En Argelia, el reciclaje se convirtió en esperanza: 15 años cambiando vidas con mercados y dignidad

Por: Carolina Ortega Ríos

IG:@caritoortegar

Imagen: Hogar Pan y Vida, Argelia de María – Antioquia.

Lo que comenzó como una respuesta a la pobreza y a las secuelas del conflicto armado, terminó convirtiéndose en uno de los proyectos comunitarios más inspiradores del Oriente antioqueño. En Argelia de María, municipio ubicado en la zona Páramo de la subregión y catalogado como uno de los territorios más golpeados por el conflicto armado en Antioquia, surgió una iniciativa que hoy es referente por combinar inclusión social, cuidado ambiental y economía solidaria como herramienta de reconstrucción de afectaciones sociales, económicas y emocionales en la comunidad. 

En medio de ese proceso de reconstrucción, reciclar dejó de ser únicamente una práctica ambiental para convertirse en una oportunidad de alimentación, empleo, dignidad y restauración del tejido social.

Hace 15 años, la hermana Gilma Montoya, perteneciente a la congregación Carmelitas Misioneras, decidió cambiar la manera en que se brindaban ayudas a las familias más vulnerables del municipio. En diálogo con La Prensa Oriente, la religiosa comentó que su apuesta fue sencilla pero transformadora y consiste en intercambiar material reciclable por alimentos.

Para la hermana Gilma fue un reto enorme: llegando al pueblo, encontró muchas necesidades en la población, a parte del miedo y la angustia que sentían a causa de la violencia. Inicialmente se creó el centro de acogida Pan y Vida para ayudar a los más necesitados, pero no existía forma de ofrecer asistencia equitativamente.

En palabras de la religiosa, “a mi no me gusta regalar nada” con el fin de estimular a la población a trabajar por su sustento y con esta premisa, ella en conjunto con la pastoral social de la Parroquia San Julián de la localidad, desarrollaron un proyecto donde la gente trabajara para recibir alimentación. De esta forma se creó “A más reciclaje, más mercado” iniciativa que busca incentivar dinámicas económicas basadas en la dignificación del trabajo y la corresponsabilidad. 

“Arrancamos sin escribir una sola palabra. Siempre he creído que primero viene la práctica y después la teoría y esta idea cayó del cielo», contó la hermana, agregando que los primeros participantes fueron apenas ocho recicladores. Cada semana entregaban el material recolectado y, con el valor obtenido, recibían una canasta de alimentos. La noticia comenzó a correr entre los habitantes del municipio y el proyecto empezó a crecer de manera espontánea.

«A los otros ocho días ya tenía 20 recicladores. Fue impresionante cómo empezó a crecer», recuerda la hermana Gilma, expresando que con el paso del tiempo, las canastas fueron reemplazadas por una pequeña tienda comunitaria ubicada en la casa de acogida Pan y Vida. Allí cada participante acumula fichas equivalentes al valor del material reciclado y puede escoger libremente los productos que necesita.

Actualmente la iniciativa reúne cerca de 150 recicladores, genera empleo permanente y se ha consolidado como un referente regional en economía circular y desarrollo comunitario.

Hermana Gilma Montoya, gestora del proyecto. Imagen: cortesía

El proyecto que va más allá de reciclar

Para quienes participan activamente de este, el impacto que genera no se resume en el cuidado ambiental. Ana Leila Franco, habitante del municipio, explicó que la iniciativa cambió incluso la imagen de la localidad: «Antes había muchas personas que salían a pedir cada lunes. La hermana comenzó a motivarlas para que reciclaran y así fue creciendo el proyecto. Hoy el pueblo se ve más limpio y ya casi no se ve gente pidiendo en las calles», afirmó.

El modelo también ha permitido reutilizar materiales que normalmente terminarían en la basura. Cubetas para huevos, envases, plásticos y otros elementos encuentran una segunda vida y benefician a pequeños productores rurales. Según Ana Leila quien trabaja en una granja local «cuando nos quedamos sin cubetas para empacar los huevos, vamos donde la hermana y ella nos las dona. Son cosas que normalmente terminarían en la basura y para nosotros representan una gran ayuda».

Una red de apoyo para las familias

Jhon Jairo García, Ercilia Gómez, leila Franco y Cristina Pérez, beneficiarios del proyecto. Foto: Carolina Ortega

El impacto social también se ve reflejado en historias como la de Cristina Pérez, madre cabeza de hogar de cinco hijos, quien comentó que durante el embarazo de sus gemelos atravesó una profunda depresión y encontró en la Casa Pan Vida un lugar donde recibió acompañamiento emocional y apoyo material.

«Cuando quedé embarazada de mis gemelos me veía muy deprimida, no sabía qué hacer. La hermana Gilma y otras personas empezaron a aconsejarme, a animarme. Yo les agradezco mucho porque me apoyaron cuando más lo necesitaba», relató.

Hoy continúa vinculada al proyecto y aseguró que, cuando las dificultades económicas aparecen, siempre encuentra una mano amiga. «A veces me veo sin qué darles a mis niños y ellas me dicen: ‘Cristina, venga, no le dé pena’. Me han ayudado con mercados y, sobre todo, con consejos para seguir adelante».

Una comunidad que aprendió a reciclar

Con el tiempo, el proyecto dejó de atender únicamente a personas en condición de vulnerabilidad. Actualmente participan familias enteras, instituciones educativas y habitantes de las veredas, muchas de las cuales recorren varias horas hasta el casco urbano para entregar el material reciclable.

«Ya tenemos familias que no reciclan por necesidad del alimento, sino porque adquirieron una conciencia ecológica. Las escuelas también reciclan para mejorar sus propias instalaciones o para conseguir mercados destinados a quienes más los necesitan», explicó la hermana Gilma.

La religiosa resume los objetivos alcanzados en una frase: «Dignificar al reciclador, generar empleo, cuidar el medio ambiente y crear conciencia ecológica».

Un modelo que busca llegar más lejos

El crecimiento del proyecto ha sido posible gracias al apoyo de entidades como Cornare, que aportó infraestructura para la tienda comunitaria; la congregación Carmelitas Misioneras, que donó la primera compactadora; el banco de alimentos SACIAR, la Arquidiócesis de Medellín y otras entidades públicas y privadas que fortalecen el abastecimiento de productos.

Actualmente, la iniciativa hace parte de una propuesta que busca convertirse en modelo para políticas públicas ambientales en Antioquia y mientras tanto, en Argelia la transformación ya es evidente. Lo que comenzó con ocho recicladores y una pequeña báscula para pesar el reciclaje, hoy demuestra que una botella plástica puede convertirse en arroz, una cubeta de huevos en una oportunidad para un productor rural y un acto tan cotidiano como separar los residuos en un camino para recuperar la dignidad de toda una comunidad y aportar al cuidado del medio ambiente.

*Comunicadora social – Periodista, Universidad de Antioquia*

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