No recuerdo una etapa de mi infancia o adolescencia sin perros en casa, crecí rodeado de su compañía. Estaban ahí cuando regresaba del colegio, cuando las cosas iban bien y también cuando la vida parecía más difícil, no importaba el día ni el estado de ánimo, siempre había alguien moviendo la cola al verme llegar.
Con el tiempo entendí que aquellos perros hicieron más por mí de lo que imaginaba. Me enseñaron sobre la compañía, la alegría de las cosas sencillas y esa forma de amor que no pide explicaciones ni condiciones. Estuvieron presentes en momentos importantes de mi vida y, aunque entonces no lo sabía, también contribuyeron a mi bienestar emocional.
Pero junto con esos recuerdos hay otros que todavía puedo evocar con claridad, las despedidas. Recuerdo el silencio que quedaba en la casa después de su muerte, recuerdo buscar, casi por costumbre, a quien ya no estaba, recuerdo la sensación de vacío y la tristeza profunda que aparecía durante días o semanas. Más de una vez pensé que no quería volver a tener un perro, no porque dejara de amarlos, sino porque despedirlos dolía demasiado.
Hoy, desde mi trabajo como psicólogo, me encuentro cada vez con más personas que llegan a consulta buscando acompañamiento para afrontar la muerte de un animal de compañía. Niños que pierden a su primer perro, jóvenes que despiden al gato que los acompañó durante toda su adolescencia, adultos mayores que enfrentan el vacío dejado por quien fue su principal compañía durante años.
Durante mucho tiempo la sociedad minimizó este tipo de duelos. Frases como “era solo un perro”, “puedes tener otro” o “hay cosas más importantes de qué preocuparse” siguen siendo frecuentes. Sin embargo, quienes han compartido parte de su vida con un animal saben que la realidad es distinta, los animales de compañía hacen parte de nuestras rutinas, celebran con nosotros sin saberlo, nos acompañan en los momentos difíciles y nos ofrecen una presencia constante, libre de juicios y condiciones.
Reconocer este duelo no significa exagerar la pérdida. Significa reconocer la importancia de los vínculos afectivos en nuestra vida, significa validar el dolor de quienes atraviesan una despedida difícil y comprender que el amor adopta muchas formas, incluida aquella que llega moviendo la cola o esperando en silencio junto a nosotros. “Los perros entran en nuestras vidas para enseñarnos sobre el amor; se van para enseñarnos sobre la pérdida”, escribió la autora Erica Jong.
Permitirse sentir tristeza sin juzgarse, hablar de la pérdida con personas de confianza, compartir recuerdos, conservar fotografías o realizar un pequeño ritual de despedida suelen ser formas saludables de honrar el vínculo. En el caso de los niños, es importante responder a sus preguntas con honestidad y permitir que expresen sus emociones libremente. También conviene recordar que cada persona tiene su propio ritmo para elaborar el duelo; no hay tiempos correctos ni incorrectos. Y si el dolor se vuelve muy intenso o interfiere de manera importante con la vida cotidiana, buscar apoyo profesional puede ser un acto de cuidado y amor hacia uno mismo.
* Psicólogo y Magíster en Educación
*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente.

