Por: Jesús Gonzalo Martínez C.*
Es claro que la Semana Santa es hoy una experiencia espiritual que se vive de una manera muy diferente a la de aquellos tiempos en los que Rionegro aún conservaba sus encajes de clásico pueblo antioqueño nutrido de encantos y claros sentidos y expresiones locales; el templo de la Catedral ya no es referente principal y tampoco el mayor espacio de congregación ciudadana en torno a las ceremonias, procesiones y rituales, en realidad el fervor religioso de los rionegreros y los visitantes se ha dispersado por las muchas parroquias urbanas y rurales en las que se observa una gran concurrencia con una profunda reverencia en los diferentes actos y ceremonias del culto de rememoración bíblica de la Pasión y Muerte de Jesucristo.
También es bien claro que es difícil que algunas manifestaciones de la cultura de los pueblos permanezcan inalterables en el curso del tiempo, en realidad todo evoluciona y de alguna manera todo se transforma; así que algunas de las prácticas de la sociedad tradicional han perdido sentido o se experimentan de formas muy diferentes. Ayer Rionegro vivía la fiesta con actitudes de un profundo sentido de lo local, el ciudadano era actor y el visitante disfrutaba de los encantos de los espacios y las expresiones de los eventos, hoy la condición de ese ciudadano es otra, desprendido un tanto del valor de la apropiación y el sentido de pertenencia, poco interés pone en los diferentes eventos que producen movilidad.
Es evidente que muchos de esos espacios mágicos del pasado, o del viejo Rionegro, han perdido su condición simbólica y paulatinamente se han deteriorado soslayando sus particularidades, ello se aprecia, por ejemplo, en la calle Real, la más tradicional de esta ciudad, la de la marcha fúnebre con el ataúd en hombros de cuatro caballeros, la de entrada y salida, la de los desfiles patrióticos al Altar Patrio, la del dolor del Viernes Santo; y de alguna manera se aprecia en la Plaza, aquella que ofició como centro de todo encuentro, evento y expresiones de la cultura, aquella en la que se vivían los momentos más sublimes de la religiosidad y celebraciones de la Iglesia Católica, los diez mil metros del gran espacio eran ocupados en cada uno de sus centímetros por todas las almas que allí se encontraban para vivir las manifestaciones de su dogma, festiva lucía el Domingo de Ramos, engalanada se veía en el domingo de resurrección, atestada se hallaba después de la procesión de sentencia y en la noche de las siete palabras; esa plaza fue extensión del templo durante los dos días santos y fue el gran auditorio en el que el pueblo atento escuchó al gran predicador. Si en la Semana Mayor necesario era cruzar por la calle de las zapaterías y pasaje comercial, obligado lo era hacerlo a empellones, los empellones propios de un pueblo atestado de los suyos, también de los que llegaban entusiasmados con la idea de adquirir un buen par de zapatos, los que lo hacían tras el encuentro con el Rionegro de sus amores, y otros tantos que gozaban de buen descanso en sus haciendas y fincas. ¡Ay mi Rionegro que distantes se escuchan ya las narrativas de esos recuerdos, que empolvados están aquellos libros de las crónicas de los hombres que con pluma de ganso buscaron congelar los tiempos!
La memoria cuenta que las primeras expresiones religiosas en Rionegro están referidas al sitio denominado “Otro Lado”, en el que debió levantarse el primer templo católico a principios del siglo XVII, luego, a mediados de éste, se levantaron el de San Nicolás y San Antonio y se dieron las primeras manifestaciones de honor a sus santos patronos, la Virgen de Soto, San Nicolás de Bari, San Antonio de Padua y la Virgen del Rosario, además de la devoción por la Virgen de los Dolores. A partir de estas devociones devinieron las primeras celebraciones religiosas, además de las correspondientes a Semana Santa, Corpus Christi y Día de Octava, todas estas con tradición en Rionegro al momento del traslado en 1783.
En el Archivo Histórico de Rionegro se hallan valiosos documentos sobre las festividades religiosas, así por ejemplo una referencia del año 1732 sobre las festividades de Semana Santa, Nuestra Señora del Rosario y San Nicolás el Magno, otra de 1755 del Sr. Jiménez de Restrepo, quien en su condición de Alcalde recordaba a las personas las contribuciones que cada año debían darse para la Semana Santa y que en ese año en particular se dedicarían al pago de la “Custodia que se ha traído”.
En relación con la misma celebración en esos viejos papeles se leen los anuncios del cierre de los juzgados con motivo de su proximidad, o la prohibición de penitencias en público como acostumbraban muchos, “por los perjuicios para la salud y por el desaseo de la sangre que salpica los asientos y paredes de los templos”. En realidad hasta hace pocos años la sociedad rionegrera practicaba el ayuno, la vigilia y la privación del consumo del licor y el rigor en el luto el viernes santo vistiendo de negro y silenciando la música.
Desde el siglo XVIII la celebración de la Semana Santa recibió el impulso entusiasta de sacerdotes como Melchor Gutiérrez de Lara, José Pablo de Villa Cataño, José Joaquín González Gutiérrez, José Miguel de la Calle Vélez, José Ignacio Restrepo Vélez, Francisco Martín Henao, Joaquín Restrepo, Sotero María Martínez, Ismael de J. Muñoz y Samuel Álvarez Botero, entre muchos distinguidos párrocos del templo mayor.
Los recuerdos más recientes de esta celebración religiosa están vinculados con este último sacerdote, responsable de su alto carácter de solemnidad y del impacto que llegó a alcanzar en la mentalidad colectiva de los antioqueños, lo que logró con el ceremonial de las procesiones ricamente recreadas con imágenes y las acciones de preparación de la ciudad para mostrarse en la mejor forma durante la Semana Santa, a lo que se sumaba el prestigio del zapato confeccionado a mano por entonces constituido en gran atractivo para los turistas y visitantes, y la misma hospitalidad de los rionegreros.
A la celebración de la Semana Santa hizo referencia Don Luis Emilio Gallego Barco en su libro “Rincón de mis recuerdos”, publicado en 1986, incorporando allí un ensayo de Julio Sanín García “Esas si eran Semanas Santas”, en el que se hallan narrativas como esta: “La procesión de once es el sumun de la fe y en ella se dan cita todas las gentes del pueblo, sin inconveniencias de colores sanguíneos. Las damas encopetadas y perchudas, los artesanos aplanchados, los obreros sencillos, los muchachos, en fin, todos los que en ese día tengan la suerte de estar en Rionegro. Si la creencia es tibia en procesiones del año, en esta revive como por obra y gracia de Dios y aquí se reza de rodillas y se canta a voz en cuello el tesoro de nuestra religión”.
La participación y fervor religioso en los diferentes eventos de la Semana Santa evidencian la pervivencia de la tradición y valores esenciales de la espiritualidad de los rionegreros, algo que ha sido fortaleza en su identidad muy a pesar de los profundos cambios introducidos por esa cultura propia de ciudad en conducta, comportamientos, prácticas, costumbres y creencias.
* Bibliotecólogo y escritor rionegrero.

