Por: Alejandro Pérez
E-mail: perez14_@hotmail.com
Desde tiempos inmemoriales la modernidad ha traído consigo un precio a pagar.
Cuando los españoles se encontraron por casualidad estas tierras americanas, los pobladores “primitivos” pagaron con sangre la modernidad traída de Europa. Las hordas de “colonizadores” recorrieron todo el continente arrasando con cientos de años de cultura, creencias y tecnología, y trayendo una modernidad solapada que acá no tenía lugar, pero que al final de cuentas nos hizo lo que somos hoy.
Cuando la élite de Medellín quiso copiar lo visto en otras tierras, y empezó a llenar la ciudad de barrios prominentes, y construyó grandes obras, la ciudadanía se apropió de esos espacios y los tomó para menesteres alejados de lo que la élite quería, basta recordar los edificios Carré y Vásquez, que pretendían ser grandes centros del comercio y terminaron siendo alojadores de negocios de mala muerte.
En los tiempos actuales vemos cómo, para traer modernidad a las ciudades y municipios, sin pensar antes en pobladores —humanos y silvestres— están acabando con la poca paz que se podía encontrar en las tierras antioqueñas. Acaban, sin pensarlo dos veces, con montañas enteras para construir edificios de apartamentos. Arrasan bosques completos para hacer parcelaciones. Inundan las ciudades y municipios de hordas de nuevos habitantes sin pensar en lo que esto conlleva en cuanto a desarrollo social, uso de suelos y aguas. Construyen carreteras en el medio de ecosistemas que nunca volverán a ser iguales y reemplazan árboles por cemento.
Últimamente, en el municipio en el que vivo, los barrios residenciales se han visto afectados por el llamado “progreso”, por la tal modernidad que siempre ha sido nada más que intereses solapados de algunos. Nos hemos visto rodeados del tráfico pesado que pone en peligro a las personas que viven en estos barrios, no sólo peligro físico por un accidente desafortunado —como el que sucedió unos meses atrás cuando un vehículo pesado se llevó un poste de la luz, que sólo generó pérdidas materiales, pero que pudo ser peor—, sino también que afecta la salud física y la mental —que siempre se ha minimizado en este país, pero que es la más importante de todas—.
¿Es la salud —en todos sus ámbitos, en especial la mental— el precio que se debe pagar por la modernidad? ¿Estamos dispuestos a pagar ese precio? ¿Son los “dueños” de la modernidad conscientes de esto? De estas preguntas sólo puedo responder la última: Sí, son conscientes, y no les importa.
*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente

