A Elmer Quintero pocos le creen su historia; una que está ligada a lo más crudo y real de la región.
Por: Juan Andrés Valencia Arbeláez
E-mail: juanvalenciaxxl@gmail.com
Cuando la gente escucha la historia de Elmer Quintero está segura de que se trata de un milagro obrado por la Virgen del Carmen. Sucedió en las tierras de Sonsón, un pueblito acostumbrado al azote del proceder de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), allí Quintero, un varón de 59 años, fue capaz de superar un calvario imposible de salir para casi todos. Algunos en su pueblo piensan que su historia es más bien una especie de hipérbole, les cuesta trabajo creer que “Cangrejo” (como lo llamaban) viviese por otros 15 años campante y vigoroso después de lo que vivió, “no cambió para nada su contextura gruesa, su altura de 1.70 m, lo único que le cambió fue su mentalidad, pues pasó de ser una persona relajada a una más precavida, sobre todo en el campo”, dice Daniel Sánchez[1], un vecino de su finca por aquella época.

Comienzo del Calvario
Esta historia inició en marzo del 2000, cuando Elmer notó que le habían robado un bovino, al día siguiente estaba sin tres; luego fueron siete; y al término de 15 días su ganado perdido ascendía a una decena. Por su propia cuenta averiguó y obtuvo algunas pistas que conducían al ladrón, en un principio quiso entregarle esa información a la policía, pero antes de hacerlo, recibió una llamada de un vecino (al cual le tenía muchísima confianza), en la que se le dejaba saber, que le tenían una buena noticia:
-Elmer, mire que aquí está el torete, uno de los que le han robado —le dijo por medio del teléfono.
-¡Amárremelo! y yo mañana voy por él —contestó con cierto alivio, y la esperanza de recuperar en algo su capital—.
Era una mañana fría y con un poco de lluvia, Elmer lo sintió como una especie de premonición (era muy de seguir su instinto), pero no le podía hacer caso porque ya hacía varias semanas que estaba perdiendo su ganado. Se vistió con un jean, unas botas de caucho, una camisa a cuadros de manga larga, una ruana y su infaltable sombrero. Lo primero que hizo fue ir a misa matutina, y después de desayunar salió rumbo a la vereda La Honda para cumplir la cita.
Sin embargo, cuando llegó al lugar acordado no encontró al animal. Arturo González, su amigo y vecino, quien lo había citado y avisado de la “aparición” del bovino, le dijo que bájase al río porque ahí estaba. Elmer le pidió que lo acompañara, pero González se excusó diciendo que estaba mal de la rodilla y tenía muchos pendientes por hacer. Aunque le pareció extraño, no le prestó atención, “es que el viejo Arturo era una persona muy enferma y con bastantes achaques”, asegura Daniel.
Quintero bajó por la carretera enlodada por el invierno, y atravesó unos potreros de igual estado, pero al llegar a la vera del río no había nada, giró su cabeza y no vio nada. “Se me está agotando la paciencia», pensó; decidió regresar a la finca de su amigo Arturo, cuando entonces, de la nada, se encontró con dos hombres que le gritaron: “¡Alto!, ¡tírese al piso con las manos en la cabeza!”
Él volteó a mirar, y comprendió la situación inmediatamente. Solo alcanzó a decir:
-¿Por qué hacen esto conmigo?, si yo no estoy obrando ningún mal por acá, ni me estoy robando nada.
-Eso le pasa por buscar lo que no le importa —le contestaron—.
Gólgota
Los hombres que lo detuvieron eran bajos, pero fuertes y bruscos, se trataba de dos miembros de las FARC, quienes lo ataron y comenzaron a caminar durante largas horas a orillas del río Cabra. El sol mañanero había pasado, y el de la tarde comenzaba a castigar a Quintero, junto con el desgaste de caminar por senderos tortuosos en el monte, así que este les habló a los captores:
-Uy mano, yo tengo mucha sed, ¿por qué no me regalan agua?
Le soltaron una mano y le pasaron una cantimplora, pero con la condición de que se manejara bien; fueron claros, no respondían por lo que podría pasar. A pesar de eso, Elmer intentaba dialogar con ellos, pero no encontraba respuestas a sus dudas por más que se las repitiera: “¿para dónde me llevan?, ¿qué quieren?, ¿qué me harán?”. Tras varias horas, el peso del agotamiento lo derrotó finalmente, se sentó en el suelo y exclamó:
-¡Yo me voy a hacer matar, ya no ando más, estoy muy cansado!
Ante la situación, los captores tuvieron que hacer una llamada para informar que Elmer los estaba retrasando y no quería caminar más. Uno de los secuestradores en un arranque de ira se le acercó dispuesto a ponerle fin a su obstinación, y cuando Quintero vio esto, que lo iban a matar, lo único que hizo fue quitarse el sombrero y santiguarse. “Él me contó que miró al cielo, cerró los ojos y rezó como Jesús diciendo: ‘Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu’”, narra su esposa Elmira.
Accionaron el arma. La bala entró a su pecho y quedó boca arriba inconsciente por el impacto. De un momento a otro, él escuchaba una voz que le decía: “usted no está muerto”. Pero esa voz no venía por parte de los secuestradores, ellos pensaban que Elmer había fallecido, y haciendo caso a la lógica, lo enterraron.
De forma increíble, Elmer seguía vivo; y previo a su entierro tuvo que soportar varios apretones en sus testículos que le hicieron los captores, para verificar si continuaba con vida. Como no reaccionó a esto, sus captores lo arrastraron hasta una fosa, que ya habían excavado, mientras se burlaban de él y pensaban en la plática que se habían perdido por no llevarlo vivo. El sobreviviente fue lanzado al hueco, montones de tierra y rocas cayeron sobre su humanidad, situación que dominó con profunda serenidad, pues debía de continuar simulando que era un cadáver. “Mentalmente rezaba el rosario para serenarse un poco y pedirle a la Virgen que lo sacase vivo de la situación, porque quería volver a ver a su familia”, recuerda su mujer.
Él creía que el capítulo más duro de esta historia ya había pasado, pero estaba equivocado, ahora se debía de enfrentar a la parte más difícil; el hueco lo hicieron cerca al río, y una parte de su cabeza no quedó totalmente cubierta, por lo que seguir respirando le fue complicado debido a que la corriente del río iba subiendo producto de las lluvias en la montaña. Todo esto duró aproximadamente 30 minutos, hasta que uno de ellos dijo: “Ya no echemos más, que eso ya no lo sacan ni los perros ni los gallinazos”
Quintero respiraba con mucha dificultad, amarrado de pies y manos con temor a mover una pestaña. En medio de su intranquilidad, intentaba planear la mejor manera posible para fugarse de la muerte; pensaba en su familia, y en su patrona de vida, la Virgen del Carmen.
Cuando creyó que había pasado un tiempo prudente (que no recuerda con certeza), y que sus sepultureros se habían marchado, quiso moverse; sin embargo, era una tarea complicada debido a su condición de estar amarrado. Intentó recostarse contra una piedra con filo que estaba bajo su espalda, pero no lograba hacer con sus movimientos que se reflejase desgaste alguno, en la manilla que le habían puesto.
La tarea de seguir respirando se hacía cada vez más difícil; su mente luchaba para mantenerse en sí, cuando de repente, recordó que la tumba que lo retenía había sido cavada al borde del río; situación que confirmó, al ver que se empezaba a meter poco a poco el agua.
-Acá si me voy a morir, —pensaba Elmer— no me morí con el tiro, ni con la arrastrada, ni cuando me tiraron al hoyo; pero me voy a terminar muriendo ahogado.
Fue entonces, cuando había perdido la esperanza, que el agua jugó a favor de Cangrejo, ya que esta estaba entrando lentamente y convertía en lodo la tierra que lo cubría, el cual permitía empujar hacia arriba y salir más fácil. Con sus últimas fuerzas, y sus lacerados músculos, consiguió salir de aquel lugar destinado a ser su reposo eterno. Se lavó la cara con el agua del río, y se tendió en el suelo, cubierto por la hierba a recuperarse un poco y agradecer a Dios y a María el don de la vida.
Resurrección
El sol ya caía tras las montañas sonsoneñas, y Elmer ahora caminaba lento y entre los arbustos por el camino que había recorrido horas antes, cada tanto se echaba sobre la hierba para descansar, la sangre corría, pero lentamente, “él tampoco entendió como no se desangró regresando desde la vereda hasta al pueblo; pero el dolor del disparo si se incrementaba”, dice Daniel. Cuando llegó al hospital lo atendieron inmediatamente, y fue remitido a Medellín, donde posteriormente dio su testimonio a las autoridades, quienes alertaron a sus familiares. Algunos se fueron a vivir con él a la capital antioqueña.
“Durante los años que siguió vivo se volvió aún más creyente de lo que era: iba a misa diario y rezaba el rosario hasta dos veces al día”, comenta su esposa. “Cuando regresó al pueblo preguntó por Arturo, quien ya no vivía en él, pero no lo buscaba para reprocharle o reclamarle, sino para perdonarlo. Misma intención tenía con sus “asesinos”, concluye Daniel Sánchez.

