Por: Jorge Mario Arcila
IG: @jorgemarioarcila
La política colombiana vive una polarización sin precedentes. Las diferencias ideológicas se han convertido en fronteras rígidas y el debate público suele organizarse en torno a bloques que se observan con desconfianza mutua. En ese clima, comienza a circular una propuesta que intenta modificar el tono de la conversación política: “sumar en medio de la diferencia”.
La idea de Juan Daniel Oviedo parte de una premisa sencilla: en una sociedad plural como la colombiana, ningún sector posee, por sí solo, la capacidad de representar al conjunto del país. Las decisiones públicas no deberían surgir únicamente de mayorías coyunturales, sino de procesos donde actores con posiciones distintas encuentren puntos mínimos de llegada colegiada.
El planteamiento no busca eliminar las diferencias. Al contrario, reconoce que el desacuerdo es parte natural de la democracia. Lo que propone es otra forma de asumirlo: en vez de convertir cada divergencia en un conflicto insalvable, busca encontrar espacios donde es posible construir coincidencias.
Esta apuesta en Colombia tiene un significado particular. Durante décadas la política ha estado atravesada por confrontaciones intensas, muchas veces aumentadas por las dinámicas electorales que obedecen más al escándalo que a la reflexión sin afanes. Los desacuerdos programáticos suelen transformarse rápidamente en disputas morales o identitarias, por lo que cualquier intento de diálogo con el adversario corre el riesgo de ser interpretado como debilidad o concesión.
La propuesta de sumar desde la diferencia introduce una manera de desenvolverse en política distinta. Sugiere que la política puede entenderse no tanto como una lucha por vencer al otro, sino como un proceso de dar y recibir razones permanentes entre visiones distintas del país. Gobernar no consistiría en imponer una agenda; sí en construir decisiones que logren algún grado de legitimidad compartida.
Otro elemento relevante del planteamiento son las decisiones orientadas por los datos y las evidencias. La idea es que las políticas públicas no se discutan exclusivamente en virtud de convicciones o intuiciones, sino a partir de información verificable que estime efectos y resultados.
Si bien esta aspiración es razonable, ponerla en práctica en la política colombiana supone un reto. Los datos pueden orientar el debate, pero rara vez lo resuelven por completo. Incluso la evidencia más sólida requiere interpretación, y esa interpretación, inevitablemente, se vincula con inclinaciones políticas e ideologías diferentes.
Además, el uso de datos y evidencia exige algo que hoy no destaca en la conversación pública: confianza en las reglas del debate. Para que los datos funcionen como punto de referencia común, los actores políticos deben aceptar acuerdos mínimos sobre qué constituye información válida y cómo debe evaluarse.
En un país donde la discusión pública suele transcurrir entre sospechas y descalificaciones, ese consenso básico no siempre está garantizado.
Aun así, el valor de la propuesta no reside necesariamente en ofrecer una fórmula inmediata para resolver la polarización. Su interés está en lo que revela sobre el momento político actual: cuando una iniciativa insiste en la necesidad de dialogar con quienes piensan distinto, lo que en realidad está señalando es, hasta qué punto, ese diálogo se ha vuelto inusual.
La política colombiana siempre ha implicado conflicto, por lo que hoy requiere algo desapercibido: la capacidad de producir acuerdos parciales entre actores que no comparten el mismo diagnóstico ni las mismas soluciones.
La idea de sumar en medio de la diferencia parece moverse en esa dirección. No promete eliminar el desacuerdo ni simplificar la complejidad de la política colombiana. Sugiere, mejor, una forma distinta de transitarla: reconocer las diferencias, discutirlas con información disponible y buscar, cuando sea posible, decisiones que logren ser aceptables para más de un sector.
En tiempos donde la política suele premiar las certezas absolutas, la propuesta introduce una idea nada rimbombante pero, quizás, más necesaria: la del acuerdo imperfecto.
No es una promesa de armonía. Es, más bien, una invitación a recordar que en democracia las decisiones duraderas, rara vez, nacen del consenso total, pero tampoco suelen provenir de la imposición permanente.
* Empresario, exgerente de la Empresa de Servicios Públicos ESPA Marinilla.
*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente.

