Por: Juan Andrés Valencia Arbeláez
Cuando el sol caía o la noche se hacía más densa en las montañas del cañón del Melcocho, una noticia corría rápidamente de boca en boca: una mujer estaba pronta a dar a luz. No importaba la hora ni las condiciones del clima, el llamado a la partera se hacía con urgencia. Sin dudarlo, la partera recogía sus implementos y, con pasos firmes, comenzaba su camino hacia la casa de la parturienta. Su andar tranquilo denotaba sabiduría y experiencia, sabiendo que la vida estaba por manifestarse, y con ella, el riesgo de lo inesperado.
Antes de salir, se aseguraba de llevar consigo todo lo necesario para recibir al recién nacido. A su lado cargaba una bolsa con recipientes para hervir agua y realizar vaporizaciones o «vahos» con mezclas de plantas medicinales. En su pequeña maleta nunca faltaban las hojas de cogollo de caña, la manzanilla y la canela, las cuales serían usadas tanto para aliviar a la madre, como para asegurar que el bebé llegara al mundo en condiciones óptimas.
En las horas previas, la madre había sido monitoreada y acompañada con infusiones de manzanilla y canela, ambas mezcladas con agua de panela para calmarla y prepararla. El cogollo de caña, una planta de uso extendido, también era ingerido durante el trabajo de parto para aliviar las molestias y dar energía a la madre en las fases más intensas de las contracciones.
Al llegar a la casa, la partera era recibida con aprecio y respeto, consciente de que su presencia era una garantía de vida. De inmediato pedía abundante cantidad de agua hervida, tanto fría como caliente. Sabía que el momento estaba cerca y que debía estar preparada. Las sábanas limpias y las ropas de cama estaban listas, así como los paños hervidos y esterilizados, que había enseñado a preparar a las familias. A su lado, no faltaba un recipiente con grasa de gallina, fundamental para los masajes que se aplicarían en los momentos clave.
El ambiente olía a hierbas. Mientras una infusión de salvia se preparaba para realizar vahos, la partera comenzaba a dar masajes en el abdomen de la madre con aceite de higuerilla, cuya textura resbalaba suavemente entre sus dedos. Con movimientos cuidadosos, iba acomodando al bebé dentro del vientre, guiada por una sabiduría ancestral. La presión de sus manos era firme pero delicada, ayudando a la madre a sobrellevar el dolor y asegurando que el bebé estuviera en la posición correcta para nacer.
En los pies de la madre, aplicaba plantillas: baños de agua tibia mezclada con alhucema o altamisa. Las mujeres sabían que estas plantas ayudan a liberar tensiones y a preparar el cuerpo para el esfuerzo final. El proceso no solo era físico; la partera también ofrecía una mano amiga, una escucha atenta, a quien la madre podía confiar sus temores.
Cuando las contracciones se intensificaban y el tiempo se acortaba, la partera ya tenía todo listo. Las tijeras, cuchillas de afeitar e hilos esterilizados estaban a la mano, en un paño blanco, como se había hecho durante generaciones. El calor del fuego cercano y el vapor de las plantas en el aire creaban una atmósfera cargada de energía, mientras la madre empujaba con todas sus fuerzas. Si el cuerpo lo requería, se estimulaba con un pequeño trago de vino, para calmar el nerviosismo y dar fuerza a los músculos.
Al recibir al bebé, lo frotaba con aceite de almendras y castor, y con manos expertas le aseguraba que el aire entrara por sus pulmones. Una vez cortado el cordón umbilical, envolvía al recién nacido en pañales de tela y ropa de bebé previamente calentada. El alivio llenaba la habitación. A la madre, aún exhausta, le ofrecía una taza de chocolate con canela, una tradición para restaurar su energía tras el parto.
El trabajo no terminaba ahí. Una vez expelida la placenta, la partera la trataba con ceniza antes de enterrarla, siguiendo un antiguo ritual que honraba el ciclo de la vida. Era un acto simbólico que conectaba a las mujeres con la tierra, la misma tierra que las había visto nacer.
Con el bebé seguro y la madre a salvo, la partera recogía sus cosas, siempre con discreción, como si el milagro de la vida fuera un evento cotidiano. Dejaba tras de sí una familia agradecida y una vida más en la comunidad. Y, al igual que había llegado, se iba silenciosamente, sabiendo que la próxima llamada podría llegar en cualquier momento, siempre lista para dar luz a la vida con su sabiduría ancestral.
La sabiduría en peligro de extinción
La anterior crónica es un ejemplo sobre la partería campesina en Colombia, concretamente en la vereda El Porvenir de El Carmen de Viboral. Este conocimiento es un patrimonio en peligro de desaparecer, en palabras de Yoly Bileny Orozco, quien presentó el proyecto «Dar Luz a La Memoria: Rescate de la Memoria de la Partería en la vereda El Porvenir, El Carmen de Viboral», y que fue ganador de la 7 versión del Programa Municipal de Estímulos de Proyección y Creación, año 2022, este conocimiento «no era un conocimiento ambiguo, pero sí una sabiduría heredada». Las parteras utilizaban plantas, masajes y movimientos para acompañar a las mujeres embarazadas, no solo en lo físico, sino también en lo emocional, convirtiéndose en confidentes y guías durante todo el proceso gestacional.
A lo largo del siglo XX, la partería en las veredas del Carmen de Viboral fue vital para la supervivencia de muchas familias. La labor de las parteras no sólo consistía en asistir a los nacimientos, sino también en ofrecer apoyo emocional y psicológico a las gestantes. Muchas veces, eran las únicas figuras a las que las mujeres podían acudir en busca de ayuda. Como relata Orozco, “ellas estaban ahí, no importaba la hora ni las condiciones, para salvar vidas».
Este acompañamiento en los momentos más cruciales de la vida también fue un acto de resistencia. En épocas de guerra y enfrentamientos armados, las parteras seguían su labor, a veces arriesgando sus propias vidas. En una de las historias que recoge el proyecto Dar Luz a la Memoria, una mujer dio a luz en medio de un conflicto armado, sin la asistencia de la partera debido a los enfrentamientos. A pesar de las circunstancias extremas, la mujer logró sobrevivir y huir con su recién nacido al día siguiente.
El legado silenciado
Una de las grandes dificultades para mantener vivo el conocimiento de la partería campesina es la falta de reconocimiento oficial. Mientras que la partería afrodescendiente e indígena ha ganado mayor visibilidad a nivel nacional, el legado de las parteras campesinas sigue silenciado, relegado a la oralidad. Orozco enfatiza cómo este conocimiento “ha quedado muy silenciado”, y cómo las parteras, aunque fueron heroínas anónimas, rara vez recibieron el reconocimiento que merecían.
El proyecto de Orozco buscó precisamente darle voz a estas historias ocultas. A través de entrevistas con los habitantes de la vereda El Porvenir, se logró documentar los nombres y experiencias de parteras que trabajaron en la zona entre 1940 y 2007. Estas mujeres, algunas de ellas aún vivas, continúan siendo las guardianas de un conocimiento invaluable, aunque en muchos casos ya son adultas mayores, con pocas personas interesadas en continuar su legado.
Yoly Orozco también le ha dado continuidad al mismo, presentándose en versiones posteriores a otras convocatorias, y profundizando aún más. Por ejemplo, para 2023 se desarrolló una obra de teatro con mujeres de esta zona de El Carmen de Viboral, titulada “Mujeres Guardianas de Vida en el Cañón del Río Melcocho”.
La partería como acto de comunidad
La partería no solo consistía en asistir el parto. Como relata Orozco, las parteras “acompañaban a las embarazadas durante los nueve meses”, ofreciendo monitoreos constantes y apoyo emocional. Su labor iba más allá de lo médico, y se extendía al cuidado integral de las gestantes. Eran figuras centrales en las comunidades, y su trabajo se hacía en medio de condiciones de pobreza, violencia y falta de recursos.
Las parteras también fueron testigos y participantes de momentos profundamente emotivos. En una historia compartida por Orozco, una mujer recuerda cómo, a pesar de la enorme responsabilidad que tenían, “nacer un hijo siempre era una forma de dar gracias y de estar contentas”. Para estas mujeres, ver a las madres y sus hijos sobrevivir era motivo de celebración, en medio de un contexto donde las probabilidades estaban en contra.

