Cuando el amor desnaturaliza: reflexiones sobre la tenencia responsable de los perros

Por: Uriel Antonio Hurtado Arias*

Eira y yo madrugamos a saludar el barrio; ella interpreta más de cien señales y, aun así, no se cansa de olfatear la brisa que baja de las lomas. Cuando se detiene, se sienta y me interroga con la mirada, mi memoria regresa a los perros de la finca donde crecí —guardianes del cafetal, compañeros del arriero, comensales de las sobras— y comprendo cuánto cambió nuestra forma de quererlos. Ninguno usaba chaqueta impermeable ni dormía sobre espuma viscoelástica, pero todos sabían quién era su gente y a qué hora tocaba trabajar; hoy muchos canes pasan del corral a la alfombra roja de las redes, convertidos en modelos de accesorios que ningún perro, ni humano, necesita de verdad.

Ese giro no empezó con TikTok. Hace miles de años un lobo curioso se acercó a una fogata humana; el fuego lo protegía y sus gruñidos protegían a los hombres. Aquel pacto fue el primer contrato inter-especies y, como todo contrato, trae obligaciones. Nuestra legislación recuerda que los animales son seres sintientes y que, bajo nuestro techo, merecen alimento, atención médica, protección contra el dolor y la libertad de comportarse como lo que son. Suena obvio, aunque a veces olvidamos lo básico.

Basta mirar las estadísticas veterinarias de Rionegro: cada temporada aumentan los diagnósticos de obesidad, ansiedad y heridas causadas por correas ausentes. Confundimos afecto con calorías y juguetes, y descuidamos lo que sí garantiza bienestar: dieta equilibrada, agua limpia, ejercicio que canse músculos y mente, visitas al veterinario y, sobre todo, normas claras que den seguridad. En casa, Eira sabe que la sala no es pista de carreras y que la calle exige correa; lejos de oprimirla, ese marco la hace libre, reduce su inquietud y fortalece nuestra confianza.

El problema surge cuando un perro deja de ser compañero para volverse sustituto emocional. La industria lo percibió: cada anuncio promete que amar es comprar un pastel, un spa de burbujas o un disfraz de astronauta. Las pantallas convierten el exceso en costumbre; he visto cachorros temblar porque unas gafas de sol no les dejan parpadear y dueños molestos porque el animal no “agradece” la celebración. Afuera, los vecinos lidian con ladridos de angustia, excrementos sin recoger y sustos ante perros sueltos. Respetar al animal incluye respetar a quien no lo eligió.

Por eso la tenencia responsable exige preguntas incómodas. ¿Adoptamos porque entendemos su naturaleza o porque llena un vacío propio? ¿Tenemos tiempo para pasearlo bajo aguacero, limpiar sus huellas y educarlo cuando deje de ser gracioso? ¿Podremos costear vacunas, esterilización y la cirugía inesperada que siempre llega? Las modas de redes inflan la demanda de huskies o pomeranias y un año después saturan los refugios con perros cuyo carácter o pelaje resultó más exigente de lo previsto.

La buena noticia es que basta regresar a lo esencial. Recordar que un perro es nariz, patas y juego: necesita trotar por el malecón, olisquear la hierba y saludar a sus pares; que la enseñanza paciente y la disciplina coherente son gestos de amor, no de dureza; que la autoridad responsable libera, mientras la permisividad ansiosa encadena. Cuando el perro tiene rutinas y límites, ladra menos, el vecino descansa y la comunidad recupera la calma.

Cada tarde, Eira —con ese corazón blanco que resalta en su pecho negro— cumple un nuevo comando y luego se acomoda a mis pies, tranquila. No es un truco de circo: es la consecuencia de horas de trabajo paciente, de observar y entender cómo piensa y siente un perro, y, sobre todo, de un respeto absoluto por su naturaleza. En mis charlas repito que quien aprende a leer el lenguaje canino y atiende sus verdaderas necesidades termina respetando la vida misma, porque reconocer los límites y ritmos del otro es la forma más genuina de compasión. Ojalá esta columna inspire a que, en el próximo paseo, salgamos no solo con correa y bolsas, sino también con la certeza de que el amor responsable florece cuando la vanidad cede paso al entendimiento y al bien común.

* Psicólogo

*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente

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