La esencia de una Rosa

Alejandra Buitrago

Comunicación Social UCO

Email: buitragovelazcomaria@gmail.com

Si usted no tuviera recuerdos, si fuera incapaz de recordar lo que vivió hace un cuarto de hora, como le pasa a Doña Rosa, ¿cree que su vida sería más feliz? ¿Qué somos si no somos nuestros recuerdos, tanto buenos como malos? A veces y solo a veces uno se da cuenta de que la ignorancia es felicidad y si uno ignora su soledad, si uno ignora el abandono en el que se encuentra mucho mejor, mucho más fácil y llevadera se hace la vida y, en este caso, la vejez de una mujer que ha sido desconocida.

El mayor orgullo de Doña Rosa son sus flores, ella misma las cultivo a partir de una que le regalaron hace algunos años.

La soledad 

Soledad. Rosa siempre le expresó a sus hijos que su mayor temor en la vida era la soledad y en este momento de su vida, a sus recién cumplidos 76 años pasa sus días entre “cafecitos” y el frío de un pueblo que ha dejado de conocer. Lleva 20 años viviendo en la misma casa de color verde con ventanas blancas y un balcón que solía dar vista a toda Marinilla y que ahora solo da vista a una inmensa selva de cemento y a un montón de edificios. Rosa está abandonada (de hecho, ni siquiera recuerda su edad, simplemente entre dudas me comento que nació en el 47 y que no sabía exactamente su edad), no solo ha sido abandonada por el fantasma de un pueblo que conoció y que ya no existe, también ha sido abandonada por sus hijos

— Cría cuervos y te sacarán los ojos dice la Biblia, ¿usted ha leído la Biblia? —comenta entre risas melancólicas, aunque su forma de entrecerrar los ojos cuando tiene que leer algo me sugiere que no lo hace bien desde hace algunos años.

Los ojos de Rosa son de un color café frío, su mirada es gélida, es una mirada triste. Su rostro, surcado por marcas de la vejez.

 —¿Quiere un tinto? —fue casi lo primero que me dijo cuando arribé a su casa en un día inesperadamente frío de octubre.

En la entrada de su casa tiene una especie de asiento verde bastante descolorido y aporreado por el tiempo, allí nos sentamos a tomar el tinto mientras veíamos llover, es solo que a veces la lluvia es más fuerte adentro que afuera.

El indispensable cafecito de Doña Rosa, tal vez adquirió el gusto debido a su origen: las montañas de Armenia y Sonsón, donde nació ella hace casi ocho décadas.

Rosa vive sola, de sus tres hijos y cinco hermanos vivos son pocas las visitas que recibe y mucho menos la ayuda que le brindan. Sus hijos, bueno, uno de ellos, según menciona, le da mercado, pero parece insuficiente. El gobierno le da un subsidio de cien mil pesos mensuales que tampoco le alcanza para mucho, sumado a esto, algunos meses ni siquiera lo reclama, pues no puede ir sola por él y sus hijos están muy ocupados, apenas si es suficiente para para pagar los servicios y comprar una bolsita de leche en polvo y un café. En sus palabras no puede vivir sin su cafecito, incluso parece que está tan acostumbrada a su soledad que le hace más falta su cafecito que sus hijos. Lo bueno es que ignora el estado tan grave de su abandono, pues como no recuerda lo que vivió ayer a veces simplemente omite que sus hijos no la han visitado o que raramente la llaman.

La enfermedad

Hace unos años Doña Rosa perdió su vista a causa de la insulina, padece diabetes desde hace 36 años, dice que gracias a la virgencita de los milagros pudieron operarla y recuperó parte de la visión, pero no es que tenga una vista de águila en este momento de su vejez. Además, ha sufrido dos o tres infartos de los cuales se ha salvado de milagro.

 —Es que a mí no me quieren ni allá arriba, ni allá abajo.

El cielo o el infierno de Rosa. Su relación con lo religioso es compleja, reza, pero no habla como una persona religiosa, a veces habla mal de Dios y de la iglesia, especialmente de las monjas, quienes le maltrataron y fueron el motivo por el que abandono la escuela cuando cursaba segundo o tercero de primaria. Sin embargo, cree que de no ser por la virgen de los milagros no tendría casa ni estaría viva.

Según ella y sus hijos solo con la palabra milagro se puede describir su supervivencia a los infartos. Estaba sola en ambas ocasiones, estaba sola cuando sintió ese dolor tan agudo en el pecho que le cortaba la respiración y fue en busca una vecina en la primera ocasión y a la tienda en la segunda para buscar ayuda.

Su ceguera y su época postinfarto fue la época en la que más acompañada estuvo de su familia, más cálida se tornó la casa y más feliz su vida. Pero Rosa es una persona resiliente, si está afectada por su soledad no me lo demostró.

 —¿Yo ya le ofrecí cafecito? —me decía mientras la taza con tinto a mí lado aún estaba humeando.

Los hijos y una verdad difícil de aceptar

Tuve la oportunidad de hablar con los hijos de la señora Rosa, uno asegura que sería un descanso si ella muere pues la insulina cuatro veces al día, las seis pastillas diarias, y la soledad, están acabando con un noble y alegre corazón que habitó su pecho y que ya no parece palpitar allí. Las palabras que suenan tan crueles parecen estar cargadas de culpabilidad por no poder acompañar, pues este hijo en particular es un errante, pero intenta cuidarla cuando vacaciona en casa de ella. Sus tres hijos son el tipo de personas que pelean la herencia mientras su madre está viva y sola.

Rosa ni siquiera sale de su casa, su nuera le corta y tiñe el cabello. A veces es invitada a algunos eventos de la familia política de su hijo mayor y asiste encantada, pero son poco frecuentes.

Su hija esporádicamente la lleva a su casa para que cuide de sus nietos, dice que son groseros y necios, además detesta profundamente al esposo de su hija, así que tampoco la pasa bien en ese lugar.

La expectativa

La historia de Rosa no es única, no es la primera ni la última persona que será más o menos abandonada por su familia-

—Ellos solo se reúnen para cumpleaños y entierros, ni para bautizos porque mi hijo no invito a mi hija al bautizo de su nieto.

Alega entre risas melancólicas, pero ella intenta llevarlo lo mejor que puede, intenta cuidar de sus matas, especialmente de sus rosas que son, al parecer, su posesión más valiosa. Ella sabe que las rosas son caprichosas y que si las descuida o no les echa la suficiente agua se secarán y morirán. Así que si pasa usted cerca de la casa de Doña Rosa cualquier mañana la verá cuidadosamente atendiendo son rosas, quitando con suavidad los pétalos marchitos, abonando, removiendo la tierra y quitando los pétalos mal caídos. Sus rosas le mantienen ocupada, para ella, una persona que como madre cuido muchos años de sus hijos, es natural que necesite sentirse útil para la vida de otros seres. Y sus rosas no son las únicas, Rosa también tiene un peculiar amigo que le visita constantemente, le pide comida, agua y refugio y desaparece: un gato callejero a quien cariñosamente nombro Belencino, es un gato blanco y naranja, muy esquivo, su cara esta completamente surcada de arañazos, sin embargo, a pesar de lo sucio y lastimado está gordo, Rosa le da comida y le guarda carne y pollo. Será un animal solitario, pero al menos tiene una amiga en el mundo.

Rosa aún conserva ese espíritu infantil de hacer travesuras como esconder el azúcar para que sus hijos no noten que toma el cafecito dulce, sabe que le hace daño, pero no hay poder humano que pueda con la terquedad de esta mujer, es algo que salta a la vista, sus manos lo reflejan, lo refleja la asperidad de estas, las manchas y las arrugas. Tiene manos de alguien que no espera que otros hagan las cosas por ella. Fue tan independiente en su juventud que lo que más le aflige en este momento es tener que precisar de otros para vivir, solo puede ir acompañada al parque (que queda a escasas dos cuadras de su casa), esperar a que le tinturen el cabello, esperar para que le acomoden las pastillas y la insulina, esperar a que la visiten, esperar a que su Belencino deje de ir a comer, esperar a que su rosa se marchite.

La vida de Rosa se esta pasando entre esperas y olvidos, pero ella sigue sonriendo y sigue haciendo chistes. En ella es fácil encontrar a una amiga, es fácil encontrar una historia y un café. —Bueno, mi Dios le pague, ¿no quiere tomarse un cafecito antes de irse? —dice mientras me despido de ella.

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