Aquellos diciembres

Por: Jesús Gonzalo Martínez C.*

Los pueblos cargarán con los recuerdos con un sentimiento de nostalgia mientras haya quien haga memoria del curso de los tiempos y se detenga a detallar todo lo que representó magia y encanto, algo en lo que fue un versado el maestro Luis Emilio Gallego en esta ciudad de Rionegro; el afamado folklorista en sus escritos dejó plasmado aquel escenario de la cultura rionegrera con sus rasgos dominantes de costumbres y tradiciones y de aquellas expresiones parroquiales que marcaron singularidad y llamaron la atención de muchos colombianos que aquí llegaron para sentir en carne propia esas experiencias decembrinas.

Rasgos básicos del rionegrero lo fueron  su carácter festivo y su alegría contagiosa, expresiones éstas de  emotividad y de entusiasmo   con referencias en el lejano siglo XVIII cuando fue costumbre el encuentro parrandero al final del año tal como se cuenta de las familias que recibieron el beneficio de la libertad como acto deliberado de la señora Javiera Londoño; las euforias de su libertad y gratitud frente a quien se las había concedido las manifestaban al culminar el año con emotivos encuentros y celebraciones en la Plaza departiendo entre rezos, paganismo y actividades lúdicas y culturales.  En las biografías del prócer José María Córdova se cuenta que en la fiesta de fin de año padeció un accidente cuando fue lanzado contra una pared por su caballo, leal animal que entró en pánico al sentir de cerca los estruendos de la pólvora. Ese carácter festivo tenía ingredientes de religiosidad y patriotismo, dos valores que cruzaron los tiempos con gran frondosidad casi que, hasta finales del siglo XX, cuando sobrevino una gran transformación en la mentalidad local y muchas manifestaciones perdieron esa condición de privilegio que habían ostentado por cerca de dos siglos, lo que en la narrativa figuró como aquellos tiempos inolvidables.

Claro, Rionegro fue festivo, alegre y parrandero, y lo fue por temperamento y porque existían motivos para que así fuera. Las fiestas de fin de año fueron de encuentro, quizás  sea más apropiado decir que el encuentro de todos los que habían estado en otros confines durante todo el año fue el motivo de las fiestas; en esencia su razón fue religiosa, pero en sus entusiasmos de  una condición muy liberal y con ribetes paganos, sin que en ese mes la expresión comercial no ocupara importante renglón en la economía local y muchos artesanos  y comerciantes se llegaran a quedar con los crespos hechos frente a sus expectativas  porque en ese mes  se rompían las alcancías y el dinero circulaba; es menester recordar que el estrén era norma en las costumbres locales los días 25 de diciembre y primer día de enero y el poner la casa en orden un deber que muy pocos no atendían. Expresiones de religiosidad lo eran la noche de las velitas con rezos y rosario incluido, las novenas de navidad rigurosamente celebradas en familia, el pesebre como expresión de humildad recordando la humildad de la familia en cuyo seño nació Jesucristo, la consagración de los niños al cristianismo con el sacramento de la comunión el 25 de diciembre, y las consabidas misas de media noche “de gallo” en las que se reafirmaba el celoso cultivo de la fe al recordar aquellos tiempos de advenimiento; las noches del 24 y 31 de diciembre eran de espera y en el templo parroquial todos se daban cita para hacer sus votos de fe, mientras no faltaban quienes se ahogaran en el alcohol o experimentaran el carnaval que tenía lugar en la calle La Chirria. No es vago recuerdo que una expresión de los adultos lo eran la confesión y la comunión como actos espirituales para recibir el nuevo año. Las ollas eran a no más caber en buñuelos y empanadas, mientras las bateas de natilla se dejaban ver provocadoras en la mesa y desde luego que todo era en abundancia; la media noche tenía la magia de la almohada hasta donde llegaba el Niño Dios con su aguinaldo. ¡Ah tiempos de tanta espiritualidad, de tanto respeto a las instituciones, de tanto recogimiento y amor por la familia, de tantas miradas comprensivas y compasivas de aquellas que permanecían en condiciones de pobreza y marginalidad!

Todo acto y evento en aquellos diciembres gozaba del sentido de la unidad de la familia, de disciplina en las prácticas del dogma de la Iglesia, del valor de la solidaridad en el dar y el compartir, de buenas prácticas en las costumbres y las tradiciones.  Todo era abundancia, todo era generosidad, todo era perdón, todo era encuentro, todo era reconocimiento del otro. Así se entiende que la máxima expresión del humanismo de las gentes de Rionegro se experimentó en el último mes del año, justo el de la cosecha de los ideales propuestos y los fines trazados a lo largo de la faena de estudio y trabajo durante los demás meses del año.

El siempre bien recordado Guillermo “El Loko” Quintero, fue digno representante de ese carácter festivo, alegre y bullanguero, Rionegro contó con su presencia en las últimas celebraciones de las Fiestas de la Artesanía, las famosas fiestas pueblerinas que a partir de 1965 fueron fiel manifestación de las expresiones de la cultura de esta ciudad, realmente de un gran carácter participativo como fruto de un acuerdo social porque allí todos asumían un compromiso y se expresaban poniendo en escena lo más auténtico de la cultura en una estrecha relación de religiosidad, patriotismo, civismo, vocación y prácticas en costumbres y tradiciones. Aquellas fiestas eran de encuentro lúdico y de reconocimiento, pero también de evocación y exaltación de esa pasión por lo local. Así Rionegro compartió la media vaca que ordenó un alcalde y bailó, brincó y lloró con su entusiasta cantor del folklor colombiano. 

* Bibliotecólogo y escritor rionegrero.

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