sábado, 31 de octubre de 2026 | 11:29 am

Encantos que se resisten a las ruinas (I)

La casa de Juan de Dios Aranzazu, antiguo Palacio Supremo del Gobierno de Antioquia, conserva entre sus muros la memoria de la independencia y del legado histórico de Rionegro.

Por: Jesús Gonzalo Martínez C.* 

En tiempos no muy remotos se tenía la creencia que toda casa vieja de tapia, tejas y cañabravas tenía sus guardados y muchos encantos, y la verdad que por tradición oral se contaba que en muchas de ellas hallaron valiosos elementos cuando en desgracia pasaron a engrosar la lista de las que entraron en ruinas y fueron demolidas; expertos hubo en los asuntos de la guaquería y a muchos de ellos se les contó como amasadores de riqueza por ese medio. Tal creencia, con una buena dosis de codicia, fue causa de muchas demoliciones de viejos caserones que daban forma al viejo Rionegro colonial, entre los que se contaban muchos que guardaban en sus espacios recuerdos y evidencias de los mejores pasajes de los hechos y personajes de la ciudad que le coqueteó a la gloria en el periodo de la independencia y que escribió bellas páginas de su hidalguía y señorío. 

Para desventura de la muy admirada y elogiada ciudad colonial de aquellos caserones de gran portón y contra portón, realmente muy pocos quedan en condiciones de admirar, lo que obliga a la resignación en ese asunto y a la aceptación, seguramente no de muy buen gusto, de una profunda transformación en el estilo de la arquitectura y las formas y usos de los espacios del común. Entre las pocas casas de tan particulares condiciones  que aún quedan,  se cuenta la casa del Presidente Juan de Dios Aranzazu González (encargado de la Presidencia de la República del 5 de julio de 1841 al 19 de mayo de 1842), heredada de su padre, el español José María de  Aranzazu, la que fue construida en la última década del siglo XVIII en la privilegiada esquina del costado norte del templo parroquial de San Nicolás y escogida en 1814 por Don Juan del Corral Alonso para el establecimiento del gobierno del Estado de Antioquia, el gobernante la denominó  Palacio Supremo del Gobierno de la República de Antioquia y en muy pocos días la llenó de contenido con sus acciones de gobierno, entre las que se destacaron: la liberación de esclavos, así, tocado por la muerte, no hubiera alcanzado a formalizar  la ley que afianzó el principio de libertad iniciado por doña Javiera Londoño, hecho ocurrido trece días después de su muerte;   el “Curso Militar del Cuerpo de Ingenieros de Antioquia”, o “Colegio de Ingenieros de Rionegro”, el que se concibió desde la idea de preparar oficiales de ingenieros como auxiliares de las tropas, y crear una escuela de oficiales combatientes; un tercer hecho, tal vez el más destacado, fue la creación de  La Maestranza de Rionegro, proyecto en el que participaron artesanos de Antioquia, Medellín y esta ciudad, tres poblaciones en las que se concentraban los intereses y esfuerzos por la consolidación del gobierno y estabilización de la provincia y en las que  también  tomaban forma unas pequeñas élites de comerciantes e intelectuales con aspiraciones de ascenso en el poder que empezaba a tener sentido.

Don Juan del Corral en escasos tres meses llenó aquella casa de contenido y magia, lo que alcanzó mayor relieve con su muerte, porque allí murió el 7 de abril de 1814 mientras la ciudad experimentaba el máximo recogimiento espiritual con motivo de la Semana Santa. Hasta el 28 de agosto de 1815 fue el augusto aposento del gobierno del Estado de Antioquia, pero en lo sucesivo cargó con el prestigio de lugar en el que se inició la Ingeniería Militar en Colombia y la formación de la juventud que tomó con valor y convicción la bandera de guerra.

La vieja reliquia histórica sigue en pie a pesar que los vendavales reformistas han estropeado sus cerraduras, los años introducido bichos en sus maderas, sus techos flaqueado y sus tejas fisurado atropelladas por los altibajos de sus cañabravas y sus pisos de madera consumidos por el rozamiento de botas, alpargatas y zapatillas a lo largo de más de dos siglos. Sus paredes lucen ojerosas y los seis balcones que miran al oriente lucen abandonados,  descoloridos y desvencijados; pero ahí están esas particularidades  atravesadas a la modernidad, contrastando con las cortinas y vitrinas de cristal, incomprendidas por la creatividad del arquitecto y la practicidad del ingeniero; y en su mirada al parque el gran corredor soportado en una tapia hoyada por el afán mercantilista de los comerciantes, el que también navega sobre la incomprensión y luce lúgubre con el caoba que se oscurece con los años; sus tablas chirrean y los pañetes se desprenden de sus techos y paredes acosados por el moho y la soledad. En su interior están los departamentos a que refiriera don Juan del Corral, maltrechos, seis o siete en laberinto, oscuros como las tinieblas que le impiden al ciudadano penetrar en la valoración de aquel espacio que es evidencia de una generación que entregó su vida por el ideal de la independencia.

No ha de faltar quien cuente que en la oscuridad de las largas noches se escuche la voz de mando de Don Juan del Corral, el hombre probo, enérgico, ilustrado y de un espíritu y pensamiento verdaderamente revolucionarios.

Don Carlos Uribe Echeverri, don Enrique Gómez Jiménez y  los hermanos Gómez Zuluaga,  han  evitado que el tedio se consuma el edificio más cómodo y ventajosamente situado, según palabras de don Juan del Corral, pero el acelerado  ritmo de demolición de las antiguas casas de tapia es la mayor amenaza para la casa de la independencia; cada día estará más sola, cada día será más codiciada por los renovadores, pero también cada día será más símbolo de la libertad y la independencia, cada día será más joya de la historia y cada día será más memoria en el olvido. 

* Bibliotecólogo y escritor rionegrero.

*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente.

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Estefanya Pérez Arias

Comunicadora social, apasionada por los medios, la lectura y la investigación. Disfruto el trabajo con las comunidades; explorar territorios, descubrir nuevas historias y conectar con la diversidad cultural de cada lugar.

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