La asociatividad debe estar regida por la ética, que es su «horizonte moral». Propone principios fundamentales para orientar este proceso: la equidad en la participación, asegurando que todos los actores tengan las mismas condiciones sin importar su poder; la solidaridad en la colaboración mutua; el respeto de las autonomías
El Exrector de la Universidad Católica de Oriente, aporta una perspectiva ética, espiritual y comunitaria crucial al debate sobre la integración regional del Oriente Antioqueño. Desde su rol, la Iglesia, por su vocación de buscar la unión y la comunión, ve con «muy buenos ojos» todo lo que signifique asociar personas y comunidades, ya que la manera de comprendernos y lograr propósitos comunes es a través del encuentro y el diálogo. Aunque la Iglesia no busca ser protagonista en estos procesos, que son del ámbito político y cultural, sí se concibe como un puente y animador que facilita el encuentro entre diversos actores sociales y políticos, cumpliendo su misión de unir a las personas y comunidades. El liderazgo en el servicio público, en última instancia, recae en los laicos y quienes tienen vocación política.
Para Monseñor Darío, la asociatividad debe estar regida por la ética, que es su «horizonte moral». Propone principios fundamentales para orientar este proceso: la equidad en la participación, asegurando que todos los actores tengan las mismas condiciones sin importar su poder; la solidaridad en la colaboración mutua; el respeto de las autonomías para preservar la identidad particular de cada miembro sin diluir la diversidad; y la sostenibilidad, garantizando que los acuerdos y programas perduren en el tiempo más allá de coyunturas políticas. Además, enfatiza la participación dignificante de todas las comunidades, la transparencia en los procesos para generar credibilidad, y la justicia social, que priorice a los más vulnerables y aquellos con oportunidades aplazadas, buscando que quienes están más atrás puedan avanzar.
Monseñor Gómez aborda el temor a la pérdida de identidad municipal, señalando que «lo peor la pérdida de identidad es dejarla perder por no participar». Sostiene que no se debe tener miedo a desarrollar y perfeccionar la identidad cultural, ya que no se trata de estancarse en el atraso para conservarla. En cuanto a la mejora de la calidad de vida, destaca que la asociatividad «potencia los recursos» y «multiplica a la “n” potencia las capacidades», porque «el todo es superior a la suma de las partes». En un mensaje que resuena en la región, afirma: «solos vamos más rápido, juntos vamos más lejos», evidenciando cómo la unión beneficia el desarrollo individual y comunitario.
El fortalecimiento del sentido de comunidad y pertenencia en el esquema asociativo requiere que los bienes de la asociatividad se distribuyan en igualdad de condiciones y que todos los actores participen en su producción, evitando hegemonías que puedan rezagar culturalmente a algunos. Monseñor Darío aboga por formas asociativas que «dignifiquen las personas y las comunidades». Finalmente, para superar la dicotomía entre «provincia» y «área metropolitana», propone una visión audaz: la coexistencia de ambos esquemas en el Oriente Antioqueño.
Esta coexistencia, que implicaría un apoyo mutuo, intercambio de bienes y servicios, y una planificación territorial conjunta, permitiría tener provincias desarrolladas en el campo rural y un Área Metropolitana de primer orden. Monseñor Darío lo expresa de forma contundente: «un área metropolitana sin la provincia se empobrece y una provincia sin el área también se empobrece». En su mensaje final a la ciudadanía, insta a la conversación, el diálogo y el intercambio de ideas para que la comunidad comprenda y apoye este proyecto de futuro, haciendo que el Oriente Antioqueño sea un ejemplo para el país de cómo la coexistencia y la asociatividad pueden impulsar el desarrollo integral de una región.

