La democracia también se construye en el hogar, la esquina y la escuela

Por: Erney Montoya Gallego*

IG: @erneymg

En medio de jornadas como las que vivimos por estos días, se entiende la democracia simplemente como elecciones, campañas políticas, partidos y urnas. Creemos que la participación ciudadana se reduce a votar cada cuatro años. Sin embargo, una democracia verdadera no puede sobrevivir únicamente de mecanismos formales. Necesita algo más profundo: ciudadanos que conversen, discutan, propongan y participen en la vida cotidiana de sus barrios, escuelas, parques y calles.

Las ciudades y los pueblos no son solamente edificios, calles y centros comerciales. Un entorno urbano está hecho, sobre todo, de encuentros humanos. Las plazas, los parques, las canchas, las bibliotecas y hasta las esquinas tienen sentido cuando las personas las habitan, las usan y las convierten en espacios de convivencia. Allí se construye ciudadanía. Allí se aprende a escuchar al otro, a debatir sin destruir -actitud que brilla por su ausencia en las actuales elecciones- y a reconocer que las diferencias también hacen parte de la vida democrática.

Hoy lo que estamos viendo en el Oriente Antioqueño, en una lógica de crecimiento urbano, suele estar guiado más por intereses económicos que por las necesidades de la gente. Se construyen grandes proyectos, urbanizaciones y zonas comerciales, pero pocas veces se pregunta a los ciudadanos qué tipo de ciudad desean habitar. La planificación termina en manos de unos pocos técnicos, empresarios o dirigentes políticos, mientras la comunidad observa desde la distancia cómo transforman su territorio.

Ese problema no es ajeno a los municipios de nuestra región. En las últimas décadas esta zona viene enfrentando un crecimiento acelerado y, a veces, desproporcionado. La expansión industrial y la explosión inmobiliaria están ocasionando un aumento exagerado de la población. Las nuevas dinámicas económicas predominan por encima de los deseos y aspiraciones de las poblaciones. El discurso oficial habla constantemente de progreso, competitividad y desarrollo sostenible. Pero surge una pregunta incómoda: ¿quién está decidiendo cómo deben crecer nuestras ciudades y pueblos?

Muchas veces las decisiones sobre el territorio se toman sin escuchar realmente a quienes viven sus barrios, recorren sus calles y enfrentan diariamente sus problemas. Se habla de participación ciudadana, pero en ocasiones esta se limita a reuniones informativas donde todo parece decidido de antemano. Por eso resultan tan importantes los movimientos sociales, los colectivos ciudadanos y los espacios de deliberación pública. Son escenarios donde la gente recupera la palabra y vuelve a sentirse parte de la ciudad. Allí no se necesita pertenecer a un partido político ni ser experto en leyes o urbanismo. Basta con tener disposición para conversar, escuchar y proponer.

En nuestra región existen experiencias valiosas que demuestran que otras formas de participación son posibles, además de necesarias. Múltiples colectivos sociales han creado espacios donde la ciudadanía debate sobre movilidad, medio ambiente, cultura, planeación urbana y memoria histórica. Lo importante de estos procesos no es únicamente lo que discuten, sino la manera como lo hacen: desde el diálogo abierto, plural, horizontal y cercano.

Estos colectivos convierten la conversación en una herramienta de construcción social. Sus encuentros permiten que estudiantes, líderes comunitarios, profesionales y habitantes comunes se sienten a hablar sobre los temas que afectan a la ciudad. También se reconoce el valor de la experiencia cotidiana de quienes viven el territorio.

Al contrario de medios informativos que se han convertido en verdaderas bodegas de información de élites políticas y económicas, otras organizaciones periodísticas están demostrando que el periodismo puede ser mucho más que informar desde un ángulo oficialista. Un medio comunitario también puede ayudar a formar ciudadanos críticos, abrir debates públicos y acercar a las comunidades a los asuntos que afectan sus vidas.

Otros colectivos sociales han encontrado en el arte, la cultura y las intervenciones urbanas formas distintas de ejercer ciudadanía. Sus actividades en el espacio público, sus festivales, recorridos y encuentros culturales muestran que la democracia también puede expresarse a través de la música, la pintura, la fotografía y la apropiación de la calle.

Todo esto parece sencillo, pero tiene un enorme valor político y social. Cuando un grupo de personas se reúne a conversar sobre el futuro de su barrio o de su ciudad, está fortaleciendo la democracia. Cuando una comunidad se organiza para defender un parque, exigir mejor movilidad o promover actividades culturales, está ejerciendo ciudadanía. Y cuando la gente entiende que su voz importa, deja de sentirse espectadora y empieza a asumirse como protagonista. Es necesario convertir la participación en un hábito, y este en una cultura.

El problema es que la vida moderna nos está alejando de esos encuentros reales. Pasamos horas frente a pantallas, atrapados en redes sociales donde abundan la frivolidad, desinformación e insultos. Poco a poco hemos convertido muchos espacios públicos en simples lugares de paso. Ya casi no participamos en decisiones colectivas.

La democracia no puede sostenerse únicamente desde el celular o desde discursos institucionales. Necesita presencia humana, debate cara a cara y construcción colectiva. Necesita hogares donde se enseñe a escuchar, escuelas donde se aprenda a debatir con respeto, universidades que formen ciudadanos críticos y empresas que entiendan que también son escenarios para la construcción social.

Una cultura democrática no nace automáticamente porque exista una Constitución o porque haya elecciones periódicas. Se construye todos los días. Se fortalece cuando las personas participan en juntas de acción comunal, colectivos culturales, medios alternativos, encuentros barriales o procesos sociales. También cuando alguien se atreve a cuestionar decisiones injustas y propone alternativas.

Tal vez el mayor desafío de nuestras ciudades sea precisamente ese: evitar que el progreso material termine desplazando la vida comunitaria. Una ciudad en nuestros tiempos no puede medirse solo por el número de edificios, dotaciones urbanas o inversiones. También debe medirse por la capacidad de sus habitantes para encontrarse, deliberar y construir juntos un proyecto común.

* Docente universitario

*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente.

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