PARÁBOLA DE LA CAJA DE DIENTES

Miguel Ángel Ríos Restrepo *

Estaba yo en Cartagena intentando broncear mi piel citadina.  Apenas eran las once de la mañana y el mar estaba, como dicen en la costa, “picao”, así que, con precaución fui metiéndome al agua lentamente.  A mi lado, una señora sesentona, de cabello morado, también estaba metiéndose a las aguas del mar Caribe con igual prudencia.  De pronto, una ola intempestiva y grande se formó de la nada y nos tumbó a ambos.  De inmediato me puse en pie y estiré la mano para socorrer a la señora que apenas podía pararse.  ¡Ay! —gritó ella y de inmediato se llevó la mano a la boca. ¡La caja, la caja!  —balbuceó y entonces me di cuenta de que la ola le había tumbado la caja de dientes.

Ya sin mi ayuda, la señora se dirigió con prisa a la playa, buscaba algo, miraba para todos los lados, hasta que lo encontró.  Era un negro alto y acuerpado que vendía mangos biches con sal y limón en una ponchera plástica que llevaba sobre su cabeza.  La señora lo abordó, algo le dijo con desespero, le señaló el sitio por donde yo me encontraba y de inmediato el moreno dejó su ponchera al cuidado de un colega, buscó dentro de una mochila deshilachada y sacó una careta vieja que en vez de elásticos tenía cuerdas de cabuya, presuroso se la acomodó y al mar se lanzó como un delfín de ébano.  

Se sumergió varias veces y me sorprendió la cantidad de tiempo que permanecía bajo el agua. Luego de la cuarta o quinta inmersión, vi que algo sacó, velozmente lo metió en el bolsillo de su pantaloneta y me miró.

—La encontraste ¿verdad? —Le pregunté, y él asintió con la cabeza mientras me indicaba que guardara silencio, con una risita maliciosa.

Le pregunté porqué no le entregaba la caja a la pobre señora y me dio la más grande lección de economía que recibiría en mucho tiempo:

“Mira, paisa, es que, si se la entrego ya, me dará si acaso dos mil pesos, pero si se la entrego en dos o tres horas, o al final de la tarde, puedo pedirle hasta 50 mil barras.  No vale lo mismo ahora, paisa, no vale lo mismo”.

El negro siguió sumergiéndose, buscando lo que ya había encontrado.  La señora se quedó plantada en su silla playera con una toalla en la cara y yo me quedé rascando la cabeza, pensando en la astucia de mis colombianos del alma.

Mi propia interpretación de la pandemia que actualmente nos tiene en confinamiento es que un sabiondo sí manipulo el Coronavirus y lo volvió zoonítico (que puede transmitirse entre animales y seres humanos) cuando antes no lo era.  Pero este sabiondo no pudo haber sido tan descuidado o, como decimos los colombianos, tan bruto, como para no desarrollar simultáneamente una vacuna, al menos para salvarse él mismo.  De manera que, según mi teoría (y puedo formular todas las que yo quiera), habiéndose desarrollado un nuevo Coronavirus se tuvo que haber desarrolló también la vacuna respectiva.

Pero entonces —y aquí es donde entra la lección del costeño— si la vacuna la hubieran difundido o comercializado en febrero pasado, o en abril o ahora en julio, no valdría lo mismo.  Ella valdrá mucho más por allá dentro de un año, tal y como lo anunció hace poco el señor Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la Organización Mundial de la Salud. Y valdrá más cuando hayan muerto millones de seres humanos y entonces estas muertes serán la motivación para que los gobiernos o las personas compren lotes completos de la medicina salvadora.  Entonces vendrá otro tipo de corrupción, porque de acuerdo con el medio económico, Bloomberg, “el precio de la vacuna sería de 19,50 dólares, pero que sería necesario dos dosis, por lo que el costo total sería de 40 dólares aproximadamente (lo que serían 70 mil pesos colombianos)”.  Ya veremos a cómo llega realmente a nuestro país la inyección salvadora, luego de ser manoseada por la extensa cadena de intermediarios y de corruptos.

Mientras tanto, más de 130 laboratorios siguen buscando otras versiones de la vacuna y el sabiondo que ya la tiene debe estar atento a que algún otro sabiondo no se le adelante.

Así es la cosa, y con los antecedentes de la deshonrosa posición que ocupa Colombia entre los países más corruptos del mundo, seguramente los genios de la economía del Estado ya estarán planeando cómo hacer francachelas con los recursos que deberán destinarse para estas vacunas.  Entonces lo que nos queda es cuidarnos, encerrarnos, seguir “reinventándonos”, fortaleciendo nuestra resiliencia y orando para que cese la horrible noche.  Porque esa vacuna, tal y como decía el moreno cartagenero de mis recuerdos, “no vale lo mismo ahora, paisa, no vale lo mismo”.

* Comunicador Social – Periodista

*Las opiniones expresadas en esta columna de opinión son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de La Prensa Oriente

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