de sus estudios y el momento de contraer matrimonio.
El documento también dirige la atención hacia un elemento que resulta indispensable para cualquier comunidad, la confianza. Los resultados muestran que los antioqueños confían especialmente en las personas que conocen y, al mismo tiempo, expresan confianza hacia personas de otras religiones. Esa disposición también se refleja en una participación importante dentro de organizaciones ambientales, deportivas, religiosas, de apoyo mutuo y de mujeres. Son espacios donde la comunidad encuentra oportunidades para aportar al bienestar colectivo.
En el ámbito institucional, la confianza se concentra principalmente en los gobiernos locales, las universidades, las empresas, las cajas de compensación y las organizaciones sociales. Ese dato merece ser observado porque la confianza constituye uno de los activos más importantes para construir comunidad y facilitar procesos de participación ciudadana.
Otro aspecto que resulta significativo es el arraigo. La encuesta identifica que los antioqueños expresan altos niveles de satisfacción con su vida, valoran el trabajo y mantienen una relación cercana con el municipio donde viven. Quienes habitamos el Oriente antioqueño encontramos allí una reflexión pertinente. El sentido de pertenencia suele convertirse en un motor para cuidar el territorio, participar en los asuntos públicos y acompañar iniciativas que buscan mejorar la calidad de vida de la comunidad.
En materia de ética, el estudio muestra una desaprobación frente al robo y una percepción elevada sobre la posibilidad de recibir sanciones cuando se incurre en actos de corrupción. También registra una sensación de mayor seguridad y disposición para defender el país.
Pero quizá uno de los mayores aportes de la publicación está en reconocer que toda sociedad convive con sus propias contradicciones. Mientras se observan avances en temas de inclusión y participación, también aparecen prácticas que invitan a la reflexión. Entre ellas, una mayor aceptación del castigo físico como mecanismo de disciplina hacia los hijos y la permanencia de visiones tradicionales sobre algunos roles familiares. A ello se suma una menor satisfacción con el sistema político y una participación limitada en mecanismos de protesta.
Las encuestas de valores no deberían entenderse como una competencia entre regiones ni como un listado de virtudes o defectos. Su mayor utilidad consiste en ofrecer un espejo para revisar nuestras conductas, identificar aquello que funciona y reconocer lo que todavía necesita transformarse.
Después de terminar esa lectura comprendí por qué vale la pena regresar una y otra vez a este tipo de publicaciones. Nos recuerdan que el desarrollo de un territorio no depende únicamente de las obras, la economía o las instituciones. También se construye con la forma en que nos relacionamos, con la confianza que depositamos en los demás y con la capacidad de convertir nuestros valores en acciones cotidianas. Allí, precisamente, comienza la verdadera transformación de una sociedad.
Para ver la publicación, visita el siguiente enlace: https://serviciosenlinea.comfama.com/Contenidos/Servicios/MarketingCloud/2025/Marca/10-Octubre/08-EMV/Encuesta_Valores_Dig_03.pdf
*Director periódico La Prensa Oriente

