Tierra compartida, la exposición que recupera los orígenes de la cerámica en el Oriente antioqueño

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Fotografías: Instituto de Cultura El Carmen de Viboral

Una exposición en Rionegro reconstruye la ruta de un oficio que pasó por distintos municipios, se transformó con las generaciones y hoy encuentra en El Carmen de Viboral una expresión patrimonial vigente en la región. –

Por: Carlos Humberto Gómez

Antes de convertirse en una vajilla decorada, una taza, una matera o un jarrón, la cerámica fue barro. Desde esa materia comienza una historia que, según el recorrido de la exposición Tierra Compartida: la cerámica en clave de región, atraviesa distintos municipios del Oriente antioqueño y encuentra en El Carmen de Viboral una de sus principales expresiones. La muestra, abierta en el Museo de Arte de Rionegro, reúne piezas, documentos, referencias históricas y elementos arqueológicos para reconstruir ese recorrido.

El barro como punto de encuentro regional

La exposición nació de conversaciones e investigación entre los equipos de cultura de Rionegro y El Carmen de Viboral. Isabel Cristina Cardona, secretaria de Cultura de Rionegro, señala que ese trabajo permitió encontrar en el barro un elemento común para comprender la historia ceramista de la región. Además, planteó que no se trata solamente de la materia con la que se elaboran las piezas, sino del conocimiento desarrollado por comunidades y familias que aprendieron a transformarla y lo transmitieron con el paso del tiempo.

Rionegro y los primeros pasos de la industria cerámica

El recorrido comienza en Rionegro. La exposición se sitúa en 1860, a orillas del río Negro, la instalación por parte de Ricardo Correa de la primera fábrica de cerámica de Antioquia. El proceso no permaneció allí. Maestros y aprendices llevaron técnicas y conocimientos hacia otros territorios, entre ellos Vahos, hoy Granada, El Santuario, Caldas y El Carmen de Viboral.

Ese tránsito constituye uno de los principales planteamientos de la muestra. Para Julián David Trujillo Moreno, director del Instituto de Cultura y Patrimonio de El Carmen de Viboral, la cerámica no puede entenderse como una práctica exclusiva de un municipio. Sostiene que, aunque El Carmen alcanzó un reconocimiento nacional por la técnica desarrollada por sus artistas y ceramistas, el oficio tiene antecedentes en Rionegro y El Santuario y hace parte de una práctica mucho más antigua.

El Carmen de Viboral y la consolidación de un oficio

En 1898 se produjo en El Carmen de Viboral uno de los momentos decisivos de esa trayectoria. La exposición destaca la conformación, el 18 de abril de ese año, de la sociedad Betancur Mejía y Cía., origen de la fábrica Cerámica de El Carmen. A partir de entonces se desarrolló una historia industrial y cultural que transformó el municipio y convirtió la cerámica en una fuente de empleo e identidad para numerosas familias.

La historia no estuvo marcada únicamente por el crecimiento de las fábricas. Julián David Trujillo describió también una etapa posterior en la que el sector enfrentó dificultades, entre ellas la llegada de cerámicas importadas, mientras varias fábricas dejaron de operar. El oficio logró permanecer gracias a maestros y ceramistas que continuaron trabajando en sus viviendas y en pequeños talleres.

Un oficio que sobrevivió en los talleres y las familias

Esa permanencia todavía puede observarse en El Carmen de Viboral. Marcela Ramírez Cardona, secretaria de Turismo y Desarrollo Económico, señaló que el municipio cuenta actualmente con aproximadamente 96 talleres de cerámica. Según explica, algunos fueron establecidos o adecuados en viviendas, particularmente durante la pandemia, cuando algunas personas encontraron en este oficio una alternativa para su sustento.

Pero la exposición propone mirar más allá de la pieza terminada. El recorrido se detiene en quienes participan en cada etapa de elaboración. El barro, mezclado con cuarzo, feldespato y caolín, se convierte en pasta cerámica y luego pasa por técnicas como el moldeado o el trabajo en torno. Después del secado llega al horno, donde puede permanecer cerca de diez horas y superar los 1.100 grados centígrados.

El oficio que también se pinta a mano

Sobre esa superficie aparece uno de los rasgos más reconocibles de la cerámica carmelitana. La decoración se realiza a mano y cada trazo depende de la experiencia, el pulso y la memoria de quien pinta. La exposición organiza las piezas en pintas antiguas, tradicionales, contemporáneas y de autor, mostrando cómo han cambiado los colores, las composiciones y los estilos mientras permanece el trabajo manual.

Julián David Trujillo llamó la atención precisamente sobre esa cadena de oficios. Menciona a quienes extraen el barro, a los torneros, a las decoradoras de loza y a los trabajadores encargados del horno. La historia que presenta la exposición, sostiene, también pertenece a esas personas que hicieron posible que la práctica continuara.

Después de la decoración, la pieza recibe un esmalte transparente y vuelve al horno. La segunda quema produce el acabado brillante y protege la superficie. Esa combinación entre decoración manual y esmalte ocupa un lugar central en el reconocimiento patrimonial asociado a la técnica carmelitana.

De las mulas a los caminos que llevaron la loza por la región y el país

El recorrido también permite entender cómo la cerámica salió de los talleres y llegó a otros territorios. Antes de las carreteras, la loza era transportada a lomo de mula y los pregoneros recorrían los caminos para vender las piezas. Más adelante, con la llegada de los camiones, alcanzó lugares más distantes, entre ellos La Guajira y el piedemonte amazónico.

Para Marcela Ramírez, ese recorrido continúa en el presente. Recuerda experiencias de circulación de la cerámica carmelitana en Villa de Leyva y en ferias relacionadas con diseño de interiores y hogar, además de otras actividades de promoción. También destacó el Plan Especial de Salvaguardia como instrumento para preservar conocimientos y transmitirlos entre generaciones.

La secretaria también señaló que el municipio trabaja alrededor de la denominación de origen obtenida en 2011 y expresó el propósito de ampliar el reconocimiento de la cerámica carmelitana fuera del territorio. “ese reconocimiento no debería limitarse a El Carmen de Viboral, sino involucrar al Oriente antioqueño y al país”, anotó.

Los vestigios que amplían la historia

En Rionegro, Isabel Cristina Cardona hace énfasis en otro aspecto de la historia. La muestra incorpora hallazgos arqueológicos que, según señala, permiten acercarse a prácticas relacionadas con la elaboración y el uso de objetos cerámicos en distintos momentos, “recuperar esos antecedentes permite comprender cómo una tradición regional fue cambiando a través del tiempo”.

Esa mirada explica el nombre de la exposición. Rionegro aparece en los antecedentes de una actividad que luego encontró otros desarrollos; El Carmen de Viboral consolidó un oficio y una forma particular de decorarlo; y otros territorios del Oriente forman parte de la trayectoria por la que ese conocimiento se desplazó. La exposición destaca la idea, al señalar que la cerámica actual es resultado de más de un siglo y medio de conocimientos transmitidos entre personas y municipios.

Una memoria que continúa de mano en mano

Tierra Compartida propone, así, mirar la cerámica de otra manera. Detrás de una pieza aparecen la tierra de la que salió la arcilla, las manos que la transformaron, el fuego que la endureció, el pincel que la convirtió en una pieza particular y una cadena de conocimientos que sobrevivió a cambios económicos y tecnológicos. La exposición convierte ese recorrido en una memoria que no termina en un taller ni en un municipio, sino que se extiende por el territorio donde el oficio encontró personas dispuestas a conservarlo.

Tierra Compartida permanecerá en el Museo de Arte de Rionegro hasta el 30 de septiembre. La entrada es libre y puede visitarse de lunes a domingo hasta las 5 de la tarde.

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