Por: María Fernanda Gutiérrez López*
E-mail: mariafernandadecolombia@gmail.com
Con especial afecto,
Despertar en las mañanas, florecer en el verde resplandor de la naturaleza, tal vez subirse a un árbol y disfrutar de una mandarina, respirar el aire fresco, pintar el campo en el alma mientras se toma un buen café, escuchar a Ana y Jaime, a Fausto, a Óscar Golden y volar como gaviota… son pensamientos que pasan constantemente por la mente de Don Mariano.
Don Mariano ni es de aquí ni es de allá. A sus amigos les decía: “vuelen bajo”. Le gusta la gente simple; cosas que Facundo Cabral, con su acento argentino, dejó sembradas en su oído.
El señor Mariano Tobón, querido por unos, amado por otros, adorado por sus hijos.
Es difícil saber qué lee un directorista de corazón, cómo danzan sus pensamientos al interpretar las letras de Gabo, tal vez contando uno a uno cada año, logrando cien años y procurando que estos no lo sorprendan desprevenido. Entonces, seguramente, se apoya también en las letras del Quijote de la Mancha, con ganas de saber cuál es finalmente la conclusión de Sancho.
Don Mariano piensa en lo básico de la vida: que la fe es hacer, porque se cree que se puede hacer. Así lo comprendió contemplando los pajaritos, las ardillitas, las ranitas. Observó que cada especie trae consigo una enseñanza para la vida.
El mundo de Luis Mariano es su familia, sus hijos, los jóvenes, los niños y las niñas: su esencia. Don Mariano es un niño; piensa como niño, hace cosas de niño y así logra, con la ayuda de Dios, guiar a miles de personas que hoy lo recuerdan como un padre, como un abuelo, como un héroe magnánimo de la educación.
A veces, Don Mariano se pierde de la realidad. Cuenta la leyenda que aparece refugiado entre las letras del Libro de la Sabiduría y los Proverbios de la Santa Biblia. Dicen también que allí yacen sus más grandes secretos: de donde extrae vida, inteligencia, alegría y esperanza.
En ocasiones, en la tarde fría, se empañan las gafas de Don Mariano. Pareciera contemplar un ángel en la eternidad que nunca lo abandona; asemeja que conversan, se observan y se dan esperanza entre los dos, como si acordaran verse un día nuevamente. Entonces renace su ánimo como el sol, con sentimientos pulcros, con recargas máximas de vida, como si contuviera el mar.
Si algo está claro para Don Mariano es cumplir sus sueños. Todo lo que se ha propuesto, lo ha logrado. Todo lo que ha creído que se puede hacer, lo ha hecho. Todo lo que ha tenido que dar, lo ha dado. Sí: como todo hombre, en ocasiones ve pasar por el cielo una estrella que parece reclamarle; pero cierra los ojos, mira en su interior y entonces observa a sus hijos, a sus alumnos, a sus profesores, colegas, amigos y hermanos. Y emprende el camino nuevamente, hasta dominar la historia y sentirse apto, útil y constructivo. Esa estrella un día comprenderá que no hay firmamento sin que el sol brille cada día; pues así lo conoció, así lo percibió, así lo amó.

El licenciado Luis Mariano percibe la humanidad y la urbanidad como si fueran una historia de Condorito: siempre con una solución. Solución aquí, solución allá; solución para acá y para allá. Pero cuando va a solucionar lo suyo propio, su cuerpo cae irreversiblemente sobre su lecho, fundido sin fuerza vital, casi sin vida, porque toda su energía la entrega a la humanidad en la prestación de su servicio.
Luis Mariano es como un faro de luz en las urbes. Sabe dónde alumbrar porque entiende la realidad de un niño, la sonrisa de una madre, la tristeza de un padre, el dolor de un hijo, la desesperación de un hermano, el estrés de un docente, la benevolencia de un hombre, la lucidez de un loco, la torpeza de un Einstein, la lupa de un Darwin, el amor de un ángel.
Don Mariano lleva marcado en su hombro izquierdo el rastro de la mano de su padre, a quien sirvió en su vejez. También refleja el amor por su madre cuando prepara una receta, pues la sazón la heredó de ella, de quien fue su adoración.
Doña Laura amaba inmortalmente a ese niño preferido y consentido. Siempre supo que su bebé daría luz y vida a toda una comunidad. “Mamá Laura” dice la otra marca que tiene en su corazón. Ese recuerdo vibra cuando Mariano rememora las dulces e ingenuas muñecas que acompañaban a su madre mientras él veía cómo se marchitaba su piel, su vida, su respiración, y notaba cómo su mamá se desvanecía en el tiempo. Lento y largo tiempo.
Un día, Don Mariano nos recordará. Estará sentado en su lugar cómodo, respirando aire con color a limoncillo, aroma a hierbabuena decorada con manzanilla. Allí recordará su niñez, sus juegos, sus partidos de fútbol en el estadio.
Qué bueno ha sido Don Mariano. Un violín y un violonchelo decoran sus años allá, en ese mundo que dejó Huasipungo, en esa Hojarasca, en esa leyenda donde los pájaros cantan, donde los monos saltan y alegan todo el día, donde los loros juegan. Siempre llévenos en su corazón, a todos los que lo queremos en la Institución Educativa Baltazar Salazar, en la Fundación Jesús Infante, en la Fundación Néstor Esteban Sanín Arbeláez, en la Universidad Católica de Oriente, en la Secretaría de Educación y especialmente en su amada Escuela Normal Superior de María. ¡Sí! Recuérdenos allá, en ese pedacito de cielo.
El pasado domingo 9 de noviembre de 2025 partió al encuentro con Dios nuestro querido y apreciado Luis Mariano Tobón Lopera. A sus hijos Laura y Daniel; a su familia, amigos, docentes y estudiantes, nuestro más sentido gesto de amor y respeto con ocasión del encuentro de Don Mariano con la casa de Nuestro Señor Jesucristo y Mamita María. Larga vida en nuestros corazones para Luis Mariano Tobón Lopera. Un gran normalista de corazón. Misionero con orgullo.
¡Hasta pronto, “mi apá Mariano”, solo hasta pronto!
* Líder Pedagógica y Maestra en Formación – I.E. Escuela Normal Superior de María – Rionegro, Antioquia

