La memoria vuelve a tener voz en el Oriente Antioqueño. El escritor Guillermo Zuluaga Ceballos presentó la tercera edición de su libro Veinticuatro negro, una obra que recoge los testimonios del conflicto armado en la región, ahora con una mirada renovada sobre los cambios, la resiliencia y la esperanza que han florecido después de los años más oscuros.
El lanzamiento, realizado en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, hizo parte del programa “Páginas Abiertas”, un espacio que promueve el diálogo entre autores y lectores. En esta ocasión, Zuluaga conversó con el periodista y docente Carlos Mario Correa sobre los nuevos capítulos de esta edición, que no solo reconstruyen la historia del dolor vivido, sino que también exploran los procesos de transformación social y cultural del Oriente.
El autor explicó que esta versión incluye un nuevo recorrido por los lugares y personajes que inspiraron la primera edición de 2007. “Sentía que tenía una deuda con la región —expresó Zuluaga—. Las primeras versiones mostraban un panorama muy negro, muy desolador. Ahora era necesario contar lo que ha cambiado, narrar la vida que renació en medio de las ruinas y los sueños que volvieron a echar raíces”.
Entre las novedades se destaca el capítulo “Renace la esperanza”, donde se describe cómo el territorio ha transitado del miedo a la reconstrucción. Zuluaga se adentra en los pueblos que fueron golpeados por la violencia —San Luis, San Carlos, Granada, San Francisco— y muestra cómo el arte, el turismo comunitario, la educación y la agricultura sostenible se han convertido en formas de resistencia y de vida digna.
La portada de esta tercera edición es una fotografía de León Darío Peláez, reconocido fotorreportero que durante tres décadas documentó la historia del país para medios como Semana y El Tiempo. Su imagen resume la fuerza de la memoria: una mirada que no olvida, pero que también ilumina.
El libro será presentado próximamente en la Universidad Católica del Oriente y en San Vicente Ferrer, como parte de la conmemoración de los 25 años de la masacre del 24 de diciembre del 2000, tragedia que da nombre a la obra.
En esta edición, Veinticuatro negro deja de ser únicamente un registro del horror y se convierte en un testimonio de renacimiento colectivo. Es, como dice uno de los fragmentos del texto, la evidencia de que “se está empezando a cosechar lo que se sembró en momentos difíciles”.
Con su pluma serena y comprometida, Guillermo Zuluaga resalta la importancia de narrar la verdad, honrar la memoria y celebrar la vida que persiste. Su libro es una ofrenda a la dignidad de las comunidades del Oriente Antioqueño y un llamado a mirar el pasado sin miedo, para seguir sembrando esperanza.
Fragmento del libro Veinticuatro negro (tercera edición) – Por: Guillermo Zuluaga Ceballos
Cosechar lo que se sembró en momentos difíciles
Hay unos que no entienden mucho lo que ocurrió hasta el 2005, el año en el que la “guerra” bajó su intensidad en el Oriente Antioqueño. Otros tratan de darle una lectura en el sentido de que “si los jóvenes supieran lo que pasó, entonces…”.
Lo cierto es que muchos jóvenes sí entendieron lo que pasó, y además han podido averiguarlo, escucharlo, contrastar cifras, rumores, opiniones. Julián Montes es uno de esos chicos que vivió la guerra en su pueblo natal y que luego, por decirlo de alguna manera, inquieto, llegó a vivir a Marinilla, y allí acomodó una silla afuera del patio y comenzó a mirar hacia el horizonte, y se hizo preguntas. Porque una vaina bien distinta fue el conflicto armado en las regiones periféricas y otra en la zona central, o lo que llamamos el Altiplano, desde donde se decía que en el Oriente Antioqueño nada pasaba, que eso era “más abajito”, o “más allacito”.
– La dinámica en el Altiplano fue hagámonos pasito. Salvo el carrobomba en el parque de Marinilla, o algunas matanzas en las zonas lejanas de El Carmen, La Unión o San Vicente, aquí pareció que no pasó nada.
Julián parece hacerle un juicio a la historia de una región en la que resuena el discurso de la unión, el deseo de asociarse, pero que, en el fondo, cuando los asuntos están complejos, cada uno se blinda en sus privilegios.
– ¿Qué apellido es usted?, siguen preguntando -dice Julián, o me pregunta con su tímida sonrisa, como con cierta complicidad de saber que quien lo escucha entiende que detrás de esa pregunta puede haber un libro de sociología como respuesta-. La sociedad civil vivía como en la gloria, pero es que hay una especie de contratos tácitos, el hagamos pasito y no digas nada…, muy paisa todo eso.
Julián se formó en la Universidad de Antioquia y luego se involucró con actividades culturales en Marinilla. Durante un año largo fue el secretario de Cultura de ese municipio y en la actualidad participa en actividades de educación con EPM en todo el oriente. Eso le da una mirada amplia de este territorio, como también el hecho de haber nacido y pasado sus primeros años en San Luis, uno de los pueblos más aporreados por el conflicto armado. Claro que cuando se vino a vivir con sus abuelos a Marinilla, le decían que no era de aquí.
– Cuando estaba en San Luis, a veces en clase uno oía los disparos. Tremendo. Admiro a mis profes…, y sin embargo me dio duro venirme. En San Luis era mucho verde, recogíamos renacuajos. Había piscina cada semana en el colegio, o nos íbamos para el río. Aquí, cuando llegué, puro cemento. En San Luis iba a comprar cosas a la tienda, sin camiseta…, cuando lo hice aquí: este muchachito qué, de dónde salió, ¿no tendrá familia?
Más que pensar en él y sus cuitas, ha querido mirar lo que pasa en la región. A la pregunta de si ¿Vivió una resurrección?, su respuesta es contundente.
– Sí, creo que sí. (habla despacio). Se está empezando a cosechar lo que se sembró en momentos difíciles, álgidos, cuando más duro era todo. Siento que hubo campesinos, una sociedad civil que estuvo sembrando.
Según Julián, se está cosechando esa siembra:
– Mire, se está mostrando ahora lo que se sembró en los Laboratorios de paz: déjennos trabajar, sigan en su guerra y a nosotros déjennos surgir, tener nuestro alimento. Esa semilla se sembró en el conflicto, gracias a ONGs y a la cooperación internacional, y a la iglesia.
Grandes apuestas sostenibles, sustentables y actuales como el turismo, la agroecología, la explotación consciente de la madera, son resultado de largas jornadas pedagógicas y escuchando a las comunidades en los momentos más difíciles.
– La gente dejó de resistirse a las hidroeléctricas. Saben que eso afecta el ecosistema, pero tratan de convivir. Quienes se oponían, curiosamente, viven en el Altiplano, y los hijos de los que se quedaron dicen: pues ya está la represa, vivamos con eso: hagamos turismo responsable. Costó entenderlo más de 30 años. Los desplazados volvieron a los pueblos o viven en la ciudad, y los hijos se han acostumbrado.
Julián ha sido un estudioso, pero además un líder de las actividades culturales en Marinilla, uno de los municipios con más movida cultural en el oriente. Así que prefiere ir deslizando la conversación -ya vamos para el segundo café- hacia un tema que maneja, “la cultura”, esa que en los tiempos más difíciles fue una bella forma de resistencia.
– La cultura es una forma efectiva de darle optimismo a la sociedad, de relacionarnos con el territorio. El arte y las manifestaciones culturales fueron un bálsamo para el dolor y también un medio de comunicación, de expresión, desde la capacidad expresiva de las comunidades. Un Festival de la Canción en El Santuario, que lleva casi 50 años y nunca paró; o el Festival del Teatro de San Carlos, que lleva 47 años. Es bonita esa apuesta cultural, la música campesina.
Las fiestas populares nunca pararon en los pueblos y eso también ayudó -complementa-. Fue un acto importante, incluso político: había que celebrar a pesar de las dificultades. También se crearon nuevas fiestas, surgidas a partir del retorno. Fiestas del retorno que también podrían ser fiestas del éxodo, porque se llevaron parte de lo que son a otros lugares.
Eso dice y de inmediato se va a esos ríos que disfrutó en sus primeros años:
– Mire la apropiación de El Melcocho, donde ya hay un festival campesino; o el Samaná Fest, que es itinerante. Son plataformas estos eventos, y también cohesión social.
Julián dice que disfruta vivir en el Oriente. Su trabajo, en el que tiene que recorrer algunos parajes, también le permite subirse a su motocicleta y dar vueltones por otros municipios. Y como alguien que ha trabajado en el sector cultural, le apuesta al futuro.
– Yo ahora lo veo bien. Lo complicado es cuando intenta entrar una nueva banda delincuencial: los Pachelly, los Mesa. En el Oriente Antioqueño van unos 119 asesinatos este año, pero eso es por microtráfico, lastimosamente. Hace unos tres años hubo unas masacres en la Danta adentro. Eran unos mexicanos en guerra con el clan del Golfo, y de eso no se habló en los medios.
Le digo que no supe de esos muertos, y que acaso no se habló mucho de ellos para que la gente no dejara de venir, o por la lógica del “hagámonos pasito” …, y él me dice que “de pronto”.

