La lenta pérdida de una verdadera tradición

Por: Jose Alexander Velásquez Giraldo*

E-mail: proyectos@menttu.com 

Hubo un tiempo en que la chiva (la tradicional escalera) no hacía ruido: hacía patria. No necesitaba bocinas estridentes ni luces de neón para anunciar su llegada, porque su presencia era suficiente. Era la camioneta de los abuelos, el orgullo de los campesinos, la navaja suiza del transporte rural. En ella viajaban no solo cuerpos, sino esperanzas, costumbres y relatos. Era escuela cuando transportaba niños a sus clases, era iglesia cuando llevaba a los fieles al templo, era ambulancia cuando la salud urgía y no había otra opción. Era el hilo que unía la vereda al centro, y al mismo tiempo, el telégrafo rodante de las buenas y malas noticias.

La chiva o escalera era mucho más que un vehículo. Se le decía escalera no solo por su estructura, sino porque, en cada peldaño, cabía la dignidad de un pueblo. Cargaba plátanos, gallinas, racimos de esperanza y hasta sueños envueltos en costales. Cada viaje era un acto de fe entre el lodo, el polvo y la montaña. La gente se saludaba, se ayudaba, se reconocía. Era un vínculo comunitario sobre ruedas.

Hoy muchas de esas escaleras tienen luces neón. Bocinas que escupen reguetón a todo volumen. Pasajeros con tragos en la mano, bailando entre curvas y frenadas. Ya no suben por caminos de herradura ni bajan campesinos con sombrero. Suben turistas con alcohol o algo más, y bajan despojos de una rumba más. La fiesta le ganó al arraigo. La chiva se ha transformado, tristemente, en una discoteca móvil.

Y hay algo aún más preocupante: las chivas rumberas se están convirtiendo en zonas móviles de tolerancia para el consumo. Entre luces y bocinas, hay quienes fuman, inhalan, beben sin control. Todo dentro de un vehículo en movimiento, sin normas claras, sin regulación efectiva. Lo que antes transportaba vida, ahora transporta riesgos.

No se trata de moralismo. Se trata de identidad. Porque una cosa es adaptar la tradición y otra muy distinta es vaciarla de contenido. Cuando una chiva ya no transporta comunidad, sino desenfreno; cuando su ruta ya no conecta veredas sino excesos; cuando su colorido ya no representa cultura sino descontrol, algo se está perdiendo. Y no es solo la forma. Es el fondo.

El Oriente Antioqueño, región orgullosa de sus raíces, tiene el reto de preguntarse si vamos a seguir dejando que la tradición sea consumida por la inercia turística. Si permitimos que lo que fue símbolo de resistencia se convierta en anécdota vacía. Sí seguiremos viendo cómo las escaleras que nos conectaban, ahora nos dividen.

Porque en el fondo, la verdadera chiva no necesita más volumen. Necesita memoria. Necesita volver a ocupar su lugar en la narrativa del territorio: como emblema de una cultura viva, no como accesorio decorativo. La fiesta no puede borrar el respeto, la tradición no puede convertirse en caricatura.

Y quienes tenemos palabra, historia y conciencia, no podemos callar. Porque la identidad no se grita: se cuida, se honra, se enseña. Que no se diga, dentro de unos años, que la dejamos perder sin decir nada.

Porque una tradición no se pierde cuando desaparece, se pierde cuando dejamos de creer en ella.

* Especialista en logística, con énfasis en transporte, Experto en Movilidad, Gerente Menttu

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