El lugar de los recuerdos

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Por: Jesús Gonzalo Martínez C.* 

Los cambios en la sociedad rionegrera han transformado costumbres, tradiciones y formas de relacionarse con la memoria local, mientras algunas celebraciones y referentes históricos sobreviven entre la nostalgia y el olvido.

Los nuevos tiempos, o la misma existencia en las dinámicas socioculturales de los pueblos,  llegan con sus propios vientos, los vientos del cambio, los vientos que sin mucha dificultad se granjean un espacio dominante e impactan en forma contundente las conductas y mentalidad de las gentes, algo así como un proceso de ebullición que todo lo cambia en su forma y funcionalidad, en el caso de la conducta y pensamiento provocando modificación  de actitudes en los campos del relacionamiento, el comportamiento en los contextos socio-humanos y la lectura de los signos del territorio. 

Diríase, que las dinámicas humanas en el curso de los tiempos provocan modificaciones en los códigos de la civilidad, la moral y el civismo y significativas alteraciones en la percepción y valoración de los equipamientos de la comunidad, de manera tal, que también se produce una transformación en la mentalidad respecto de los medios y condiciones para gestionar la satisfacción de las necesidades sociales, culturales, de salud, educación y bienestar. 

Por el sentido mismo de la existencia la ebullición de los entornos socio-humanos da lugar a condiciones a partir de las cuales se forjan nuevas realidades, las inevitables del hoy y las imprescindibles de los deseos y aspiraciones de mejores condiciones para la vida; tal parece que allí tiene comienzo la mentalidad del olvido, o la facultad de discernir sobre el valor útil de algo, o de su poca importancia para la ruta trazada en la realidad del presente. Si bien no se desconoce la importancia de muchos hechos y sucesos del pasado, un tanto se desestiman por no hallarles espacio en los esfuerzos desplegados para la navegación en las condiciones de esas nuevas realidades.

Mucho se puede lamentar aquello de que Rionegro ya no es el conjunto socio-humano con finas y definidas características en costumbres y tradiciones, de férreos apegos a la memoria de ese pasado histórico de heroísmo y gloria de sus hijos, de esmerada contemplación y valoración de los atributos de su entorno natural y del alto sentido humanístico  de sus hijos y moradores  enaltecidos por su  lealtad en la práctica de  valores morales, religiosos, patrióticos y  cívicos; pero el presente es esa nueva realidad de alguna manera opuesta a la sociedad tradicional que por cerca de dos siglos privilegió  lo local haciendo de ello un mundo,  el de las particularidades, de los elementos de superior importancia, de los hechos dadores de orgullo y reconocimiento. Esos muros de lo local se han desmoronado y ha tomado asidero el concepto de lugar privilegiado para la vida por el reflejo de todo cuanto el hombre aspira para la dignificación de su existencia, el desarrollo de su personalidad y el usufructo de las oportunidades para alcanzar sus sueños e ideales.

A pesar de esa nueva realidad en la que no tienen peso la historia, las costumbres y tradiciones, aún es permitido que algunos recuerdos sean motivo de manifiestas nostalgias o de pequeños rescoldos en los que aún arde ese rionegrerismo que fue valor del que se sintieron orgullosas muchas generaciones, con elementos, hechos y personajes que le dieron sentido a muchas fechas del calendario o mantuvieron un posicionamiento como esencia de la identidad local. Septiembre, por ejemplo, en el reciente pasado tuvo un carácter festivo, lo fue en lo religioso y lo fue en lo histórico-patriótico; es el mes que trae a la recordación una fecha de un profundo sentido en la identidad local, tal vez de alguna manera aún vigente muy a pesar del impacto de esos cambios en la mentalidad  y en los mismos  contenidos de la cultura, mejor, de los aparentes nuevos rumbos de la sociedad rionegrera; esa fecha es el 8 de septiembre que nos recuerda que en el campo espiritual  la religión católica fue fundamento del proceso fundacional y su  valor característico a través de los tiempos,  es el día especial  de la Iglesia al conmemorar la Natividad de la Santísima Virgen María;  aunque en la  tradición religiosa el 8 de septiembre siempre se ha festejado religiosamente en torno a la Virgen del Rosario, tal celebración realmente corresponde al 7 de octubre.

El 8 de septiembre igual nos recuerda los valores del heroísmo, patriotismo y libertad; fue el día de nacimiento del prócer José María Córdova, quien frecuentaba encontrarse con su familia ese día con fuerte abrazo para celebrar religiosamente tres motivos: el milagro de su vida, la gratitud con su amada madre, y su dogma de fe en los cánones de la Iglesia Católica.

Esta sociedad de los afanes, las prioridades, los miedos, del hombre siempre sin tiempo y ahora de la robotización de la mente por los artefactos de la tecnología, nos priva de volver a sentir la magia de esos recuerdos, o de experimentar todo aquello de un carácter superior a nuestra capacidad para comprender la vida misma. Nos privamos de detenernos a reflexionar el feliz momento de manifestación del valor religioso y del recuerdo del nacimiento del prócer José María Córdova, el ícono de libertad y democracia.   

Desde principios del siglo XVII se conoce la celebración de la festividad de la Virgen del Rosario, evento que tomó la mayor importancia a partir del traslado de la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Arma de la vieja ciudad de Arma a ésta a finales de Agosto de 1784 con la complacencia del gobernador Francisco Silvestre y la acción directa del doctor José Joaquín González, cura parroquial, Don Felipe Villegas y Don Antonio de Leyva, alcalde de la ciudad. 

Los tiempos de aquellas euforias y festividades también van quedando en el pasado mientras las emotividades hoy tienen como razón asuntos triviales y de simple vanagloria. ¡Pobre identidad local condenada a narrativas del pasado!

* Bibliotecólogo y escritor rionegrero. 

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