Prefiero un liderazgo positivo e inspirador

Por: Carlos Humberto Gómez*
X: @chgomezc

Nunca antes Colombia había vivido una polarización tan marcada como la que atraviesa hoy. El debate público parece haberse transformado en una suerte de ring, donde las diferencias políticas, ideológicas o sociales no se entienden como parte natural de una democracia, sino como armas para destruir, desacreditar y dividir. La descalificación se volvió norma; la estigmatización, una práctica común; y las narrativas de odio, el combustible que alimenta los discursos, sobre todo en redes sociales.

Esta situación, lejos de construir, erosiona las bases de la convivencia. Cuando se ataca al otro no como contradictor sino como enemigo, se socava el diálogo y se imposibilita cualquier entendimiento. Lo más preocupante es que muchas veces los señalamientos se hacen sin prueba, sin sustento, solo con la intención de sembrar duda, rabia o desconfianza.

Recordando al expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica (Q.E.P.D.), que dejó valiosas lecciones. Decía: “En mi jardín hace décadas que no cultivo el odio porque aprendí una dura lección que me impuso la vida: que el odio termina estupidizando, porque nos hace perder objetividad frente a las cosas”. Palabras sabias.

El Oriente antioqueño no está exento de esta realidad. Aquí también se respira la tensión, el prejuicio, la sospecha. Se ha instalado una narrativa peligrosa en la que se clasifica a unos como los malos: los que se quieren quedar con los recursos, los que representan clases sociales privilegiadas, los que supuestamente vienen a imponer decisiones ajenas a las comunidades. De inmediato, del otro lado, se ubican los que se sienten excluidos, los que ven en cada acción de gobierno una amenaza a sus derechos o conquistas.

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Esa visión polarizante —de buenos y malos, de víctimas y verdugos— no solo es simplista, sino profundamente dañina. Porque mientras nos enfrentamos entre nosotros, perdemos la oportunidad de seguir construyendo el Oriente que soñamos: un territorio próspero, justo, incluyente, donde el desarrollo no sea privilegio de unos pocos.

Quienes creemos en un Oriente antioqueño distinto, debemos levantar la voz. Pero no para gritar más fuerte ni para imponer verdades, sino para invitar a la reflexión, al respeto y a la acción conjunta. Hay muchos motivos para creer en esta región. Existen liderazgos comprometidos, hombres y mujeres que desde los sectores públicos, privados, comunitarios y académicos están trabajando por el bienestar colectivo. Hay esfuerzos reales por generar empleo, por impulsar la economía local, por cuidar el medio ambiente, por mejorar la educación y la salud.
Es cierto que no todo es perfecto. Que hay falencias, errores, incluso decisiones cuestionables.

Pero para eso están la veeduría ciudadana y los mecanismos de participación. Ser críticos es necesario, pero no destructivos. Cuestionar, exigir y vigilar es un deber de toda sociedad democrática, pero debe hacerse desde la argumentación, la propuesta, el respeto. No desde el insulto, la mentira o la difamación.

En cada municipio del Oriente se han sembrado semillas de transformación. Desde los gobiernos locales se impulsan proyectos de infraestructura, cultura, deporte y desarrollo rural. Hay líderes políticos y sociales comprometidos con sus comunidades, que conocen los desafíos y que quieren cumplirle a la gente que los eligió y los sigue.

La invitación es a ser ciudadanos responsables, no espectadores pasivos ni francotiradores digitales. Ser ciudadano implica actuar con ética, informarse, participar, cuidar el lenguaje, construir puentes y no muros, y no solo ver en el bosque leña para el fuego. La política y la participación no debe ser campo de batalla, sino espacio de encuentro.

El liderazgo positivo comienza en casa, en la escuela, en el barrio, en la empresa. Es ese liderazgo que convoca, que inspira, que pone el ejemplo. Que no busca aplausos ni likes, sino resultados reales para la comunidad. Necesitamos más líderes que piensen en la región, no en su próximo cargo. Más jóvenes que crean en el poder del diálogo.

Oriente antioqueño tiene todo para ser una subregión modelo: ubicación estratégica, riqueza natural, vocaciones económicas diversas, gente emprendedora y solidaria. Pero ese potencial solo se hará realidad si trabajamos unidos. No como autómatas que piensan igual, sino como ciudadanos que, desde sus diferencias, reconocen que el otro también tiene algo valioso que aportar.

A quienes creen que no es posible, que la división ya está instalada, que el odio es inevitable, les digo: No renunciemos al diálogo. No dejemos que la rabia nos quite la esperanza. Cada quien puede aportar desde donde está: con su voz, su voto, su ejemplo, su trabajo. Y si no está de acuerdo con lo que ve, que proponga, que lidere, que inspire. Porque destruir es fácil. Lo verdaderamente valiente es construir.

Soñemos con un Oriente antioqueño donde se pueda disentir sin agredir, participar sin excluir, gobernar sin imponer. Un territorio donde las diferencias nos enriquezcan, no nos dividan. Donde el desarrollo no sea discurso sino realidad. Y donde el liderazgo sea sinónimo de servicio, y no de poder.

Este es el momento de ser mejores ciudadanos, de mirar más allá de nuestras trincheras, de apostar por una región que sea hogar para todos. El Oriente lo vale.

Por eso, prefiero un liderazgo positivo e inspirador.

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