Silla, espada y valor: Una luz en la recuperación

Sebastián Berrío se ha convertido en ejemplo de resiliencia y tesón, que encontró en la esgrima, su familia, y su pasión; un apoyo y confort clave para salir adelante de una grave lesión.

Por: José Miguel Torres Vahos

La cabina del Airbus 320 de LATAM está fría, el fuselaje de la aeronave protege de los helados aires de la madrugada, y en el pasillo, ya están colocando las maletas en los compartimentos superiores, los habitantes del enorme pájaro de metal. En las montañas aledañas al aeropuerto Jose María Córdova, una inmensa oscuridad se alza; oscuridad, que promete con acabarse antes de llegar a la capital, y que es brevemente interrumpida por las luces de los primeros aviones que aterrizan en un nuevo día de operación.

Sebastián ya está en su asiento, trae consigo una chaqueta y sudadera verde con blanco que llama fuertemente la atención entre tantos abrigos oscuros que pasan a un costado. Hay nerviosismo en el ambiente, es la primera competencia del carmelitano, y no es para menos, está a un día de participar en el 1er Selectivo Nacional de Esgrima en Silla de Ruedas, en Bogotá. La puerta acaba de cerrarse, y ya no hay marcha atrás

– Le extendemos un saludo especial a los deportistas de la Liga Antioqueña de Esgrima… – Interrumpe el piloto los pensamientos de Sebas – Esperamos que les vaya muy bien. Y mucha suerte en la competencia –

Todas las miradas de quienes estaban alrededor, y de quienes identificaron a aquel hombre con los colores de Antioquia, se dirigieron a él. Era curioso, Sebastián era el único deportista en la multitud, y todo el discurso iba dirigido a él, que, sumado a las miradas y comentarios de aliento de sus vecinos de silla; apoyo de entrenadores, familia, y el unisonó “¡Duro Antioquia!” le dieron el “punch” anímico necesario, para al día siguiente, ser una cámara la que le enfocara sonriendo con la presea del triunfo en su cuello.

La vida en dos

Sebastián Berrío Orozco se mudó a los 7 años al municipio del Carmen del Viboral, proveniente de Doradal. Se mueve de aquí para allá, le reconocen constantemente, condición que provoca que cuando está en algún lugar compartiendo con amigos, o, tomándose los «guaritos» en el parque, tenga que saludar y después proseguir con la conversación.

Sebastián goza de nociones y experiencia en los deportes de combate; a las artes marciales mixtas les fue dedicada semanas de entreno, sudor, y un intrínseco grado de competitividad. Es el mayor de dos hermanos, y no oculta su pasión por los equinos; pasión que se ha convertido en su proyecto profesional, y en tinta que ahora dibuja su piel. Sus proyectos, su pregrado en zootecnia de la UNAD, y demás ambiciones personales, no veían ningún obstáculo para culminarse; hasta ese 4 de octubre de 2016, en el que su propia vida, pudo haber finalizado.

Una motocicleta se abría paso entre la noche. El destino, el Carmen; el origen, Rionegro. Haciendo las veces de parrillero se encontraba Sebastián, que junto a Sergio Salazar, su mejor amigo, regresaban luego de compartir un rato entre amigos en un taller ubicado en el sector de La Pola. Ambos estaban cerca de llegar, unos 3 kilómetros los separaba de su hogar, cuando al llegar a la curva frente a la empresa de Mundo limpio, lo que estaba destinado a ocurrir ese día, sucedió. 

La llanta trasera de la moto reventó; la perdida súbita del control del vehículo arrojó a los dos amigos con violencia sobre una canaleta al lateral de la vía.

Los quejidos de Sergio, la motocicleta a un lado, y una persona con carpa amarilla tratando de socorrerlos, era lo que los consternados sentidos de Sebastián conseguían retener.

— ¡Quédate conmigo! ¡Quédate conmigo! Ya vienen por ti— Le decía el hombre desconocido con el impermeable amarillo. “Nos accidentamos”, concluyó Sebastián en medio de la conmoción. Los lamentos de su mejor amigo se percibían a lo lejos, y la cualidad analgésica del estado de shock no le permitía sentir dolor; por lo que recostó la cabeza de nuevo al húmedo y frío suelo, llevando la mirada a la inmensidad del cielo, y enmarcando el comienzo de un duro capítulo en su vida.

Una amputación traumática parcial del pie derecho era lo que concluía el personal médico de la ambulancia mientras regresaban a Rionegro. A toda velocidad se precipitaba el vehículo por donde minutos antes los dos amigos venían, con la diferencia de que el destino ya no era la casa de Sebastián, sino el hospital San Juan de Dios.

— No hermano, hay que amputar. Si quieren llamen ya ya a San Vicente, lo que este «man» necesita es un especialista cardiovascular.  

— Hola, buenas noches… sí, sí, sí, el está acá, tráiganlo tráiganlo

— Estás en el hospital San Vicente fundación, acabas de tener un accidente, colabórame con la siguiente información por favor: Nombre completo… Fecha de nacimiento… ¿A qué número podemos llamar?… Listo. Sebastián, mírate el pie.

Haciendo caso a las indicaciones del doctor, Sebastián encuentra que le falta un zapato; son nuevos, valieron demasiado, no puede ser que se haya extraviado. Tras mover la mirada hacia diferentes lados en busca de él, identifica que está a un costado; y un segundo después, ve como su pie permanece todavía dentro de este.

Sebastián Berrío significó la primera medalla de esgrima en silla de ruedas para Antioquia

 Foto Cortesía: Sebastián Berrío

Un cambio drástico

Adriana Berrío sale de casa, toma aire, necesita despejarse. Los gritos de su hijo le perforan el corazón, son desgarradores, se quiebran; no hay concreto que los contenga.

La recuperación se convierte sin lugar a duda en el proceso más duro de una lesión. La sesión de hoy: terapia de rehabilitación de la extensión articular de la rodilla derecha. Y un Sebastián que tras fallecer por algunos segundos, y practicarse 9 cirugías hasta el momento, encara un doloroso proceso para poder volver a caminar.

Han pasado algunos meses desde su accidente. La suerte ha jugado a su favor al quedar con bombeo de sangre a la extremidad semi amputada, y, además, por contar con un especialista vascular un lunes a medianoche.  En caso de que alguna de estas dos cuestiones no hubiera sucedido, Sebastián tendría que resignarse a perderlo todo del fémur hacía abajo.

Muchos familiares que no solía ver a menudo llegaron hasta El Carmen a visitarle, la familia de los Berrío es inmensa, reunir a los primos significaría irse a una finca con el riesgo de quedar estrechos. Dentro de todos ellos, Andrés, es tal vez, con quien más ha compartido.

Andrés es un profesional del deporte, apasionado de la esgrima, que en más de una ocasión le invitó a ir a clase cuando vivían en un apartamento en Medellín, y aunque aceptó y se acercó a la disciplina en un par de encuentros, nunca pensó en dedicarse a ello.

Andrés estuvo al pendiente de su primo en todo momento, le conmovió demasiado ver que con quien había vivido, viajado, y compartido tantas cosas, se encontraba en esa situación.

Cuando los fármacos y sedantes por fin daban un respiro a Sebastián los primeros días, los sentimientos de tristeza comenzaban a inundar su ser. “¿Qué será de mi ahora? ¿Me contrataran en algún trabajo? ¿Qué mujer se fijará en mí? ¿Podré volver montar a caballo?”.

A pesar de ser alguien fuerte, Sebastián tenía que permitirse sentirse mal en muchos días de su hospitalización. La familia buscaba subirle el ánimo de alguna manera, y su primo Andrés, le propuso algo que jamás se le había cruzado por la mente a Sebas.

¡En guardia!

— Attaque touch. 15-13. Combate, gana Emmanuel

— Bien, Sebastián, bien. Hay que pulir unas cositas, pero bien — dice Emmanuel Hoyos, profesor de la Liga Antioqueña de Esgrima mientras se retira la careta y se levanta de la silla Rimax que uso para estar de igual a igual con Sebastián.

Esgrima en silla de ruedas, quién lo diría, esa era la propuesta del primo Andrés.

Las noches en Medellín son frescas, los seiscientos metros de altitud que hay entre la capital de la montaña, y El Carmen, demarcan la delgada línea entre lo fresco, y lo frío.

Andrés terminó de dar clase hace poco, está hablando con unos colegas, cuando ve que el combate entre Emmanuel y Sebastián finalizó.

— ¿Entonces?  

— Yo creo que sí, puede ir a Bogotá. Sin embargo, hay que entrenar la parada

Sebastián se había llevado el visto bueno de los de la liga, era oficial, participaría en el próximo Nacional dispuesto a realizarse en mayo de 2017 en la capital.

Andrés hacía su carrera en profesional del deporte a la par que trabajaba en la Liga. Se acercaba la hora de decidir acerca de su trabajo de grado, y había muchos temas que abordar. Pero, inspirado en el contexto en el que mejor se desenvolvía, decidió hacerlo sobre la enseñanza de la práctica de la esgrima, con el detalle, de que lo abordaría desde la silla de ruedas.

En medio de la situación con su primo, y la elaboración su tesis, le fue imposible no ocurrírsele que podría ser una buena alternativa para ayudar a despejar la mente de su familiar la práctica del deporte.

En Antioquia no hay esgrimistas en silla de ruedas, por lo que adoptar el conocimiento fue todo un reto. Reto, que encaró yendo a competencias, charlando con demás entrenadores, y llevando equipo cada 8 días hasta El Carmen para entrenar con Sebastián; una experiencia que, si bien ambos conocían, nunca la habían vivido sin mover las piernas, y que sirvió cuando en el calendario de competencias nacionales apareció la primera en silla de ruedas, y Sebastián era el único deportista del departamento que calificaba para competir.

Los impulsos de Sebastián tenían memoria, eran traicioneros algunas veces. En más de una ocasión su cuerpo se fue hacia adelante con la intención de tocar al rival usando los pies. Había que mantener la cabeza centrada, asegurar el toque, porque no se podía ir hacia atrás. La punta de la hoja debía de colocarse donde era, la esgrima en silla de ruedas es rápida y estática, no hay lugar para los errores.

Sebastián Berrío (Bronce) y su primo Andrés Murillo en los XXI Juegos Nacionales Bolívar 2019.

 Foto Cortesía: Sebastián Berrío

Recuperación

—¡Antioquía, Antioquía, Antioquía! — Retumbó en los coliseos de Medellín, complejos deportivos de Bogotá, centros comerciales de Chía, y graderías en Cali.

Un preparador físico, un psicólogo, un entrenador, un nutricionista solo para él. “¿Qué te duele Sebas? ¡Vamos a ganar! ¡Tú puedes!”

Semejante bombardeo de apoyo reconfortó de alguna manera al carmelitano. Sanó su ser. Y tras su primer podio, en el Nacional de Bogotá, llamó la atención de diferentes medios que se interesaron por lo único y llamativo de su disciplina, y por la historia detrás de uno de los mejores del país en la modalidad paralímpica.

Ser recogido en el aeropuerto, atendido en hoteles, dar entrevistas, llamado en las fiestas de su municipio, lo llenó de cierta alegría propia de las competencias deportivas, esas, a las que siempre había querido ir.

Los resultados fueron mejorando cada vez más, repitió plata, se colgó el oro en el Nacional de 2018, y se estrenó con bronce en Juegos Nacionales 2019.

Sebastián Berrío (a la der.) En la versión paralímpica, cada deportista participa en al
menos dos modalidades.

Foto: Cortesía Sebastián Berrío

Recostado en el piso de casa, Sebastián vivió los momentos más duros de su vida. El dolor físico punzaba menos que los episodios de tristeza que afrontó.

Tras ser capaz de caminar meses después, despertó un montón de sensaciones las cuales dice abiertamente «fueron lo peor». A veces por hacer más, se termina haciendo menos. Y es que ser cordial y sensibilizarse con el otro, es muy diferente a sentir lastima. Sebastián tiene claro que ese es el sentimiento más duro de digerir, y que no lo quiere repetir.

Ahora las cosas han cambiado, un poco de cojera revela una gran historia de sí. Vive de sus pasiones: Los caballos, a los que tanto les debe en el proceso de rehabilitación. Regresó a la UNAD, y ha convertido el gimnasio en prioridad. Aunque disminuyó la intensidad de la práctica de la esgrima por pandemia, está dentro de sus planes retornar a las competencias.

Sebastián no se guarda nada, es abierto para quien le quiera escuchar, es amigable y habla las cosas como son. Los comentarios contra las personas de movilidad reducida ya los siente como propios. Sí la situación amerita una carcajada, la suelta sin más; aunque también proyecta la madurez que solo una historia de vida así puede dar.

La esgrima ayudó a Sebas con la parte emocional de su lesión. En sus ojos se puede ver la resiliencia, y los sentimientos de un episodio que, a pesar de que dejó consecuencias de por vida, ya está cerrando su fase traumática.

Sebastián se convierte en ejemplo de berraquera, ídolo deportivo, estandarte departamental, y orgullo familiar.  Y como él mismo lo dice: “Toca darle pa´ lante”. Porque la vida va muy rápido, y tocar estar centrados, porque el avión pronto aterrizará, y hay un objetivo nuevo por alcanzar.

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