En la vereda Santa Inés de El Peñol los campesinos se empecinan en estudiar

Cerca de 22 campesinos (21 mujeres, un hombre) entre los 33 y los 62 años están terminando su Educación Básica Primaria.  Este año estarán realizando los grados 10 y 11, al tiempo que avanzan en un técnico en agroindustria con el SENA.

Por: Andrés Felipe Ospina

Comunicación social UCO, 

E-mail: andresospina8255@gmail.com

La luz tenue de una lámpara de mesa se filtra por la ventana entreabierta, el aroma de la comida recién preparada se percibe en el aire. El plato que doña Bertha deposita frente a mí es un festín para los sentidos: arroz blanco adornado con granos de frijoles negros, con un toque de picante y una salsa de tomate casera, aprendida en los cursos de 350 horas que les otorgó el SENA el año pasado. 

–– Para uno estudiar no necesita sino querer y aprovechar la oportunidad ––dice doña Bertha mientras le sirve la cena a su esposo, don Antonio Gallo, quien poco antes entró por la puerta de su casa para sentarse a nuestro lado en el comedor. Con cada bocado, se saborea la dedicación y el amor que doña Bertha ha puesto en cada aspecto de la comida

La tertulia gira en torno de los acontecimientos del día en el cultivo de café, del cual sus granos ya reposaban sobre los costales arrumados en la sala, para que, a la mañana siguiente, se puedan sacar de nuevo al sol y así aprovechar sus beneficios el día de su venta, “apenas para comprar el mercado de esta semana”, dice don Antonio.

–– Ella está estudiando desde que nos casamos ––dice don Antonio ––eso en el año 1980, en diciembre, meses después de la muerte de mi suegra, el 29 de febrero. 

–– Éramos muy pobres, yo tenía 14 años de los cuales siete de ellos los pasé en la atención de mi madre, quien quedó paralizada luego de un derrame ––tercia doña Bertha con algunas lágrimas en sus ojos––. La cuidé con mi abuela, quien nos terminó de criar junto con mis dos hermanos menores.  Estaba en segundo de primaria cuando papá me dijo que ya no podía volver a la escuela porque tenía que cuidarlos. A mí me gustaba mucho estudiar ––continúa mientras realizaba el modelo químico de su tarea con unos pequeños limones y palillos de bonbonbum.

Al comienzo me decían, que ya era muy tarde, que estaba muy vieja para eso

Loro viejo sí aprende a hablar

––Al principio fue difícil ––dice doña Mariela Agudelo con su mirada pasiva y conmovedora.  Ella es una de las 21 mujeres que, al igual que doña Bertha, aún continúan en el proceso de educación, en la Vereda Santa Inés del municipio de El Peñol––.  Yo estaba reacia a continuar mis estudios. No, qué pereza, ya con la edad que tengo y que otra vez yo coja cuadernos, eso debe ser muy complicado hacer tareas de bachillerato, yo no soy capaz.  Por ahí dicen que el loro viejo no aprende a hablar. Pero ya ve que sí pude, sí puedo.

Los habitantes de la vereda hacen su recorrido diario pasando por el frente de la Escuela Nueva de Santa Inés, así conocida esta sede por los lugareños.  Algunos van hacia la vereda Primavera, otros se dirigen hacia la vereda La Culebra, luego de caminar desde los lotes de las tomateras, las paperas y frijoleras del sector, con rumbo hacia sus casas.

–– Hola, doña Mariela ––saluda un hombre, con visibles muestras de cansancio en su rostro y algunas señales de tierra en sus manos, 

–– Cómo me le va, Gonza ––contesta doña Mariela

–– Qué más pues, Mariela  

–– Todo bien, amigo 

Las puertas de este recinto académico cerrado no impiden que tres pequeños con edades entre los 8 y 12 años entren por un hueco, que hay en las rejas de la parte posterior del coliseo. Entonces comienza el toque-toque de balón. 

––Hey, muchachos ––grita uno de los chicos ––, yo voy a tapar.

–– Huy, fácilmente le meteré un gol, usted como es de bajito ––ríen los niños, disfrutando de su juego favorito y compartiendo las últimas jugadas aprendidas de sus futbolistas preferidos. Doña Mariela los mira detenidamente como si recordara algo y dice: 

–– Nunca me ha gustado el fútbol.  Lo mío es otra cosa.  Cuando hacen los eventos de la acción comunal, se me olvida el mundo y la cojo de cuenta mía.  Ahí si saben quién soy yo. Pa’ bailar estoy sola. 

El profe Miguel Ángel acompaña este CLEI desde el año 2022, cuando empezó el proyecto

Cuadernos, naturaleza, cultivos…vida

Llega el tan anhelado día. Doña Bertha madruga a eso de las 4 de la mañana con el propósito de preparar los alimentos: deben de quedar listos el desayuno, el almuerzo y la cena. Un amanecer entre los cultivos de maíz, desherbándolo y aporcándolo, mucho antes de la hora de comenzar las clases. Después de la una de la tarde empieza a prepararse para su jornada de estudio.

La escuela Santa Inés (una de las seis sedes del colegio Palmira) está ubicada a unos kilómetros, en la ruta que conduce hacia el monumento religioso del sector veredal llamado “El Marial”.  Allí se encuentra el profe Miguel Ángel Hoyos, quien abre las puertas y se dispone a esperar a sus estudiantes como lo ha hecho durante dos años, tiempo que ha engrandecido su orgullo de pertenecer a este proyecto de vida.  “Yo llevaba más de 15 años sin trabajar esta modalidad de CLEI (Ciclos Lectivos Integrales Especiales) para personas extra edad o adultas, aunque las anteriores, no fueron experiencias muy significativas. A partir de la propuesta de Juan Pablo Betancourt, líder del proyecto y promotor de esta gran obra social, decidí conocer el grupo. Cuando me hicieron la presentación al llegar a Santa Inés, el solo hecho de ver esta gran cantidad de mujeres (eran 26, y solo dos hombres), felizmente surgió un reto personal para mí, si bien es cierto que muchos no terminan el proceso”, dice el docente. 

Aura Eliza, de 66 años, es la mayor de estas mujeres emprendedoras que gracias a los beneficios de varias entidades que han colaborado en este proyecto, tiene como objetivo con otras siete integrantes del CLEI seguir potenciando y haciendo crecer su microempresa naciente de productos alimenticios derivados del tomate (hacen la mermelada, bocadillo y salsas), productos que venden dos de las integrantes del CLEI los domingos en la Plaza del Tomatero, mercado campesino ubicado en el centro de El Peñol.

24 mujeres y dos hombres iniciaron el proceso, con edades entre los 33 y los 66 años

–– Nunca pensé que a mi edad yo iba a estar estudiando ––dice doña Aura, quien no escatima ocasión para agradecer por la oportunidad que le dan a ella y a una de sus hijas de terminar el bachillerato y “ser alguien en la vida”––.  De no ser por la motivación que desde el principio nos dio Juan Pablo, el apoyo de Andrés de CREAFAM, y de la amabilidad y el compromiso de nuestro profesor, esto no hubiera sido posible.

Juan Pablo Betancourt, líder en esta zona del Oriente Antioqueño, se considera un todero: tiene experiencia en electricidad industrial, es técnico y tecnólogo del SENA, además de emprendedor con siete años en la fundación CREAFAM. Fomenta esta nueva visión de técnico campesino que quiere patentar y promover en todos los municipios de la región. –– Contar esta historia sin ellas es una historia coja. Mi propósito es acompañar este proceso de adquirir capacidad técnica, superar ese “hueco” o vacío académico que tienen los campesinos, para que hagan del ejercicio del campo un beneficio más productivo y competitivo, con un modelo de gestión socio-empresarial dimensionado hacia abajo ––dice el docente Juan Pablo, ingeniero de alimentos y especialista en Alta Gerencia.

Hoy no habría nada que contar si estás mujeres hubiesen tomado la valiente decisión de estudiar y embarcarse en este emocionante viaje hacia el conocimiento. Son ellas, las mujeres de la Vereda Santa Inés quienes, con su determinación y perseverancia, están escribiendo una nueva historia en esta comunidad rural. El proyecto CLEI Santa Inés, bajo el lema «Caminando hacia el conocimiento», no solo representa una oportunidad educativa para estos adultos que decidieron retomar sus estudios, sino que también simboliza un compromiso con el crecimiento personal y el desarrollo comunitario.

Doña Bertha, prepara su modelo químico, una tarea para el próximo encuentro

Con cada paso que dan en este camino, desde las primeras clases de alfabetización hasta los desafíos del bachillerato, esta comunidad demuestra que nunca es demasiado tarde para aprender y alcanzar nuevas metas. Su dedicación en el aula y su esfuerzo en el campo reflejan una determinación inquebrantable y un espíritu de superación que inspira a todos los que los rodean.

Detrás de cada plato de comida servido, de cada tarea realizada y de cada sueño perseguido, hay una historia de coraje, sacrificio y esperanza. En este rincón de las montañas, donde el amanecer trae consigo la promesa de un nuevo día lleno de posibilidades, estas mujeres han encontrado una comunidad unida por el deseo de aprender y crecer juntos. Así, con el apoyo de sus familias, sus maestros y el compromiso de toda la comunidad, continúan su marcha hacia un futuro más brillante, donde el conocimiento es la clave para abrir puertas y construir un mejor mañana para todos.

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