Periodismo en crisis

Por: Erney Montoya Gallego* 

IG: @erneymg

No podemos tapar el sol con un dedo. El periodismo atraviesa una crisis que no siempre se reconoce con honestidad por parte de quienes dirigen los medios de información ni por quienes ejercen esta labor. La principal manifestación es la pérdida de credibilidad por parte de las audiencias, que las impulsa a dejar de leer, escuchar o ver a los medios informativos. 

En febrero se ha celebrado tradicionalmente el día del periodista; más exactamente el 9 de este mes. Aunque el periodismo vive una crisis profunda por la pérdida de credibilidad y otros factores, febrero siempre será una época del año para reflexionar acerca de esta profesión u oficio. 

Hemos conocido recientemente acerca del cierre de medios o su fusión y el despido masivo de periodistas. Aunque no es tan conocido, otro hecho es la precarización laboral. Mucho se mencionan como causas de esta situación el auge de las redes sociales, la caída de los modelos de negocio tradicionales de los medios y la preocupante desinformación y manipulación de la información. Pero muy poco se habla acerca de las fallas internas, de los vacíos éticos y de las prácticas que han convertido la información en una mercancía y algunos medios en empresas que se venden al mejor postor. 

Es lamentable cómo estas prácticas se han normalizado y muchos medios y periodistas han renunciado a la responsabilidad social que históricamente dio sentido al periodismo. Hoy nos encontramos con medios que reproducen comunicados oficiales sin cuestionarlos, notas construidas a partir de una sola fuente -casi siempre institucional-, titulares diseñados para atraer clics, aunque en el interior distorsionen el contenido, y periodistas que confunden acceso con independencia. 

A lo anterior se puede agregar una práctica aún más grave: informar desde una fuente o a partir de los intereses de una entidad porque existe un pago directo o indirecto, ya sea en forma de publicidad encubierta, “convenios”, favores o privilegios. Todo esto erosiona la credibilidad del periodismo y, lo que es peor, debilita el derecho ciudadano a recibir información veraz, contrastada, equilibrada y relevante.

Es urgente que el periodismo recupere su compromiso ético y su responsabilidad social. No como una consigna romántica ni como una nostalgia del pasado, sino como una condición indispensable para su supervivencia y legitimidad en una sociedad democrática. Sin ética periodística, sin honestidad en el manejo de la información y sin rigor en el uso de las fuentes, el periodismo deja de ser un servicio a la sociedad y se convierte en un simple instrumento para la propaganda de iniciativas gubernamentales o de intereses privados.

Los comunicadores sociales y los periodistas aprenden en las universidades que la ética periodística no es un adorno teórico ni un código que se consulta solo en casos extremos. Al contrario, es una guía cotidiana y permanente para la toma de decisiones: qué se publica, cómo se publica, con qué fuentes y con qué intención. Informar únicamente desde fuentes oficiales, sin contrastarlas ni interrogarlas, es una de las prácticas más dañinas que se han vuelto comunes. 

Las fuentes oficiales son necesarias, pero no las únicas. Además que representan una versión interesada de los hechos, constituyen una mirada que busca preservar o conseguir poder, imagen o control del relato. El deber del periodista no es amplificar esa versión, sino someterla a la confrontación mediante variadas fuentes, inclusive aquellas que podrían tener una idea contraria.

Corroborar la información es una obligación básica, no una opción. Sin embargo, ya sea porque se vende la información como si fuera una mercancía, o por la competencia y la comodidad, esta práctica esencial cada vez se cumple menos. Una información mercantilizada, o incompleta, o falsa, no se repara con una rectificación que casi nadie lee. La verificación y la honestidad son el corazón del periodismo, pero su abandono abre la puerta a la manipulación, al rumor y a la mentira.

Enfrentar y confrontar a las fuentes es otro pilar que se ha debilitado. Demasiadas entrevistas se han convertido en monólogos amables, en espacios donde el poder habla sin ser interpelado. Preguntar con firmeza, insistir, pedir pruebas, contrastar datos, incomodar cuando es necesario: eso también es ética. No se trata de hostilidad ni de protagonismo del periodista, sino de respeto a la audiencia. 

El uso equilibrado de las fuentes es igualmente decisivo. Un periodismo responsable no se conforma con una sola voz, ni siquiera cuando esa voz parece autorizada. Busca otras miradas, incorpora a los afectados directos, consulta expertos independientes, revisa antecedentes y contexto. El equilibrio no significa dar el mismo peso a la verdad y a la mentira, sino ofrecer una visión amplia y justa de los hechos, evitando que una narrativa única se imponga sin resistencia.

Particularmente grave es la práctica de informar a cambio de pagos o beneficios. Quien lo hace cruza una línea ética que compromete todo el ejercicio profesional. La audiencia tiene derecho a saber si una información responde a criterios periodísticos o a intereses económicos o políticos. La publicidad encubierta y el contenido disfrazado de noticia son formas de engaño que dañan a todo el ecosistema informativo.

Recuperar un periodismo con responsabilidad social implica recordar que el destinatario final del trabajo periodístico no es la fuente, ni el anunciante, ni el gobierno, ni siquiera el medio como empresa, sino la ciudadanía. El periodismo existe para servir al interés general, para aportar información que permita a las personas comprender su realidad y tomar decisiones libres e informadas.

El periodismo está en crisis, pero aún tiene la oportunidad de recuperar el camino. En un mundo plagado de información, el verdadero valor del periodismo está en la credibilidad. Y esa credibilidad solo se sostiene con ética, responsabilidad social y honestidad en el ejercicio profesional.

* Docente universitario

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