Por: Carlos Humberto Gómez – IG: @chgomezc
Durante tres días nos internamos en la ruralidad profunda de Sonsón, El Carmen de Viboral y Cocorná, siguiendo la huella de un proyecto liderado por la Corporación Masbosques. La travesía comenzó en la vía principal de Sonsón y, desde allí, el asfalto fue cediendo ante la piedra, el barro, la niebla y el silencio; fue entonces cuando el trekking adquirió sentido, no como una caminata más, sino como una experiencia de encuentro con el territorio y sus comunidades.
Las recomendaciones dejaban claro que la travesía no sería menor. Junto a mi colega Juan Sebastián Vanegas, camarógrafo del canal Safari TV, habíamos sido advertidos: buena actitud, botas con buen agarre, impermeable y plena disposición para caminar largos trayectos en medio de la humedad. Era indispensable llevar hidratación, algo de comida ligera, ropa adecuada y de cambio, protección solar y contra insectos, linterna y los elementos personales básicos. Todo anunciaba una experiencia exigente, de esas que reclaman preparación y ánimo firme desde el primer paso.

Cruzamos veredas, escuchamos historias que aún duelen y a campesinos que decidieron quedarse y reconstruirse. Rio Verde de los Henao está ubicado al noreste de la cabecera municipal de Sonsón. Limita al norte con el municipio de El Carmen de Viboral, al oriente y al sur con el corregimiento Río Verde de los Montes y al occidente con las veredas Nori, Manzanares Centro y Manzanares Arriba. Esta zona rural está integrada por las veredas La Torre, El Popal, El Cedro, El Surrumbal y El Salado.
Descendimos del páramo por la vereda Norí, y empezamos a internarnos en el bosque de niebla. Bromelias, cardos, sarros, musgos, helechos y orquídeas colgaban de la montaña que sólo respiraba verde. Las peñas aparecían entre la bruma dejando caer hilos de agua que más abajo se convertirían en quebradas tributarias del río Verde y, finalmente, del río Melcocho.
Todo es bajada, decía Jennifer Arbeláez, profesional en compensaciones de reducción de Gases Efecto Invernadero, GEI y una de las coordinadoras del proyecto. El bosque es muy denso, pero también tránsito entre ecosistemas, del frío de altura a climas más templados donde ya asoman cafetales, plátano y caña. En ese descenso se entiende la riqueza hídrica de la zona, quebrada Santa Ana, Las Palomas, Pisquín, Cariaño y los ríos Verde y Manizales, afluentes que cruzan caminos pedregosos y enlodados, desafiando cada paso. Entramos a la vereda El Popal, Surrumbal y La Torre.
El proyecto que nos convocaba tenía un nombre sencillo y profundo: ciencia participativa. Era una intervención conjunta, un intercambio. “Ellos nos enseñaban qué especies habitaban el territorio; nosotros aportábamos los nombres científicos, las familias, la clasificación. Así se hacía el diálogo”, explicó Jennifer mientras señalaba el bosque denso que protege más de 2.000 hectáreas en conservación dentro del esquema que coordina en Rio Verde de los Henao.
La región fue escogida por su lejanía —pocos datos de biodiversidad, ecosistemas que descienden desde el Páramo de Sonsón hasta climas más cálidos— y por la cohesión social de sus habitantes. “Porque no se puede proteger lo que no se conoce”, según se nos insistió en repetidas ocasiones. Y porque aquí las familias ya venían vinculadas a esquemas de conservación como Banco2, decidiendo que quedarse en el territorio también es una decisión de preservación.

Cruzamos caminos abiertos por la comunidad hace menos de una década, transitamos senderos ancestrales empedrados con paciencia campesina, y sentimos cómo el frío se paga en la piel cuando el agua de la ducha, recién nacida de la montaña, despierta el cuerpo al amanecer.
Aquí casi todo se produce. De afuera llegan el arroz, la sal, el aceite y los jabones. Lo demás nace de la tierra.
El acceso al territorio no siempre fue posible. Hace unos ocho años la vía no existía, desde entonces comenzaron a abrir la vía desde el páramo de Norí hasta la zona baja. El proceso tomó dos o tres años, con aportes del municipio y trabajo comunitario. Hoy, el tractor —conducido por Jeifer— es su medio de transporte. Baja mercado, abonos, materiales y pasajeros los jueves, viernes y sábado. El resto de días depende de quién lo requiera. Sin esa máquina, la movilidad sería casi imposible, dice. Hoy, el tractor conecta con la “escalera” en el sector Páramo, de la vereda Norí, permitiendo el transbordo hacia el pueblo.
La primera noche nos recibió en la vereda Surrumbal, sector La Playa. Allí encontramos alojamiento, cena y el descanso que el cuerpo ya empezaba a reclamar, después de más de diez horas acumuladas entre camionetas, tractor y largas caminatas.

Fotos: El mural y sus creadores “Chicho” y Natalia, este proyecto le dejó a la comunidad educativa el reflejo de sus ecosistemas.
¿Ciencia participativa?

Foto: Estudiantes de esta comunidad recibieron formación por parte de Masbosques
Este proyecto se concentró en la escuela rural adscrita a la Institución Educativa Braulio Mejía de Sonsón. Allí estudian 14 niños bajo el modelo de Escuela Nueva, nueve en primaria y cinco en posprimaria. Dos docentes orientan todas las áreas. Los computadores están un tanto desactualizados. No hay buena señal de celular. El internet es inestable. “hacemos lo que podemos para que ellos aprendan, utilicen las herramientas que tienen a la mano para aprender”, dice, Yenifer Paola Correa Hernández, docente llegada desde Bogotá hace dos años, reconoce que su vida cambió aquí. “En la ciudad uno está alejado de la realidad del resto del país. Aquí se aprende a valorar”, dice. Participó con sus estudiantes en el monitoreo de flora y fauna. Niños que conocían las plantas por su nombre popular ahora aprendían su clasificación científica. Descubrieron el valor de las especies que siempre habían visto como parte del paisaje.

Foto:Comunidad educativa, beneficiaria del proyecto ciencia participativa con funcionarios de Masbosques
El proceso culminó con un mural naturalista en la fachada de la escuela, liderado por el biólogo y artista Juan David Cano —“Chicho”— y la muralista Natalia Uribe, egresada de la Universidad de Antioquia, plasmaron especies seleccionadas por la comunidad. No hay pandas ni leones. Nada exótico. Nada importado. Solo la fauna y flora del territorio. Mientras pintaban una variedad de ave, “el cacique candela”, con su atractivo y colorido vientre rojo, dos ejemplares se posaron cerca. Una mariposa, no prevista en el diseño, llegó el primer día y terminó inmortalizada en el muro.
Los estudiantes lo dicen con palabras sencillas. Elisenia, de grado 11, habla de cadenas alimenticias y del rol de cada especie. Karen, concejalita, insiste en no talar árboles ni matar animales. Sebastián pide conservarlas “para que siga siendo Río Verde con la misma alegría”. Sussi sonríe cuando habla del sapo y otros animalitos que ahora reconoce como parte de su entorno.
La ciencia participativa no fue solo levantar datos. Fue dignificar el saber campesino. “Por primera vez sentimos que éramos protagonistas”, le dijeron a Jennifer. Y ese reconocimiento es tan importante como cualquier inventario biológico.
Desde la vereda El Salado, en el corregimiento Río Verde de los Henao, María Eslinda Ossa López hizo parte del monitoreo comunitario y acompañó la instalación de cámaras trampa en distintos puntos del corregimiento, experiencia que asegura, fue reveladora. Registraron conejos, guaguas, tayras, armadillos de nueve bandas, cusumbos de páramo y colibríes ermitaños verdes, entre otras especies que muchos no habían visto nunca. Sin embargo, considera que el ejercicio apenas comienza. Las cámaras estuvieron instaladas entre quince días y un mes antes de rotarse, la comunidad propone dejarlas por más tiempo para ampliar el inventario y conocer mejor qué otras especies habitan el corregimiento.
Desde su liderazgo, Eslinda ve en este tipo de intervenciones una oportunidad para fortalecer el conocimiento local y consolidar una cultura de conservación que nazca desde la escuela y se extienda a cada familia del territorio.

Fotos: Caterine y Elián, hermanitos que se desplazan todos los días hacia su escuela a más de una hora de camino; la profe Yenifer Paola compartió las bondades del proyecto de Masbosques y las cámaras trampa útiles para identificar nuevas especies.
Las historias de resiliencia

Foto:Las caminatas siempre se cruzan con los ríos que abundan en esta zona.
Nuestra ubicación para descansar el segundo día, en el corazón donde los ríos se vuelven vida aguas abajo. Por acá también el rio Verde lleva su propia historia, los campesinos la viven y la respetan.
Río Verde de los Henao no es solo paisaje. Es memoria. Y esa memoria tiene nombre propio en mujeres como Aidé Elena Ossa Orozco. En 2006, el 9 de diciembre, la guerrilla desapareció a su esposo, siete meses después lo encontraron enterrado cerca de la finca. Su hijo Sebastián apenas tenía cinco años. “Uno mientras está riéndose no se acuerda de Dios; cuando pasa algo así, se entrega”, dice con serenidad sin ocultar su herida.
El desplazamiento fue inevitable. Casa abandonada. Madera quemada por quienes ocuparon la vivienda. Miedo constante. Pero regresó. Cuando la violencia empezó a ceder, volvió a la vereda. La comunidad quiso que fuera beneficiaria de un proyecto de conservación. Desde entonces recibe un incentivo que le permitió sostener el estudio de su hijo y reconstruir su vida.

Hoy es secretaria de la Junta de Acción Comunal. La ví dibujarle a un grupo médico el mapa veredal, casa a casa, familia por familia. Se conoce cada rincón del corregimiento porque desde niña participó en censos y recorridos por zonas que limitan con Montebello y la vereda el Porvenir. Lidera, gestiona, insiste. Y junto a otras siete familias impulsa proyectos de ecoturismo y producción orgánica.
Nos ofrece mazamorra pilada en pilón, arepas hechas allí mismo, café artesanal tostado en paila, aguapanela de trapiche comunitario. Un manjar hecho a mano. Producen sus propios alimentos, queso, frijol, chocolate, yuca, dulce de guayaba, arequipe y hasta su propio licor la “Tapetusa”.
Donde antes hubo campamentos armados, hoy hay senderos turísticos.

Con recursos de proyectos apoyados por Cornare y presupuesto participativo construyeron dos cabañas para cuatro personas cada una, kioscos, señalización y rutas hacia cascadas y charcos. El turismo puede hacerse en mula, caminando o en tractor. Hay guías locales. Hay arrieros. Hay experiencias.
La ruta del café es una de ellas. Aidé la explica: coger el grano rojo, lavarlo, secarlo, trillarlo en el pilón donde se pila la mazamorra, ventearlo, tostarlo en paila con punto exacto —ni quemado ni crudo— y molerlo caliente antes de empacarlo. “Cuando tomen ese tinto, sepan por todo lo que pasó”, dice. Producen entre 30 y 40 kilos mensuales. También elaboran panela orgánica en trapiches movidos por agua, no por combustible. La venden en grano o pulverizada. Todo para sostener a las familias, precisa.
En Río Verde el ecoturismo no tiene una sola forma, se puede recorrer a pie, a lomo de mula o en tractor, según la capacidad y el gusto del visitante. Si alguien prefiere descender en vehículo, se coordina el servicio con el tractor comunitario; si opta por la experiencia tradicional, hay arrieros con sus mulas; y para quienes quieren caminar, cuentan con guías locales que acompañan la travesía durante toda la jornada. La orientación tiene un valor diario acordado y la alimentación y el alojamiento se organizan directamente con las familias, con tarifas definidas para desayuno, almuerzo, comida y hospedaje.

Fotos: Mazamorra, dulce de guayaba y arequipe parte de la oferta local; las mulas listas para el recorrido y la profe Ángela, emprendedora comunitaria.
El recorrido puede hacerse en uno u otro sentido: desde el páramo hacia el cañón o en ascenso, dependiendo del plan del visitante. Entre las rutas disponibles está la de Santana, por la vía antigua que sube al páramo; y el camino Murringo, un sendero amplio, empedrado y con palizadas construidas por los antiguos pobladores, que aún se conserva gracias al cuidado comunitario.
Las experiencias no se limitan a caminar. Hay ruta panelera y ruta del café; visitas a charcos y cascadas; pesca artesanal en río —no en lago— donde se puede lanzar el anzuelo en busca de especies nativas como la sabaleta; participación en la recolección, despulpado y secado del café; aprendizaje sobre el proceso de la caña y la panela; ordeño de vacas, recolección de huevos o incluso apoyo en el cuidado de cerdos y otros animales de granja.

Foto: Las tortas de choclo y los chorizos, parte de la oferta gastronómica del lugar.
se mueve principalmente por recomendación y contacto directo —incluidas iniciativas como “Senderismo El Manantial”— una estrategia digital consolidada en instragram. Y hay un detalle que Aidé subraya con orgullo: casi todo lo que se ofrece al visitante se produce allí mismo. Las arepas, la natilla de maíz, los tamales, el pan de queso hecho con mantequilla de la vaca, los dulces tradicionales.
Antes de iniciar el último día de recorrido, la despedida es desde la vereda La Torre. Ángela María Montoya, docente del corregimiento Río Verde de los Henao, compartió su mensaje no solo como educadora, sino como impulsora de una iniciativa comunitaria. Además de su labor en el aula, lidera el proyecto Ecoturístico El Manantial, una propuesta de experiencias rurales para la conservación. Hace una invitación: recorrer la ruta de la panela, la ruta del café, visitar charcos y cascadas, realizar avistamiento de aves y conocer el territorio desde una perspectiva responsable. “Aquí hay mucho por hacer”, señaló, extendiendo la invitación a quienes buscan un contacto directo con la naturaleza.
Al cierre de la visita, Aidé Elena Ossa Orozco, secretaria de la Junta de Acción Comunal de la vereda, reiteró el compromiso comunitario con el turismo sostenible. Explicó que disfruta atender a los visitantes, relatar su historia y acompañar los recorridos que muestran el proceso de conservación y transformación del territorio. La propuesta incluye el cuidado de las fuentes hídricas, el respeto por la fauna, el avistamiento de aves y la experiencia del café orgánico y la caña panelera, además de recorridos a charcos, cascadas y pesca artesanal en río.
La invitación, coincidieron ambas lideresas, es a conocer este “paraíso escondido” desde el respeto por el entorno y la disposición a caminarlo con conciencia.

Fotos: El Tractor, talvez único medio de transporte en Río verde de los Henao; la identidad cultural del campo y la tapetusa, aguardiente artesanal ancestral.
La ruta de los arrieros

El recorrido nos llevó luego hacia el Cañón del río Melcocho, de la vereda La Torre en el pie de la montaña aún en Sonsón, cruzando en escalpado ascenso hacia la vereda El Porvenir y La Cristalina jurisdicción de El Carmen de Viboral; Santa Rita, El Roblal y El Retiro de Cocorná, que conecta con San Francisco. El sendero estrecho. El bosque se vuelve denso. Las aguas son cristalinas y frías. El cañón impone respeto. Allí, otra oferta del turismo consciente empieza a abrirse camino, aún de forma incipiente, pero con comunidades capacitadas y decididas a hacerlo sostenible.
Al cierre de la travesía, Sandra Duque Martínez, subdirectora de Masbosques, resumía la experiencia con una frase sencilla: “Nos vamos con el corazón lleno”. La comunidad quiere seguir aprendiendo, seguir vinculándose, seguir conservando. No es una intervención pasajera. Es un proceso que siembra. Porque esta travesía no fue solo geográfica. Fue un viaje por la resiliencia campesina, por la memoria herida que decidió transformarse en conservación, por la dignidad de comunidades que defienden sus caminos ancestrales y sus tradiciones.

Foto:Sandra Duque Martínez, subdirectora Corporación Masbosques
Y puntualiza, esta es solo una muestra del trabajo que la Corporación adelanta en distintos territorios. Señaló que mantiene una presencia constante en campo y que cada intervención busca construirse de la mano de las comunidades. “Masbosques siempre entrega el alma en todo lo que hace. Somos una organización donde las personas amamos lo que hacemos y damos la milla extra”, afirmó, al destacar que el acompañamiento no se limita a ejecutar proyectos, sino a compartir procesos y aprendizajes en el territorio.
Sobre Río Verde de los Henao, subrayó que se trata de una zona estratégica por su riqueza natural, por la extensión de bosques en conservación y por el compromiso de sus habitantes. Indicó que el valor del proceso radica tanto en la biodiversidad como en la disposición comunitaria para participar activamente en iniciativas de conservación. “Aquí estamos viviendo las experiencias junto a las comunidades y trabajando de la mano con ellas”, concluyó.
Regresamos por la autopista después de descender desde los 2.850 metros S.N.M. hasta el punto de encuentro con los vehículos en poco más de 800 metros S.N.M. El ruido volvió de golpe. El celular dejó su señal intermitente.
En Río Verde de los Henao y el Cañón del Melcocho comprendimos que la conservación no es un discurso. Es una decisión diaria de familias que resistieron la violencia, reconstruyeron sus casas, abrieron caminos con sus propias manos y hoy reciben turistas con café orgánico, panela pulverizada y relatos que tal vez no caben en la estadística. Junto a Natalia, Jenifer, Sneyther, Ana María, Liseth, Sandra, Deisy, Laura, Nancy, Mari Luz, Melissa, Sandy, Sebastián, entendimos que proteger el agua, el bosque y la vida silvestre también es una forma de dignificar el territorio y de narrarlo desde la esperanza.
Cruz Elisa: memoria y retorno

Foto:Cruz Elisa y su esposo Rigoberto, retornaron a su vereda.
En el corazón del Cañón del río Melcocho, en la vereda El Porvenir, nos encontramos con Cruz Elisa Buitrago, lideresa comunitaria a quien reconozco hace unos 16 años, en procesos vinculados a la visibilización de la defensa de este territorio y la conservación y al acompañamiento en algún momento junto a la Corporación Masbosques. El punto de encuentro fue el histórico caserío conocido como “Culo estrecho”, tradicional lugar de reunión de la comunidad y donde hoy funciona la cantina veredal. Allí, en medio de montañas que han sido testigo de transformaciones profundas, Cruz Elisa habló sin rodeos de lo que significaron los años de violencia y el exilio.
Durante más de una década vivió en España junto a su familia. Fueron 13 años marcados por la incertidumbre, la ausencia de garantías para regresar y una mezcla de aprendizajes y experiencias, muchas de ellas difíciles. “Queda mucho aprendizaje, muchas lecciones aprendidas, experiencias agradables y otras no tanto, pero sobre todo queda el amor por el territorio que prevalece y que nos obliga a regresar”, expresó. En un momento del exilio, confesó, la esperanza de volver parecía perdida; sin embargo, los relatos de quienes permanecieron en la zona que hablaban de mejores condiciones de seguridad, reavivaron la ilusión. En medio de una situación de salud compleja, tomó la decisión de regresar. Sus hijos volvieron con ella, aunque hoy están más tiempo en el viejo continente, tras haber crecido y cursado parte de su adolescencia lejos de casa.
El Porvenir hace parte de un entramado veredal que limita con La Cristalina, Santa Rita y sectores que conectan con La Unión, Abejorral, Cocorná y San Francisco, en una zona donde confluyen jurisdicciones y caminos que históricamente han articulado el territorio. En materia educativa, la vereda cuenta con grados de primaria y secundaria de Coredi, una niña en primaria y tres o cuatro estudiantes en secundaria, reflejo del cambio demográfico que vive el cañón.
Sobre la dinámica económica, Cruz Elisa explicó que el territorio ha experimentado una transformación significativa. La ganadería y la agricultura continúan, pero a menor escala. En la parte baja del cañón, el turismo ha ganado protagonismo y ha modificado la relación rural con los visitantes. Señala que hoy las familias viven en condiciones más estables y con mayores niveles de comodidad frente a décadas anteriores.
Sin embargo, advierte que la economía campesina “sostiene”, lo que explica por qué muchos jóvenes optan por formarse fuera y buscar oportunidades distintas. Algunos regresan, como el hijo del propietario de la cantina, recién graduado en veterinaria, quien proyecta emprender en la zona.
El liderazgo comunitario de Cruz Elisa también reconoce el surgimiento de emprendimientos de ecoturismo e iniciativas de investigación en flora y fauna, que buscan no solo atraer visitantes sino comprender mejor el entorno natural. “Es saber qué es lo que hay y qué es lo que nos ofrece este territorio”, señaló, insistiendo en que el cañón representa una oportunidad para quienes deciden dejar la comodidad urbana y conectarse con la naturaleza.
Años después del desplazamiento y el exilio, Cruz Elisa permanece en el territorio que eligió volver a habitar, junto a su esposo Rigoberto. Desde El Porvenir, su voz resume una convicción compartida por muchas familias del Cañón del Melcocho: quedarse, organizarse y proyectar el futuro desde la ruralidad es también una forma de resistencia y construcción colectiva.
Mejurjes

La sabiduría ancestral también quedó plasmada en este texto de la Corporación Masbosques. “Es el resultado de un camino compartido entre comunidades, sabedoras y sabedores, investigadores y equipo técnico, que decidieron encontrarse para reconocer que el conocimiento sobre las plantas, los remedios y los cuidados de la vida nace en los territorios rurales”, según expresa Jaime Andrés García, Director ejecutivo.
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