Por: Guillermo Zuluaga Ceballos

Es el ingreso a La Esperanza, pero en algún momento fue el ingreso a la muerte. Queda a unos quinientos metros de la entrada de Cocorná, sobre la autopista Medellín-Bogotá.
Cuando comienza a empinarse, alcanzo a ver la vegetación verde botella que se funde con la neblina de estos últimos de octubre. Y más abajo, a golpe de vista, una docena de carros con mercancías que suben y bajan, bajan y suben por la transitada vía. Se siente el rumor de la Hundida, quebrada tempestuosa que desciende por entre un lecho de piedras redondas, con sus aguas ocres, arrastrando limos, debido a las lluvias que por estos días riegan esta zona. El aire se siente limpio y tibio.
Cuesta creer que este camino, y en medio de esta tranquilidad, sea el mismo que hace 29 años dejó una estela de dolor y zozobra. Pero así fue: entre el 21 de junio y el 15 de julio de 1996, miembros del Frente Omar Isaza, de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, ingresaron en repetidas ocasiones a esta vereda de El Carmen de Viboral, y asesinaron a 19 personas.
Son historias de las que ya no se habla, salvo que el recién llegado las comente. En La Esperanza, se ven tantas casas nuevas, y más casas, y más allá unos albañiles levantan otras de dos pisos; unos niños juegan, desprevenidos, afuera de una vivienda con tejas de fibrocemento; y también hay señal de teléfono celular, se ve el alambrado de la energía eléctrica. Y lo que antes fuera un camino pedregoso, que ascendía hasta el Alto del Boquerón y de allí al casco urbano de El Carmen, del otro lado de la montaña, ahora es una amplia placa-huella (vía veredal, de concreto y reforzada por varillas de hierro) por la que suben y bajan vehículos pequeños y motocicletas. A lo lejos se ve gente en las huertas. Hay mucha vida de nuevo. Quizá haciendo honor a su nombre, La Esperanza reverdece.
El Oriente Antioqueño fue una de las regiones más golpeadas por los grupos armados. Dada su importancia geoestratégica (el paso de la autopista Medellín-Bogotá, ser cruce hacia el Nordeste, al Valle de Aburrá, al norte del departamento del Caldas), así como su relevancia en la generación de energía eléctrica, lo convirtieron en blanco y en zona de operaciones; sin embargo, después de los procesos de paz con las autodefensas (2006) y el realizado con la guerrilla de las Farc (2016) así como a La Esperanza, la gente poco a poco va retornando.

Además, la pandemia del Coronavirus también ayudó a que mucha gente viera en esta región la posibilidad de establecerse. Y entonces muchas fincas “alzadas” y viviendas que solo eran de paso para fines de semana, han ido habitándose. Al Oriente Antioqueño, vuelven campesinos a sus veredas de origen; amas de casa a intentar levantar las vigas de los corrales de gallinas y hombres a poner cercos con alambres de púa; vuelven los comerciantes, los transportadores. Desde las vías que recorren este amplio pedazo de geografía de unos 700 mil km cuadrados, alcanzan a verse cultivos de papa, de zanahoria, tantos de aguacate, de cebollas; vacas y terneros en sus pastos. Afuera de las casas de nuevo oreándose la ropa, y tantos tolditos donde venden empanadas, tortas de chócolo y cafecito cocinado en aguapanela. En los altos, donde antes hubo “pescas milagrosas” ahora han abierto espaciosos y lujosos estaderos y restaurantes que los fines de semana se ven llenos.
En los parques de los pueblos, donde antes hubo comandos de policía arrasados, ahora se ve tanta gente por ahí, forastera, almorzando, caminando, haciéndose sus selfis.
El Oriente Antioqueño está conformado por 23 localidades, dividido en cuatro subregiones: Altiplano, Embalses, Páramos y Bosques. Según datos de la Cámara de Comercio del Oriente Antioqueño -CCOA- en esta región hay más de 26.600 empresas, y al corte del 30 de junio de 2025, han crecido un 7,31% respecto al mismo periodo del año anterior. Según el Índice Municipal de Competitividad de Antioquia (CCOA), el Oriente es la segunda subregión más competitiva del departamento, después del Valle de Aburrá. Valga decir que el sector empresarial tiene su principal asiento en lo que es conocido como la subregión del Altiplano, zona que gravita en gran medida en torno al Aeropuerto Internacional José María Córdova, su zona franca y una moderna telaraña de vías asfaltadas. Por ello, en medio de todos esos indicadores de crecimiento, llama la atención el turismo, pues este se desarrolla principalmente en las zonas más periféricas, donde precisamente el conflicto armado campeó con más intensidad. “Está jalonando la economía”, dice el ingeniero Fredy Orozco Galvis, exfuncionario municipal y activista social en Nariño, Antioquia, que vivió la toma que destruyó a su municipio, y ha visto sus cambios, en especial después de 2016, cuando se desmovilizaron las Farc, que azotaron a su pueblo, bajo el mando de la temida Karina.
Fredy aspiró a la alcaldía a principios de este siglo, con el reto de reconstruir el pueblo, perdió, pero nunca se ha desvinculado: si bien realiza asesorías en otras localidades, es miembro de la Comisión de la Verdad y representante de las víctimas ante la JEP; en 2022 se inventó una feria del libro, y siempre está atento a lo que ocurre con sus paisanos. “En Nariño el turismo es un tema nuclear en los planes de desarrollo, como alternativa de ingresos para los habitantes. Hay innovación tecnológica en cafés, caña y ganadería. Hay estaderos, sitios de encuentro, posadas para recibir turistas. La movilidad está tranquila, se puede viajar, salvo derrumbes o problemas climáticos, pero no por hechos violentos, como antes”.

Así como en Nariño, también en San Rafael, un pueblo bañado en aguas esmeraldinas, en la subregión de Embalses, el turismo sostenible es una de sus nuevas apuestas. “Desde hace unos 15 años, surgió y se fortaleció la Red local de Turismo”, comenta Lorena Duque, quien hizo parte de esta Red, y recuerda que en ese reto de construir una propuesta más amigable con la naturaleza contaron con la Universidad Externado de Colombia, entre otras entidades, que durante años los apoyaron con capacitaciones y actividades de construcción colectiva. “Hoy tenemos la Red con 38 asociados y brindamos una oferta muy enfocada en la preservación y cuidado de la naturaleza… hemos trasegado distintos entornos, desde aprender haciendo hasta ser referentes de proyectos comunitarios, sostenibles, y hoy logramos mucha visibilidad en la región”.
Turismo y medio ambiente parecen no reñir. La diversidad de la oferta se ha extendido a turismo de aventura, avistamiento de aves, pero también de bienestar físico, emocional y espiritual. Según cifras de la CCOA, el turismo creció a una tasa del 7,73% en 2024 respecto a 2023. Así mismo, el aumento promedio del sector entre 2016 y 2024 fue del 8%, ubicándose en el tercer lugar en la región como uno de los sectores con crecimiento más consistente. De 2016 a 2024 se crearon alrededor de dos mil empresas de turismo en la zona.
La empresa Flota Granada que atiende cuatro municipios de la región mueve en la actualidad unos 40 mil pasajeros, cuando en épocas del conflicto prácticamente «voleábamos cajón» (ir sin pasajeros), según su gerente, Guillermo Gómez. Por su parte, Sotrasanvicente Guatapé La Piedra, que recorre una decena de municipios, ha visto pasar de unos 15 mil pasajeros al año, en 2020, a unos 55 mil en promedio en los dos últimos años, comenta Pascual Vanegas, gerente de esta transportadora.
Sonaría anecdótico, pero no lo es. En el año 2000, debido a la falta de pasajeros, la empresa Guatapé-La Piedra tuvo problemas económicos, por lo que sus dueños, al no poder sostenerla, la vendieron a la empresa Sotrasanvicente.
***
En términos generales, podría decirse que el Oriente Antioqueño renació, pero aún no puede decirse que se esté conforme. Sergio Alejandro Saénz, secretario de la Mesa de Víctimas del OA, reconoce que en este gobierno (Petro) a las víctimas se les ha llegado con más recursos, pero se necesita trabajar más por la verdad y la memoria. «Faltan más voces. Hay gente a la que le interesa más el recurso, pero no la memoria y prefiere el silencio».

Por fortuna ya no hay tomas guerrilleras, ni masacres paramilitares, ni pescas milagrosas, ni alcaldes amenazados. Eso dice, pero no es del todo optimista. «Digamos que a finales del siglo pasado todos éramos víctimas: sin distingos socioeconómicos, y ahora solo los pobres».
«Hay un conflicto soterrado que genera más daño, solo que ya no interesa. Antioquia decidió hacer creer que ya no hay narcotráfico después de Pablo, pero hay muchos pequeños capos que no tienen ese liderazgo, pero siguen ese negocio, y mientras al Oriente esté llegando plata, la dirigencia entonces no dice nada».
«Pero los pobres siguen pobres -agrega-. La gente tiene para pagar arriendo o para comer, y prefiere lo primero y entonces hay hambre, por lo que estamos pensando en un Banco de alimentos”.
***
Mientras observa el paso continuo de vehículos por la Autopista Medellín-Bogotá, desde un “altico” de La Esperanza, Cristian Cadavid sonríe tímidamente y poco a poco evoca momentos que han marcado su vida. Nació en el año de la masacre y en tantas veces le ha escuchado a su madre el relato que signó para siempre esta tranquila vereda donde los vecinos se dedicaban al cultivo y molienda de caña y a los lavaderos de carros en la Autopista, aprovechando los tantos hilos de agua que descendían por las laderas. “De mi niñez tengo recuerdos vagos, si acaso algunas escenas: los viernes en la ramada sacando panela que nos pedían comerciantes de Cocorná y de El Santuario; desde la una de la mañana hasta las dos de la tarde. Luego, me iba caminando a jugar micro a una vereda de Cocorná, hasta que se anochecía y luego para la casa… Y ver subir por aquí la guerrilla y hacernos apagar las luces cuando pasaban con secuestrados. Nosotros no convivimos con sapos -nos decían- y luego subía por este camino el ejército y luego los paras. Esa masacre nos marcó. Todo mundo emigró. Los de mi casa nos fuimos a Riosucio un tiempo. Pasamos muchas necesidades… pero cuando volvimos ya la vereda estaba poblándose”.

En diciembre de 2018, unas 150 personas llegaron hasta El Carmen de Viboral para un encuentro convocado por Conciudadanía, Corporación Jurídica Libertad, Prodepaz, Unidad para las Víctimas, Alcaldía del Carmen (sic) y la Personería del municipio, para un evento regional por la memoria, en conmemoración de las víctimas. Para ese año (1996) la vereda era catalogada por las autoridades como punto crítico por el constante accionar de grupos guerrilleros, de manera que el Ejército Nacional creó lo que llamarían la Fuerza de Tarea Águila, una fuerza especial para controlar la Autopista Medellín-Bogotá a la altura de la vereda.
Según recordó durante la jornada la Corporación Jurídica Libertad, “este fue el origen de las graves violaciones de derechos humanos de la vereda. Entre junio y diciembre se llevarían a cabo las acciones conjuntas entre ejército y los grupos paramilitares del Magdalena Medio que arrojarían la desaparición de 15 personas y un asesinato. El personero de la época, Elí Gómez, asumió el caso y evidenció la responsabilidad de los militares. Sería asesinado en diciembre de ese año y ninguna acción de investigación seria se hizo por estos hechos.
A pesar de que en 2017 la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenó al Estado colombiano investigación de los hechos, determinación del paradero de las víctimas, realización de un acto público de reconocimiento, creación de un monumento en memoria de los desaparecidos, reparación psicológica, médica y económica para los familiares y la comunidad, hasta la fecha no ha cumplido ninguna de las medidas. (Comisión de la Verdad Colombia, s. f.).
***
Cristian se involucró con grupos cristianos, apoyó trabajos sociales, se hizo líder y terminó como concejal de Cocorná, y desde ahí sigue ayudando a sus vecinos.
Juega a “canciller de La Esperanza” y dice que su gente es amable, además hay mucha fauna: armadillos, guaguas, conejos. Y que de niños iban a sacar capitanes (pequeños peces) a la parte alta de la quebrada La Hundida, adonde eran los paseos de la escuela y que muchos años después, allá la guerrilla entregó una caleta y la explotaron. “Imagínese, jugábamos ahí al lado y no sabíamos de eso ahí”.
“Esta vereda ha sido marcada pero también es resiliente -agrega-. Antes hubo zozobra. Pero hemos ido saliendo adelante: hay casas nuevas, internet, energía… Han llegado de afuera a ayudar a los campesinos. Mucha gente de nuevo vive de los lavaderos de carros, de cultivos de pepino, de la confección…”.
Eso dice y se siente tan contento de saber que hay COREDI (bachillerato rural) hasta el grado once, hay capilla, donde se celebran grados, primeras comuniones y matrimonios. Y esta placa-huella que ahora pisamos era un camino y ya va así, enrielada, unos cuatro kilómetros hacia arriba. “Fue por iniciativa de la gente: unos vecinos donaron material de playa; otros, varilla, y a punta de rifas de terneros se consiguió el cemento”. La meta inicial fue hasta la escuela, ubicada a 1.200 metros de la autopista y “enseguida siguieron hasta el Boquerón, desde donde ya se ve el pueblo”.
“Después de que pasó todo, ya esto se conformó como corregimiento, con mucho comercio, desarrollo».
Todo parece mejorar en el Oriente Antioqueño; sin embargo, voces como las de Sergio Saénz, insisten en estar atentos para no volver a días oscuros. «Hacemos una alerta sobre lo que viene porque la campaña política va a encender discursos guerreristas y a lo mejor eso incremente la violencia”.
“Hay bandas que quieren marcar territorios y en eso el reclutamiento va a ser complejo y frente a eso no veo un esfuerzo de las autoridades. En la última semana de octubre hubo 8 muertes de jóvenes en los municipios del altiplano».
***
Desde La Esperanza alcanza a otearse el casco urbano de Cocorná que parece un animal echado en la mitad de este inmenso tapete de cuadrículas verdes. Aquel pueblo fue uno de los más azotados por los armados. Mientras camino alcanzo a recordar imágenes constantes en televisión, de las tomas a sangre y fuego de la guerrilla, y a su alcalde de entonces, Aldemar Serna, quien se tornó símbolo de resistencia. Serna Peláez tuvo que renunciar a su cargo y exiliarse en Canadá. Estuvo durante 16 años y recién volvió. Hace unos meses lo saludé de nuevo en su pueblo, donde trabaja como un contratista más, en la oficina de Desarrollo de la Comunidad, ayudándoles a campesinos. “Pude quedarme en Canadá viviendo, pero quise volver a mi país, y no podía estar en otro lugar que en mi pueblo”, dijo con la misma pasión que hablaba durante su alcaldía. Y cuando le preguntaba, si acaso ahora en su tierra, no había miedo…
-Esto no sucumbió porque estos campesinos tienen cojones -me interrumpió-. Y ya de aquí, vivo, no vuelvo a salir. Aunque hay problemas, estoy feliz.
Eso dice el exalcalde, y yo sigo pensando en las mujeres campesinas, esas viudas de esposos, de hijos asesinados o ausentes que se quedaron en sus fincas y sacaron adelante a sus familias y que este país les debe tanto. Cristian, por su parte, desde sus creencias, tiene otra visión:
“La fe ha ayudado a salir adelante. En grupos de oración ha habido perdón”. Sabe que el pasado fue tenso, pero le gusta la calma de estos años, y bromea que se lo “pelean tres pueblos”: El Carmen donde nació; El Santuario donde fue registrado, y Cocorná donde vive y es concejal. “Estoy muy contento porque compré un pedazo de tierra. En dos años me veo viviendo aquí, con mi esposa y mis dos hijos”.
Bibliografía citada
Masacre de La Esperanza. (2019, octubre 2). Rutas del Conflicto. https://rutasdelconflicto.com/masacres/la-esperanza
Comisión de la Verdad Colombia. (s. f.). La Esperanza tiene memoria. https://web.comisiondelaverdad.co/actualidad/noticias/la-esperanza-tiene-memoria
* Comunicador Social Periodista de la Universidad de Antioquia y Magister en Historia de la Universidad Nacional de Colombia.
